¿Cómo calientan motores nuestros escritores?


Continuamos husmeando las rutinas, manías y fetiches que son imprescindibles para crear gran literatura.


La semana pasada estuvimos husmeando por sobre el hombro cómo algunos escritores cumplían con su trabajo de escribir. Conocimos los cuadernos cuadriculados de Paul Auster, la disciplina de Haruki Murakami, los cientos de páginas de apuntes de P.G. Wodehouse, los interminables borradores de Raymond Carver y los amaneceres de Toni Morrison. Esta semana volvimos para América Latina para explorar cómo se hacen las cosas por aquí. 

En 1986, Fernando Ampuero entrevistó a Julio Ramón Ribeyro y le preguntó sobre su peculiaridad a la hora de escribir, sobre cómo calentaba motores. El querido cuentista le respondió: “Me estás hablando precisamente de lo que para mí es lo más difícil: calentar motores. Es frecuente que yo permanezca sentado media hora o tres cuartos de hora delante de mi máquina de escribir y sencillamente no se produce nada. Calentar motores, a veces, es fumar, tomar café o beber un vaso de vino; otras, escuchar música. Necesito ir creando el clima propicio para que se desencadene el proceso de creación literaria. Y ese clima, por otra parte, requiere de un ambiente físico adecuado: un lugar y un decorado que conozca bien, en el cual me sienta relativamente protegido. Creo que en los últimos años he escrito menos por el hecho de haberme mudado de casa varias veces”. 

Continuando con Ribeyro, en Un hombre flaco —libro agotadísimo en las librerías limeñas— Daniel Titinger recoge una anécdota que nos da más luces sobre las manías del autor de La Palabra del Mudo: “Le contó que en esa oficina de la Unesco tenía tiempo para escribir, y lo hacía con una técnica que había perfeccionado con los años. Su escritorio tenía seis cajones. Apenas escribía algo, lo ponía en el primer cajón. Un mes después volvía a leerlo y, si aún le gustaba, pasaba al segundo cajón. Un mes más tarde, repetía el ejercicio y, si todavía le gustaba —lo cual era raro—, lo guardaba en el tercer cajón, y así hasta que llegaba al sexto cajón y era, entonces, publicable”.

Le pregunté a escritores contemporáneos a los que aprecio por sus peculiaridades. El escritor chileno Pablo Simonetti—autor de Madre que estás en los cielosJardín y otros libros hermosos— nos cuenta: “Una rareza mía: puedo escribir cuentos en Santiago, pero para escribir novela tengo que aislarme y tener una rutina diaria bien establecida. Ejercicio en la mañana, caminar cerro arriba o yoga, después escribir durante el día con una breve interrupción para almorzar y,al terminar, dar un paseo por el jardín. Cuando me siento a mi escritorio tipo 11, reviso y corrijo lo que escribí el día anterior y de ahí me cuelgo para seguir adelante. Necesito silencio dentro y fuera de la habitación, con excepción del ruido del viento en los árboles, de la lluvia, o de los pájaros y animales. El ruido de las máquinas me distrae y me irrita. Tomo té o agua de manzanilla y trato de respetar los horarios, porque, como decía Norman Mailer, la literatura tiene algo de psicoanálisis, por lo que debes presentarte a la cita con puntualidad para que el inconsciente confíe y se anime a participar de la escritura”.

Nuestra Karina Pacheco, desde Cusco, nos habla sobre su proceso de investigación: “Antes de lanzarme a escribir una novela, por más ficción que esta desprenda, me gusta investigar a fondo sobre los tiempos, situaciones, escenarios y el tipo de personajes que trazará su trama. Para ello suelo sumergirme en bibliotecas y hemerotecas que den cuenta del tiempo que los envuelve, también hago varias o muchas entrevistas a gente que puede contarme mucho del tema o pueda darme destellos significativos de los personajes. Esto suele ocuparme bastante tiempo y varias carpetas de notas; pero como es algo que disfruto, algo que me abre la mente mucho más allá de la misma novela, tengo más bien que ponerme un freno para luego, con ese campo bien abonado, lanzarme a escribir con soltura”.

Alonso Cueto, mi profe en la maestría de Escritura Creativa, me habló de la relación que establece con los personajes: “Siempre pienso en mis personajes, sobre todo cuando no estoy escribiendo sobre ellos. En el caso de La Perricholi, llegué a sentir que la veía caminar frente a mí y que escuchaba el sonido de sus tacos. En el caso de Francisca —la hija mestiza de Francisco Pizarro— me parecía verla, en silencio y mirando a algún lugar lejano. Cuando algo me pasa, se me ocurre pensar cómo reaccionaría mi protagonista ante una situación como ésa. ¿Qué diría la Perricholi si estuviera en una sala de espera? ¿Cuál sería la reacción de Francisca en un atasco de tráfico? Lo que quiero es conocerlas mejor para poder entrar en su alma, de algún modo. Sin embargo, también creo que un personaje debe seguir siendo siempre un enigma para un escritor. De allí el misterio que nos permite seguir explorando en ellos. Siempre me enamoro de mis personajes y me duele dejarlos partir cuando el libro se termina. Pero los recuerdo y pienso que ellos también a mí, desde donde estén. Ese vínculo me parece esencial para que sigan vivos”. 

Dany Salvatierra me hizo revisar las primeras líneas de todos mis cuentos: “A la hora de escribir, lo único que me obsesiona es el comienzo, y más específicamente, la primera frase. Si no tengo una primera frase tan potente como el estallido de un cañón, no puedo continuar, así tenga una historia ya desarrollada y estructurada al milímetro. En la primera frase se concentra tanto la voz como el tono y el estilo de la escritura, es el catalizador del resto de la narración. El motivo de dicha paranoia es porque yo, cuando estoy leyendo libros, suelo abandonarlos de inmediato si el primer párrafo no me atrapa al punto de opacar al resto del mundo”.

La escritora colombiana Sara Jaramillo —si no han leído Donde cantan las ballenas dejen todo y vayan a hacerlo— tuvo la gentileza de responder a mi mensaje de Instagram con un audio que transcribo a continuación: “Tengo una particularidad muy curiosa: escribo acostada. Eso tiene una razón de ser. Cuando escribí mis dos primeras novelas estaba viviendo en España, y el piso en el que yo vivía era muy, pero muy frío. Era extremadamente frío. Entonces yo no podía salir de la cama, porque cada vez que salía de la cama para ir al escritorio, me congelaba. Así que me acostumbré a escribir acostada. Luego, cuando me devolví a Colombia, aquí ya no hace frío, entonces me conseguí un escritorio, pero me di cuenta de que no puedo escribir ahí, en un escritorio me siento trabajando, me siento en una posición muy formal de trabajo. Y resolví que mis novelas las escribo recostada en la cama o en una silla reclinable. Las cosas más serias sí las hago en un escritorio”.

Y cerramos con Katya Adaui, quien nos regala una respuesta que es un texto literario en sí mismo: “Tengo una mesa con agua, escribir me vuelve sedienta, estaba seca antes y me inundo. Me rodeo de libros queridos, vuelven a mí, me sostienen, me animan. Cuento, novela, poesía, ensayo, para que la escritura se me haga híbrida y tránsfuga. Me quedo en la silla, escribo cualquier cosa, una frase suelta, irá encontrando su sentido, tal vez. Me acompaño. Abro un libro y le robo una palabra hermosa: alicate, perejil, agosto, vuelco. Y esa primera palabra tira a otras de la lengua. Puedo estar en cualquier parte, necesito una ventana. Que la gente pase, que el perro orine, que la vida sea. Este es un momento de gran detenimiento, voy a mirar, voy a quedarme. El alicate abre agosto”.


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1 comentario

  1. Eleodoro Mayuri Salas

    Resulta muy interesante imaginar como calientan motores los ya famosos,lo sería igualmente saber cómo lo hacían cuando escribieron su primera obra.Pareciera como que ya tuvieran la vida resuelta sin más preocupaciones que calentar motores y empezar a andar…

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