Un reciente descubrimiento musical y los peligros de la hiperconexión en nuestras vidas
Hace unos días, The Economist publicó un artículo que me dejó especialmente pensativa. Según la prestigiosa revista, las canciones que consumimos a diario a través de plataformas como Spotify son cada vez más cortas. En 1990 las canciones que encabezaban el ranking Billboard duraban, en promedio, cuatro minutos y 22 segundos; hoy, apenas alcanzan los tres minutos y 34 segundos.
La explicación parece evidente: la tecnología y las nuevas formas de consumo tienen mucho que ver. Actualmente, los artistas ya no ganan por discos vendidos, sino por reproducciones. Cuantas más veces se escuche una canción, mayor será la retribución. Por eso, mientras más breve y pegajosa sea, más posibilidades tiene de viralizarse. Si a eso le sumamos que los videos en redes sociales —TikTok, Instagram, YouTube— son cada vez más cortos y vertiginosos, no sorprende que se reemplacen las melodías elaboradas o los largos solos de guitarra o trompeta por estructuras más simples e inmediatas.
¿Significa esto que la calidad musical está en decadencia? No necesariamente. Existen canciones breves que son hermosas, así como piezas que se nos hacen eternas y que resultan insoportables. Sin embargo, este fenómeno sí revela un patrón de consumo orientado a la inmediatez. Hoy, todo parece diseñarse para ser digerido en cápsulas de tres minutos o menos: la elaboración de un pie de pecanas, el resumen de la nueva película de Tom Cruise, una explicación exprés de la teoría de la evolución, tendencias de decoración, o hasta cómo poner correctamente la mesa: todo es susceptible de ser resumido de forma atractiva y dinámica.
Y si uno se descuida, puede pasarse una hora entera scrolleando, saltando de un contenido a otro, absorbiendo microclases de temas que, al final, ni recordamos ni podemos repetir. Espero que no se me malinterprete: no estoy en contra del contenido breve, ni creo que sea algo negativo en sí mismo. Pero no puedo evitar sentir que, en medio de tanto estímulo, algo se nos escapa. No solo estamos perdiendo la capacidad de disfrutar las cosas con calma, sino también la de escucharnos a nosotros mismos. La constante interpelación, la avalancha de impulsos, la sobrecarga de datos: todo esto afecta nuestra concentración y nuestra posibilidad de conexión interior. De escuchar nuestro cuerpo. De aquietar los pensamientos.
Como alguien nacido en el siglo pasado, que pasó del zapping entre unos pocos canales a esta superabundancia de estímulos, puedo decir que echo de menos esos momentos de aburrimiento. Esos ratos en los que esperábamos horas a que empezara una película en la tele, o a que pusieran nuestra canción favorita en la radio. No es nostalgia por un tiempo supuestamente mejor; es el anhelo de que los días transcurran con más calma. De que la vida no nos atropelle a cada instante.
Por deporte y por salud, bajo a nadar al mar tres veces por semana, haga frío o calor. Entreno por más de una hora y durante ese tiempo, obviamente, no reviso ninguna pantalla, no escucho música, ni siquiera converso con mis compañeros. Al inicio, cuesta: hay que acostumbrar el cuerpo al agua fría, pero, sobre todo, hay que acostumbrar a la mente al silencio. Sin embargo, cuando lo logro —cuando puedo oír la cadencia de mi respiración y el ritmo de mis brazadas sobre el agua— me convenzo, una vez más, de que la vida no cabe en tres minutos.
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