Un paseo por San Francisco nos advierte sobre un futuro poco promisorio
Acabo de volver de San Francisco, una de las ciudades más hermosas del Pacífico. Construida sobre una serie de colinas durante la fiebre del oro a mediados del siglo XIX, aún resplandece como un faro al norte de una bahía que la protege de la bravura del océano.
Llegué a ella por primera vez en 1991, es decir, en tiempos anteriores al boom de informática. Poco antes de que la ciudad despegase como un territorio del futuro. En ese momento aun no lo sabíamos, pero Steve Jobs, Bill Gates y Jeff Bezos ya estaban desarrollando las tecnologías que revolucionarían el mundo.
En aquella prehistoria sin teléfonos inteligentes teníamos que haber coordinado antes de salir de casa, abundaban los teléfonos públicos y le dejábamos recados a una máquina que también contestaba por nosotros y a la que podíamos llamar y pedir que nos leyera los mensajes. En los aeropuertos en Estados Unidos había un servicio de perifoneo que te avisaba que tenías un mensaje, el mismo que se podía escuchar en uno de los teléfonos de cortesía. Esto último, por entonces, ya nos parecía el futuro.
San Francisco era una ciudad vibrante, una Nueva York en el Pacífico, con sus teatros, tiendas, e incluso un gran barrio chino. Recuerdo un restaurante donde unas señoras paseaban sus carritos llenos de dim sun: uno señalaba lo que quería y ellas marcaban unas tarjetas con unos sellos; al final se pagaba todo dependiendo del número de ellos. Me dicen que aún existe, aunque no lo encontré esta vez.
Aquella vez fui a Sausalito, que queda cruzando el famoso puente rojo que funge de guardián de la bahía. El Golden Gate,construido en 1937, fue por mucho tiempo el puente suspendido más grande del mundo y hasta ahora es el símbolo de la ciudad. Su color particular es necesario para que los barcos no lo pierdan de vista, aunque la neblina a menudo lo cubre casi por completo: San Francisco, al igual que Lima, tiene su nube particular. Su propia camanchaca.
No volví a esta ciudad hasta el 2012, cuando ya había pasado el boom tecnológico que encareció la ciudad y también la crisisfinanciera de 2008, que, según me contaron, no ayudó a que bajaran los precios de las viviendas. Encontré una ciudad transformada para bien y para mal. El sistema de autopistas paralelas al mar que afeaban los paseos junto a la costa habían desaparecido, y la zona turística se mostraba hermosa. La antigua fábrica de chocolates Ghirardelli se había convertido en un elegante centro comercial desde donde hoy se puede apreciar un barco decimonónico que nos da un atisbo de cómo lucía la bahía en los tiempos del oro.
El barrio chino seguía lleno de vida y los peruanos que asistimos a la conferencia no perdimos la oportunidad de ir en busca de nuestros manjares favoritos. Los barrios elegantes y las tiendas del centro ebullían con el entusiasmo de los compradores. Aquella vez me alojé en el límite con un barrio algo peligroso y al cruzar una de las avenidas principales ya se sentía el cambio a un área menos afortunada, donde sin duda se movían una serie de economías ilegales. Para entonces ya se usaba mucho el Uber y, aunque no tuve ningún contratiempo, los contrastes entre una y otra parte de la ciudad eran evidentes.
Volví a San Francisco por tercera vez en el verano de 2021, esta vez con mi hermana y mis hijos, conduciendo desde Los Ángeles, en donde habíamos asistido a una boda familiar. Se sentía todavía la pandemia, pero todos queríamos dejar eso atrás. Nos quedamos en la zona turística del puerto y durante el día todo estaba bien. Sin embargo, de noche el panorama se tornaba bastante triste: muchas personas en situación de pobreza acampaban por casi toda la ciudad y la degradación por el uso de drogas, como el crack y el fentanilo, se notaban claramente.
Igual, disfrutamos de los encantos de la ciudad: paseamos en un botecito en medio de la neblina cerca a Alcatraz, mis hijospatinaron con sus stakeboards en lugares emblemáticos, recorrimos los conocidos barrios de la Misión y Castro, y repusimos energía con un buen chifa. También subimos a la torre Coit, que es como un faro en una loma cerca del barrio italiano, y que en su interior ostenta unos murales sobre el trabajo y los trabajadores que nos remiten a mediados del siglo XX. Recuerdo que celebramos el cumpleaños de una amiga en el bar de otra torre desde donde vimos una impresionante puesta de sol.
Pero este año, el retorno a la ciudad me dejó algo desolada. Me alojé en el centro y lo que encontré fue un espacio que ha sido abandonado, vaciado desde adentro. Las pobres personas tiradas en las veredas suscitan una pena infinita porque su degradación es absoluta. En paralelo, por las calles patrullan taxis robóticos sin conductor, usualmente vacíos, que anuncian un futuro distópico. La publicidad en los autobuses aconseja que no contratemos personas porque la inteligencia artificial podrá hacer todo lo que necesitamos, mientras las calles están llenas de seres humanos que parecen muertos vivientes.
Los barrios elegantes sí continúan tan hermosos como siempre. Visité el admirable museo de arte y pude dar un lindo paseo por el Presidio y por Marina, donde todo es opulencia. Todo terminó, como debe ser, con chifa; en un barrio chino un poco venido a menos, pero que nunca defrauda con sus sabores: a poca distancia de una zona céntrica que nos advierte, desde ahora, lo quenos puede suceder en el futuro si seguimos perdiendo la humanidad entre la adicción a las drogas y el culto ciego a la tecnología.
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