Hablemos sobre drogas


El mayor problema no son las drogas en sí, sino el silencio y la falta de información


Raúl Lescano Méndez es cofundador y editor de Proyecto Soma, organización dedicada a brindar servicios de información, educación y cuidados en un mundo con drogas. Ha sido becario del diplomado en Políticas de Drogas, Salud y Derechos Humanos del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) de México, y de la Reform Conference de la Drug Policy Alliance. Es periodista y editor freelance. Desarrolla contenidos sobre cultura, sociedad y derechos humanos para medios nacionales e internacionales.


Mientras en los hogares, los vecindarios, las escuelas, las universidades, las iglesias y la mayoría de espacios de formación aún es difícil hablar de drogas, más de mil personas de más de setenta países nos reunimos en Bogotá, en la edición número veintiocho de la Harm Reduction International Conference, para hacer eso: hablar de drogas. Tres días, más de sesenta sesiones. ¿Tanto se puede hablar de drogas? Sí, porque de lo que hablamos es de los terribles e interminables riesgos y daños que ha ocasionado y sigue ocasionando la prohibición de las drogas, y del trabajo que están haciendo cientos de organizaciones en todo el mundo para reducirlos.

La dimensión del problema es tan grande y variada que es difícil sintetizar el absurdo que significa la guerra contra las drogas. Hablamos del sobreencarcelamiento de personas pobres, sobre todo mujeres, que los medios muestran como trofeos y que son, en realidad, ejemplo de la carnicería y desigualdad con la que se ejerce la justicia. Hablamos del eterno surgimiento en el mercado ilegal de sustancias mucho más peligrosas, resultado en parte del empecinamiento en prohibir las drogas que ya existen y se conocen. Hablamos de las epidemias como la del fentanilo en el norte de América generada por la codicia de las grandes farmacéuticas a través de los opioides. Hablamos del reto que supone en Latinoamérica la popularidad de nuevos preparados como el Tusi, que es una mezcla de ketamina, MDMA y cafeína, en teoría, ya que cada muestra puede contener cada vez más o menos sustancias. Hablamos de la degradación democrática de los estados, producto de los grandes niveles de corrupción que requiere y puede ejercer el gran poder del narcotráfico. Hablamos de la degradación también de las tierras indígenas y de las zonas naturales protegidas que se ven amenazadas por las erradicaciones emprendidas por los estados y por el narcotráfico, una fuerza que, cuando pierde un centro de cultivo o de procesamiento, encuentra, siempre a la fuerza, nuevas zonas dónde hacerlo. Hablamos del consenso internacional que ha respaldado políticas internacionales nefastas que recién, después de sesenta años, ha empezado a quebrarse en el corazón de la ONU. Hablamos de una infinidad de temas más, pero quizá lo más importante es que hablamos. 

Cuando fundamos Proyecto Soma en 2018, yo no sabía nada de esto. Mi motivación personal era particularmente informativa: cómo hablar de las drogas desde un lugar serio, interesante, lo más cercano a la objetividad siempre inalcanzable. Por eso el eslogan que asumimos hasta hoy: «las drogas como son». Leímos, resumimos y recomendamos informes, estudios, reportajes, crónicas, ensayos, entrevistas y documentales sobre todos estos temas durante años. Rápidamente fue claro: hablar sobre drogas de una manera seria y lo más cercano a esa objetividad siempre inalcanzable era, inevitablemente, hablar del desastre de la guerra contra las drogas. Pero no fue hasta que empezamos a capacitarnos en los servicios de reducción de riesgos y que nos tocó ser testigos de la muerte de una chica en un festival de música que ese entendimiento se convirtió en carne. 

Esa chica, con dos amigos, habían comprado 1 gramo de MDMA, la unidad de venta usual en el mercado ilegal. Disolvieron el gramo entero en una botella de agua y se la tomaron. A ella le tocó el concho, la última tanda del agua donde se suele concentrar cualquier sustancia. Ninguno sabía que una dosis personal de MDMA (en cristal) o éxtasis (en pastilla) varía entre 1 o 1,5 miligramos por cada kilogramo de peso, que a partir de aproximadamente 125 miligramos se considera ya una dosis elevada y que, de 1 gramo, lo prudencial es dividir unas ocho dosis más o menos, según las personas. 

Es inverosímil y absurdo que, en 2025, todavía tengamos que aclarar que las personas que consumen drogas no lo hacen para pasarla mal ni para morirse. O, incluso, que no deberían pasarla mal ni morirse. Para quien no está familiarizado con el tema, el MDMA o el éxtasis hace desaparecer el cansancio e intensifica las emociones, la confianza y la empatía de una forma muy particular. Se puede sentir una sensación de enamoramiento que viaja por horas tanto hacia las profundidades de uno mismo como hacia a todo lo que te rodea. En entornos terapéuticos, puede ayudar a vincularse desde un lugar seguro y sanador con recuerdos traumáticos y difíciles de afrontar de otras maneras. En espacios de ocio privados, como el hogar, puede generar un nivel de intimidad difícil de encontrar en la cotidianidad de responsabilidades y deberes. En contextos de fiesta, esos efectos pueden empalmar a la perfección con la música, el baile, las amistades, la pareja.

Lo que buscaba esa chica era vivir la experiencia que en ese mismo momento y lugar otras personas que también habían consumido MDMA estaban viviendo y disfrutando: una sensación de plenitud y conexión especial con la música, los amigos y consigo mismos. Pero la diferencia había sido un dato, y la falta de ese dato, de ese simple dato, demuestra lo nefasta que es la narrativa prohibicionista de la guerra contra las drogas. 

Comparado con el nivel de los problemas estructurales que mencioné antes y que se discutieron en la conferencia —sobreencarcelamiento, nuevas sustancias, corrupción, epidemias, pérdida de tierras—, los riesgos de una muerte por sobredosis de MDMA son mínimos e incluso fácilmente evitables. Pero, por lo mismo, siempre vuelvo a ese recuerdo. Pienso en lo fácil que hubiera sido evitar esa muerte. Pienso en todos los pasos burocráticos, políticos, legales, culturales y mediáticos que se alinearon y viajaron juntos desde 1985, cuando se prohibió el MDMA en Estados Unidos, hasta llegar, treinta y siete años después, a consolidarse en la simple y mortal falta de información de esa chica y sus amigos, ese día, en ese festival de música. 

No es tan difícil imaginarlo. El primer recuerdo que tengo sobre el MDMA son las imágenes de un noticiero matutino que veíamos en casa por las mañanas antes de ir al colegio. Un reportero transmitía desde la salida de una fiesta, ya de día, anunciando alarmado el consumo de esta droga. Pero lo que recuerdo no es lo que decía, sino el tono. Y esa es la clave por excelencia del prohibicionismo: en vez de brindar información, inculcar el miedo. 

Al amarillismo mediático se suman instituciones como las familias, lideradas mayormente por generaciones que tampoco recibieron información, y las escuelas, iglesias y universidades que suelen confundir la educación con el silencio sobre determinados temas. También las empresas dedicadas a organizar eventos donde usual y evidentemente se consumen drogas y que prefieren criminalizar a sus propios clientes con servicios de seguridad prepotentes.

Lo curioso es que nada evita realmente que las personas, a cualquier edad, puedan conseguir y consumir drogas en cualquier lugar y momento. Lo único que logran todos estos actores es que la gente lo haga sin la posibilidad de hablar y saber sobre ello. 

Desde 2021, con Proyecto Soma empezamos a asistir a ferias, festivales y fiestas para analizar sustancias, brindar material informativo gratuito y atender las inquietudes de las personas para que la información llegue antes que las sustancias. No todos los datos salvan vidas, pero toda pregunta y conversación son una posibilidad de romper el círculo vicioso de secretismo, ignorancia impuesta y estigmatización que puede volverse fácilmente mortal. 

La reducción de riesgos para atender el fenómeno de las drogas tiene una infinidad de métodos y estrategias: análisis de sustancias para detectar o descartar adulterantes o suplantadores en las sustancias, acceso a parafernalia higiénica para evitar contagio de enfermedades, tratamientos de casos problemáticos que no fuerzan la abstinencia sino que buscan la gestión del consumo más indicada para cada persona, espacios de descanso y atención especializada para personas usuarias que por distintas razones pueden estar sintiéndose mal bajo los efectos de alguna sustancia, etc. Pero todos tienen como pieza fundamental la simple posibilidad que se le brinda a las personas de hablar sobre drogas libremente. 

En tiempos de autoritarismos y fascismos hambrientos de poder que se regodean con la supresión de las libertades individuales y los derechos democráticos, el porvenir no solo parece difícil, sino que lo será. Pero encuentros como la Harm Reduction International Conference permiten evidenciar el rol fundamental que, hasta y sobre todo en los peores escenarios, tiene la información, la educación y los cuidados en manos de la sociedad civil. 


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