El discreto encanto de lo analógico


¿Qué nos quiere decir el creciente fenómeno que restringe las pantallas?


Un artículo publicado por CNN Business presenta un fenómeno que poco a poco empieza a hacerse visible: una creciente atracción por formas de vida menos mediadas por lo digital. Describe cómo algunas personas buscan recuperar el control sobre aspectos básicos de la vida cotidiana frente a sistemas que cada vez más deciden por adelantado cómo trabajamos, creamos, nos comunicamos y organizamos nuestra vida diaria. 

El artículo cuenta prácticas propias de una vida más analógica, a la antigua: cenas entre amigos en las que los celulares quedan fuera de la mesa, círculos de tejido que vuelven a ocupar bibliotecas públicas, el uso de cámaras de rollo en lugar de fotografías tomadas y descartadas al instante, y la recuperación de formatos físicos para la lectura o la música. Son prácticas que el texto presenta como una forma de desacelerar y de restituir valor a procesos que requieren tiempo, atención y presencia. 

A estas escenas se suman datos que sugieren que el fenómeno tiene una escala mayor. El artículo señala, por ejemplo, el crecimiento sostenido en la venta de kits de manualidades y actividades artesanales, así como del interés por el tejido y otras prácticas tradicionalmente asociadas a generaciones mayores.

La nostalgia por lo analógico emerge en un contexto en el que la inteligencia artificial está acelerando dramáticamente los procesos y redefiniendo las expectativas. La promesa ya no es únicamente hacer las cosas más rápido, sino anticiparlas, optimizarlas y corregirlas antes de que se manifiesten como problema. En ese escenario, la experiencia cotidiana pierde fricción. Cosas tan humanas como el error, la espera y el esfuerzo se vuelven anomalías. 

Las prácticas analógicas se están volviendo atractivas porque recuperan y reinstalan límites y resistencias. Hacer algo con las manos implica aceptar un ritmo distinto. No hay atajos ni versiones mejoradas. Tejer, escribir a mano o revelar una fotografía exige atención sostenida y tiempo no intercambiable. Estas actividades no se justifican por su resultado, sino por el proceso mismo. En una cultura obsesionada con el rendimiento, elegir la lentitud parece un acto de rebeldía.

Este giro también devuelve centralidad al cuerpo. Las escenas de grupos reunidos sin pantallas muestran una forma distinta de estar juntos. La conversación no compite con notificaciones, el silencio encuentra su lugar, la actividad no necesita ser registrada para existir. Cuando la mediación tecnológica se retira, aunque sea parcialmente, cambia la densidad del encuentro y la percepción del tiempo compartido.

Sin embargo, leer este fenómeno únicamente como una reacción cultural corre el riesgo de dejar fuera un elemento central: el contexto social y laboral en el que ocurre. La expansión de la inteligencia artificial ya está transformando de manera profunda el mundo del trabajo. La automatización de tareas, la sustitución de puestos y la evaluación algorítmica del desempeño generan tensiones que el artículo apenas menciona. Para millones de personas, la IA no representa una fatiga estética sino incertidumbre material y precarización.

A ello se suma otro efecto menos visible, pero igual de profundo: el impacto que lo digital y la automatización está teniendo sobre la capacidad de reflexión, el juicio crítico y el debate de ideas. La aceleración permanente, la delegación de tareas cognitivas y la circulación constante de contenidos producidos o filtrados por sistemas automatizados erosionan habilidades fundamentales para la vida pública: la concentración sostenida, la paciencia para leer y pensar con detenimiento, la disposición a dudar y a sostener desacuerdos complejos. En un entorno donde las respuestas llegan antes que las preguntas y las opiniones se optimizan para circular rápido, el pensamiento se vuelve más reactivo que deliberativo. Cualquier profesor de colegio o docente universitario sabe exactamente a qué me refiero.

En ese contexto, este retorno a prácticas de una vida analógica huele a ansiedad colectiva. Es el cansancio frente a las pantallas, sí, pero también la incertidumbre que genera la sensación de pérdida de control sobre el tiempo, el conocimiento y el valor que se le asigna a nuestro trabajo. 

Esta nostalgia no anuncia un regreso al pasado ni una salida clara al presente. En el mundo actual, salvo que alguien se vaya a vivir como un ermitaño al medio de un bosque o de una isla desierta, nadie puede vivir completamente fuera del ecosistema digital. Las prácticas analógicas conviven con trabajos mediados por plataformas, sistemas de vigilancia y métricas de productividad cada vez más sofisticadas. 

Pero esta nostalgia sí funciona como una señal. Algo en la promesa de un mundo completamente asistido no termina de cerrar. Recuperar ciertas prácticas no resuelve esa tensión, pero permite nombrarla. Y, en un contexto de automatización acelerada, ese gesto ya tiene un peso propio.


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