La tecnología corrige las jugadas, pero borra las leyendas
Hasta antes de que existiera el VAR, el fútbol estaba lleno de injusticias. Había patadas que podían partirle en tres la pierna a un jugador, pero si el árbitro y los jueces de línea no lo veían, no existían. Había goles hechos que no se cobraban, posiciones adelantadas que nadie notaba, codazos, escupitajos y manos que pasaban desapercibidas. Los hinchas veían el partido y sabían que el destino de su equipo estaba en los pies de los jugadores, en las agallas del arquero y en el criterio de los árbitros. El error humano formaba parte del juego, era un elemento más con el que había que lidiar, que a veces dejaba a un equipo fuera del campeonato y otras veces lo convertía en campeón mundial.
Todos hemos visto un millón de veces la mano de Dios de Maradona en México 86 y está clarísimo que el argentino, al ver que el arquero inglés, veinte centímetros más alto que él, iba a rechazar la pelota con los puños, se estiró todo lo que pudo y se ayudó con la mano para ganarle. Las cámaras de televisión lo captaron, los ingleses lo vieron, los argentinos lo vieron, el mundo entero lo vio. Pero los árbitros del partido, no. Cuando el Diego corre para celebrar, mira preocupado de una esquina a otra convencido de que le van a anular el gol porque ni él mismo puede creer lo que acaba de hacer. Pero se lo validan ¿Injusto? Sí, por supuesto, pero al mismo tiempo épico. Yo nunca vi en esa mano de Maradona un afán por romper las reglas o hacer trampa; lo que hay, a mi criterio, es la desesperación de un jugador por ganar, el impulso por hacer hasta lo imposible para derrotar a los ingleses (con toda la carga emotiva y política que eso implicaba). En esa mano late un acto casi instintivo por llegar a la pelota primero. Son milisegundos en los que ningún ser humano tiene tiempo para ponerse a hacer cálculos y estrategias fraudulentas.
La mano de Maradona sigue siendo polémica y el ejemplo más citado cuando se habla de injusticias en el fútbol. Nadie recuerda con la misma vehemencia, sin embargo, que antes de llegar a ese Mundial en México, cuando a Argentina le tocó jugar con el Perú en el Estadio Nacional como parte de las eliminatorias, Maradona fue víctima de la marcación más insólita e injusta que haya tenido que soportar algún jugador en el mundo. Durante todo el partido, el peruano Luis Reyna se dedicó a perseguirlo como si fuera su sombra. Se paraba a centímetros de él, le cerraba el paso, lo perseguía y, cuando el árbitro se volteaba, le jalaba la camiseta, lo agarraba de la cintura, le metía cabe, lo torturaba. En esa cancha hubo veinte hombres jugando fútbol y dos a las chapadas. Los argentinos no podían creer lo que veían y los peruanos tampoco. Solo que a diferencia de ellos que estaban indignados, nosotros estábamos fascinados con lo que considerábamos la inmolación de un jugador para evitar que golearan al Perú.
¿Lo hizo Reyna con gusto? No, siempre ha declarado que no se sentía orgulloso de esa marca, pero que era lo que tenía que hacer. El entrenador Roberto Challe le había dado la misión de que Maradona no metiera ningún gol y él la cumplió con éxito. Aquella vez, Perú ganó por un gol de diferencia.
Nada de esto se repetirá nunca más en el fútbol. Desde que se impuso el VAR y las cámaras se apoderaron del juego; los errores, el instinto y las genialidades han quedado proscritos. Todo se mide y se revisa al milímetro y si al árbitro se le pasó algo, se corrige. El problema es que esa corrección se ha llevado de encuentro el inevitable margen de ambigüedad en el que cabían la épica, la indignación y la leyenda.
La mano de Dios no fue solo un gol trucho del mejor jugador del mundo. Fue una metáfora de que el fútbol es un juego de hombres falibles, capaces de lo peor y de lo mejor en fracciones de segundo, sin tiempo para calcular y sin red de seguridad. La marca de Reyna sobre Maradona tampoco fue una estrategia elegante, pero era fútbol real: un hombre cumpliendo una misión imposible con las únicas herramientas que tenía, incluyendo las que el reglamento desaprueba.
Hoy, en cambio, vemos cómo un sensor en la pelota anula un gol de Senegal o deja fuera a Croacia por milímetros que ningún ojo humano es capaz de ver. Y uno se queda con la sensación extraña de que la tecnología no ha eliminado la injusticia, sino que la ha vuelto más fría, más difícil de cuestionar y, por lo tanto, más difícil de digerir. Antes, podíamos pelear con el árbitro y mentarle hasta sus generaciones recontrafuturas. Ahora nos peleamos con un algoritmo.
Lo que el VAR nos vende es una falsa promesa de exactitud, y nos quita la posibilidad de que ocurran cosas que nadie pueda explicar del todo, cosas que seguimos recordando cuarenta años después, como ver a Dios meter un gol con la mano, o a un peruano abrazado de la cintura de Maradona durante noventa minutos.
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