Una mano de Van Gogh en la mudanza


¿Qué tanto nos puede enseñar el arte cuando afrontamos nuevos comienzos?


Hace pocos días, mientras recorría una de las salas del Museo de Bellas Artes de Boston —MFA, por sus siglas en inglés—, me detuve ante una pintura que no solo retrata una calle, sino el espíritu de esta: La Casa Amarilla, del famoso y admirado Vincent van Gogh. El óleo muestra la calle Lamartine en la ciudad francesa de Arlés, donde el pintor holandés buscó refugio e inspiración en 1888. La curadora del museo narraba cómo, por aquel entonces, Van Gogh había pasado por varias ciudades en un recorrido desde los Países Bajos hasta París, antes de mudarse al sur, cansado de la vida urbana, en busca de la luz y el especial color de la Provenza para su arte.

La curadora nos invitaba no solo a mirar la técnica o los colores radiantes del artista, sino a considerar el contexto emocional de su mudanza: qué preguntas, ansiedades y expectativas lo habrían acompañado al llegar a una nueva ciudad. “Este cuadro —indicaba— es también un símbolo de adaptación y de búsqueda de comunidad. ¿Cómo haríamos nosotros para encontrar nuestro sitio en un nuevo hogar?”.

La exposición temporal, Van Gogh: los retratos de la Familia Roulin, me pareció especialmente conmovedora. Es conocido que Joseph Roulin, el cartero de Arlés, se convirtió en uno de los pocos amigos cercanos del pintor durante su estancia en la ciudad, y que Van Gogh no solo retrató a Roulin, sino también a su esposa e hijos. En una época en la que el retrato estaba reservado sobre todo para la nobleza y la alta burguesía, Van Gogh optó por plasmar en el lienzo los rostros de personas cotidianas con quienes tenía vínculos auténticos. Incluso, llegó a pagar a los Roulin para que posaran en su estudio, creando una serie de retratos llenos de humanidad y calidez. Así, el arte se convirtió en puente: una manera de entender al otro y, al mismo tiempo, deenraizarse en su entorno.

Sentí una alegre conexión con aquel impulso. Hace cuatro años llegué a Boston, justamente para empezar una nueva etapa profesional. La pandemia aún dictaba el ritmo de la vida: aislamiento, calles silenciosas, parques medio vacíos. Mudarse a una ciudad nueva suele ser un asunto complejo en cualquier época, pero la pandemia multiplicó los retos, haciendo del encuentro con otros un ejercicio consciente y, a menudo, difícil, ya que las vacunas recién se estaban distribuyendo. De todos modos, fue un tiempo de pequeños y placenteros descubrimientos: recorrer los parques junto al río Charles, la emoción de los primeros conciertos tras el confinamiento, andar en bicicleta y, sobre todo, el encuentro con nuevas amistades con quienes compartir el día a día. Todo eso, hasta llegar a sentirme parte de esta región. Y nada de ello es sencillo siendo migrante.

Esos lazos, que en un principio parecían difíciles de forjar, terminaron por ser lo más valioso de mi estancia en Boston, especialmente en Cambridge, la zona universitaria adyacente. Quizás, así como Van Gogh pintaba una y otra vez a los Roulin para sentir que pertenecía a su entorno, también fui yo encontrando mi lugar gracias a las relaciones humanas. En las cafeterías del campus, en reuniones creativas, en espontáneas e interminables conversaciones, la ciudad fue transformándose en un espacio de afectos y aprendizajes.

Hoy, mientras empaco libros, cuadros, ropa y fotografías para, nuevamente, mudarme a un diferente destino profesional —está vez en la región de Minneapolis— siento otra vez esa mezcla de vacío y emoción que implica todo inicio. Ya respiro con mucho agradecimiento la melancolía de dejar atrás rostros, sonrisas y rincones que me marcaron, pero también la expectativa ante los próximos pasos. Y así, vuelvo a imaginarme contemplando La Casa Amarilla, en la memoria más que en la pared del museo. Además, al observar mi habitación, recordé El dormitorio en Arlés, otro cuadro de Van Gogh dedicado a su apreciado espacio personal, y que también pude admirar en la exposición. Noto así que el arte nos acompaña también como recordatorio de nuestra capacidad de adaptarnos, de encontrar comunidad y sentido, incluso en los paisajes más desconocidos.

Si algo, además de un profundo disfrute estético, me ha dejado mi reciente visita al museo, es esta certeza: detrás de cada mudanza y comienzo que he tenido —ya sea en Miami, Filadelfia, Boston o antes de llegar desde mi querido Perú— resuenan preguntas universales que, quizá, inquietaron también a artistas como Van Gogh. Y, acaso como él, nos queda decidir abrazar los cambios, abrirnos a los nuevos lazos y dejar que la vida, en sus formas sencillas y extraordinarias, termine por colorear nuestra propia casa amarilla, allá donde decidamos buscarla.


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