Un escritor mexicano aprovecha la literatura para reconciliarnos con nuestra esencia natural
¿Qué se siente ser una anguila ciega yucateca? ¿Experimentan dolor las langostas que son hervidas vivas para satisfacer nuestros caprichos culinarios? ¿Sueñan las tortugas gigantes? Éstas son algunas de las preguntas que el escritor Jorge Comensal (Ciudad de México, 1987) se hace a sí mismo y a nosotros —sus lectores— en Materia viva (Ediciones Antílope, 2024). Organizado como un díptico —Materia silvestre y Materia humana—, el libro recoge ensayos y crónicas que, a lo largo de más de una década, ahondan en eso que llamamos naturaleza.
Para algunos, quizás parezca extraño aproximarse a la fauna y a la flora desde lo literario. Podría creerse que tratarlas en un texto necesariamente convertiría a este último en un objeto duro, rígidamente científico; que la zoología y la botánica no encontrarán una forma que pueda ser amable con el lector.
[No tanto una pregunta retórica, sino sobre todo un lamento:] ¿De cuántas experiencias transformadoras nos alejan nuestros prejuicios?
Comensal, con encantadora artillería, nos desasna y al mismo tiempo obsequia descubrimientos en los que se cruzan literatura y divulgación. A ratos estrictamente precisos, a ratos profundamente personales, sus textos nacen de una obsesión honesta por el mundo natural, una dimensión de este planeta —la primordial— a la cual el escritor se acerca desde el humor y el juego, y también con toda seriedad.
Hablar de animales y de plantas es terreno fértil para establecer metáforas y analogías que echen luz sobre sus (nuestras) propias inquietudes, heridas y fallas, pero allí no se agota el interés de Comensal. Estos reinos no son solamente una herramienta o excusa para pensarse a sí mismo. Resulta divertido, por supuesto, aquello que llama «cursilería antropocéntrica»: idealizar la monogamia de los cóndores de California o —«sin miedo al bestialismo»—enamorarse platónicamente de uno de sus ejemplares hembra. Sin embargo, debajo de esa habilidad para volver ameno y jocoso el comportamiento y el aspecto del ave, prima la preocupación por su peligro crítico.
El trabajo de Comensal manifiesta una atención auténtica y de larga data sobre muchas especies, y asimismo (o en consecuencia) una ansiedad que late a raíz de su posible (o inminente) extinción. Es difícil plantear respuestas desde la literatura, pero el escritor mexicano hace el esfuerzo. Más allá de términos prácticos, su pasión por la condición animal y vegetal de la Tierra es, en sí misma, contagiosa y movilizadora: «aunque los cóndores no sean imprescindibles para nuestro bienestar material, salvarlos nos puede convertir en seres humanos más plenos».
La segunda mitad de Materia viva se enfoca en las personas. Ensayos y crónicas acerca de música, religión, monumentos, suegras, Coca-Cola, alcoholismo y tatuajes rebaten aquel malentendido que separa a la humanidad de la naturaleza. La decisión autoral y editorial de incluir estos textos es un acto de reconciliación que nos devuelve una verdad fundamental: los animales y las plantas no son materias ajenas a nosotros. Todo lo contrario: junto a ellas, componemos buena parte de la vida de este planeta.
[Me incluyo como sujeto de este segundo lamento:] ¿Hasta cuándo el cinismo nos mantendrá insensibles a las emergencias que abaten a nuestros compadres animales y a nuestras comadres plantas?
Libros como el de Jorge Comensal, desde la aparente futilidad de la literatura, aceleran la extinción de esa pregunta.
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