Últimos hallazgos sobre los nutrientes que podríamos absorber con nuestras narices
¿Y si el aire no solo nos mantuviera con vida, sino que también nos nutriera? La idea suena extraña, incluso poética. Pero cada vez más voces en la ciencia proponen que lo que respiramos no solo transporta oxígeno: también podría ser una fuente de nutrientes y microorganismos beneficiosos para nuestra salud. En otras palabras: al respirar, también podríamos estar alimentándonos.
Esta intuición no es nueva. Hace más de cuatro siglos, el alquimista y médico polaco Michał Sędziwój hablaba de una “comida de la vida” presente en el aire. Lo llamaba un “espíritu invisible” que nos sostenía. Aunque no conocía el oxígeno como tal, su intuición no estaba tan errada. Sería recién en el siglo XVIII cuando un científico francés, Antoine Lavoisier, lo aislaría e identificaría como un elemento químico esencial para la respiración y la vida.
Hoy, esa vieja intuición se reaviva con fuerza. Científicos como el británico Paul Trayhurn insisten en que el oxígeno debería considerarse como un nutriente en la ciencia de la nutrición. Pero, hasta ahora, ha dominado el paradigma de que solo son nutrientes aquellas sustancias que nos alimentan a través del tracto gastrointestinal. Sin embargo, el oxígeno cumple con todos los criterios: es esencial para el metabolismo, participa en procesos bioquímicos claves y su ausencia resulta letal.
La idea, que antes parecía marginal, está ganando adeptos. Investigadores australianos, como Fayet-Moore y Stephen Robinson, están yendo más allá: estudian cómo otras sustancias presentes en el aire también podrían ser absorbidas por el sistema respiratorio. En un reciente artículo proponen que la nariz y los pulmones son una vía privilegiada para la entrada no solo de gases, sino también de nutrientes y microorganismos útiles. Que la nariz sea una vía eficaz para absorber sustancias no sorprende a quienes usan inhaladores o conocen los efectos de ciertas drogas recreativas. Pero seamos honestos: la mayoría no somos asmáticos… ni consumidores empedernidos de cocaína. Aun así, nuestros pulmones y fosas nasales podrían estar haciendo mucho más por nuestra nutrición de lo que imaginamos.
Fayet-Moore y Robinson han introducido dos conceptos novedosos: el de los aeronutrientes, o sea pequeñas cantidades de vitaminas, minerales o incluso ácidos grasos que viajan en el aire y son absorbidas al inhalar; y el del aerobioma, es decir, el conjunto de microorganismos suspendidos en el aire que podrían desempeñar un papel en el mantenimiento y la diversidad de las microbiotas respiratoria y gastrointestinal.
Aunque su aporte a nuestra nutrición aún no está claro, podrían complementar lo que ingerimos por vía oral. Por ejemplo, respirar el yodo presente en el aire en zonas costeras, especialmente en regiones con muchas algas, podría sumar una bocanada a nuestras reservas de este mineral esencial para la tiroides. En el campo, podríamos estar respirando vitaminas o ácidos grasos volátiles liberados por plantas y hongos, con potencial efecto antiinflamatorio. Y en los bosques, donde el aire suele estar cargado de aeromicrobios benignos que pueden llegar a nuestros pulmones, podríamos inhalarlos estimulando el sistema inmune e incluso reforzando la diversidad microbiana de nuestro intestino.
La evidencia disponible ya indica que el yodo, el manganeso, la vitamina A y la vitamina B12 presentes en el aire pueden contribuir a nuestra alimentación, mientras las aerobacterias beneficiosas podrían enriquecer las microbiotas de las vías respiratorias y del tracto gastrointestinal, mejorando la diversidad de especies, facilitando la digestión y brindándonos protección frente a especies patógenas.
Este nuevo enfoque no solo podría revolucionar el campo de la nutrición, sino también podría cambiar la forma en que comprendemos nuestro entorno y su relación con la salud.
En las ciudades, donde el debate público suele centrarse en el aire contaminado, la ausencia de componentes beneficiosos en el aire que respiramos podría ser igual de preocupante. Por ejemplo, una ciudad contaminada y con pocas áreas verdes, como Lima, tendría pocos aeronutrientes y aeromicrobios beneficiosos para la salud. Necesitaríamos políticas que fomenten áreas verdes para enriquecer el “aerobioma” y restaurar la biodiversidad del aire, especialmente para las poblaciones más vulnerables con acceso limitado a la naturaleza.
Quizás aún falte mucho por investigar, pero ya está claro que respirar no solo nos mantiene vivos: también podría nutrirnos, protegernos y enriquecer nuestras microbiotas.
Prescribir un paseo por el parque, entonces, sería casi como recetar un buen probiótico.
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Anna,
Muy interesante.
Felicitaciones !
Miguel Peralta