El Nobel y la computación cuántica


¿Nos estamos preparando como sociedad para la próxima revolución en nuestras vidas?


Gerald Salazar es un físico y comunicador con más de 10 años de experiencia en fuerza laboral STEM y gestión de I+D. Ha liderado iniciativas de divulgación científica y ciencia de materiales. Actualmente se enfoca en computación cuántica y tecnologías emergentes. Es director ejecutivo de la Asociación Clubes de Ciencia Perú.


El martes se otorgó el Premio Nobel de Física 2025 a John ClarkeMichel H. Devoret y John M. Martinis, por sus experimentos que revelaron efectos cuánticos observables macroscópicamente, o dicho en términos técnicos: por desarrollar experimentos en circuitos eléctricos que permitieron observar macroscópicamente —esto es, a través de variables que podemos medir en el laboratorio— el efecto túnel cuántico macroscópico y la cuantización de la energía en un circuito eléctrico.

Este reconocimiento, entregado durante el Año Internacional de la Computación Cuántica, confirma la relevancia de los trabajos que usan fenómenos cuánticos para desarrollar nuevas herramientas de cómputo.

A lo largo de la historia, una de las fuerzas motrices del desarrollo matemático ha sido la necesidad de resolver escenarios cada vez más complejos. Desde los registros agrícolas del antiguo Egipto y del imperio incaico, hasta las grandes obras de ingeniería que llevaron al surgimiento de la geometría, trigonometría y álgebra, el ser humano ha requerido métodos cada vez más sofisticados para modelar su entorno. Durante la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, Estados Unidos movilizó a millones de personas y debió gestionar operaciones logísticas y de distribución de recursos colosales, lo cual exigió un poder de cálculo extraordinario. Cada salto en la complejidad social ha ido acompañado del impulso por desarrollar mejores herramientas de cómputo. 

En los últimos doscientos años se sentaron las bases de la computación, transitando desde las primeras máquinas diferenciales capaces de resolver funciones polinómicas (Charles Babbage, 1822), la formulación de los primeros algoritmos (Ada Lovelace, 1843) y que fueron luego reformulados teóricamente por Alan Turing (1936), y hasta la introducción del bit como unidad básica de información mediante circuitos eléctricos (W. H. Eccles y F. W. Jordan, 1919). Durante el siglo XX, estos avances culminaron en el perfeccionamiento de las computadoras modernas. El desarrollo de los semiconductores permitió la miniaturización de los circuitos responsables de las operaciones binarias, sentando así el fundamento de las máquinas digitales actuales, y que, con algo de desparpajo, dado el monumental desarrollo de conocimiento realizado, hoy denominamos como computación clásica.

No obstante, el paradigma clásico de la computación tiene límites. Cuando los problemas escalan en los recursos y tiempo para resolverlos, pueden ser clasificados —y estudiados— según su viabilidad de resolución: algunos pueden resolverse en tiempo polinómico, es decir, eficiente; mientras que otros requieren un costo de ejecución exponencial, lo que los vuelve intratables para los computadores clásicos.

En ese contexto nació la computación cuántica: en la década de 1980 comenzaron a surgir las primeras teorías que proponen la realización de cálculos de naturaleza cuántica que podrían afrontar problemas con una mayor velocidad que la computación clásica. Por ejemplo, el algoritmo de Grover (1996) permite la búsqueda en una secuencia no ordenada de datos con N componentes en un tiempo de ejecución de O(√N) y no O(N). En otras palabras, mientras que un algoritmo clásico demora un millón de pasos para buscar un número en un millón de números; el algoritmo de Grover permite lograrlo en mil pasos: una reducción importante de tiempo y recursos. 

Es por eso que el Nobel de Física 2025 es importante, pues reconoce los trabajos experimentales que dan origen a la construcción del hardware experimental capaz de manifestar efectos cuánticos a escala macroscópica, y que junto a una comunidad silenciosa durante la década de los 90, 2000 y 2010 han ido perfeccionando las bases fundamentales del hardwarede las futuras computadoras cuánticas. 

Y acá tengo que hacer una aclaración para evitar ser engañados por los futuros vendehumos: (1) la computadora cuántica será complementaría a la infraestructura computacional actual, y (2) el hardware es tan especializado que antes de preocuparse por la máquina, es fundamental pensar en los recursos humanos: los futuros técnicos, ingenieros y científicos que tienen cero incentivos para quedarse en un país tan primario exportador como el Perú. 

Por eso, en este punto estoy seguro de que términos como computación cuántica o física cuántica serán cada vez más mencionados y menos comprendidos en el discurso empresarial y ciudadano. Aquí cobra sentido hablar sobre la alfabetización científica, entendida como la capacidad mínima para comprender los conceptos básicos de la ciencia: no para ser investigador, sino para interpretar el mundo que nos rodea. 

La ciencia tiene la responsabilidad social de divulgar estos conceptos de forma clara, para evitar que sean distorsionados por pseudocientíficos, ministros, presidentas (vacadas o no) o charlatanes, un riesgo que ya hemos visto en campos como la medicina o el de las vacunas.

Es así que hay un desafío adicional que plantea este Nobel: si queremos que todos, como humanidad, aprovechemos el potencial de las matemáticas para solucionar problemas con menor gasto de recursos, entonces debemos hacer un esfuerzo sostenido para democratizar el conocimiento de las ciencias en general y de las tecnologías cuánticas en particular, especialmente en los colegios. 

Por ello, la democratización de la computación cuántica no debe ser un acto performativo, egocéntrico o de moda, sino una demanda para mejorar la educación científica, fortalecer la carrera docente, asegurar recursos y meritocracia, superar los problemas que dan origen a la pobreza multidimensional y, paralelamente a todo esto, que requiere políticas para integrar la enseñanza de computación y física cuántica desde edades tempranas. 

Esto es necesario, pues debemos evitar convertir a la “computación cuántica” en el nuevo token de moda, como lo fueron las TIC o la inteligencia artificial, que, al mejor estilo gatopardista ministerial peruano, solo sirve para la fotografía ministerial, el aplauso endogámico tecnócrata y el desencanto de la ciudadanía en el modelo democrático. 


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