Los nuevos fariseos van al teatro (pero se quedan afuera)
La reciente reposición en Lima de la obra teatral María Maricón volvió a generar que un grupo de católicos se reuniera cada día frente al teatro a protestar, rosario en mano y con imágenes de la Virgen María. Los manifestantes se mostraban escandalizados por una obra teatral que no han visto.
Yo la vi el sábado y acompañé a la sala en los largos aplausos de pie cuando terminó la función. En una propuesta que combina el testimonio con la danza, María Maricón explora con valentía y profundidad la compleja relación entre la fe y la identidad sexual. Utiliza muchos símbolos del folclor peruano para cuestionar y reflexionar sobre las contradicciones presentes en una sociedad profundamente conservadora con base en la propia experiencia del director y creador, Gabriel Cárdenas Luna.
Paradójicamente, quienes protestaban afuera no solo ignoraban el mensaje real de la obra, sino que habían elegido activamente no verla: optaron por el rechazo basado en prejuicios antes de permitirse una mirada crítica que los acerque a la propuesta. ¿Cuántos de los que ahí protestaban sabían, por ejemplo que el título de la obra —María Maricón — hace referencia a una situación de acoso callejero que sufrió Gabriel en la que, literalmente, el agresor lo llamó así?
Estos manifestantes nos recuerdan, inevitablemente, a los fariseos, un grupo religioso judío de la época de Jesús conocido por observar minuciosamente los rituales y leyes externas, pero criticado fuertemente en los Evangelios por su hipocresía y falta de coherencia entre lo que predicaban y cómo vivían realmente. Por eso resuenan hoy las palabras del Evangelio según Mateo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera se ven hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia» (Mateo 23:27).
Esos fariseos modernos se muestran enfáticos contra una obra de teatro, pero callan con profunda indiferencia ante los verdaderos escándalos que han corroído la integridad moral de su Iglesia peruana en las últimas décadas. ¿Dónde estuvieron desde que José Enrique Escardó denunció públicamente al Sodalicio de Vida Cristiana hace más de veinticinco años? ¿Dónde estuvieron cuando se publicó en 2015 el libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas, que revelaba en detalle los terribles abusos cometidos? ¿Dónde estuvieron en los últimos cinco años, mientras el Sodalicio atacaba sin piedad a los periodistas que lo investigaron y se defendía ferozmente para evitar su disolución? Hubo plantones, presentaciones de libros, conferencias de prensa, audiencias públicas. Era por todos conocidos dónde estaban las oficinas y propiedades del Sodalicio, y nunca se asomaron. Su silencio y su ausencia son la más clara evidencia de su doble moral.
Tampoco se les ha visto frente a la Nunciatura Apostólica o al Arzobispado de Lima, reclamando respuestas y justicia ante los graves señalamientos contra el cardenal Juan Luis Cipriani por encubrimiento de abusos. Ante ofensas reales y profundas contra el mensaje de Cristo, se limitan a guardar silencio, acaso esperando que el tiempo borre la gravedad de estos hechos.
«Este pueblo de labios me honra; Mas su corazón está lejos de mí» (Mateo 15:8). Los fariseos modernos parecen olvidar convenientemente esta advertencia divina, colocando sus propias interpretaciones moralistas por encima del auténtico mensaje de Cristo, que enfatiza la autenticidad y la coherencia entre lo que se profesa y lo que se vive.
La hipocresía de estos supuestos guardianes de la moral cristiana radica en priorizar la censura y el control sobre la reflexión y el diálogo. Su fe se reduce a una protesta superficial frente a una obra artística, en lugar de manifestarse genuinamente frente a la corrupción moral que se ha infiltrado en la Iglesia misma.
Si estos fieles realmente desearan honrar a la Virgen María, deberían tomar ejemplo de su humildad y compromiso con la justicia. Deberían recordar su Magnificat, donde proclama que Dios «derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes» (Lucas 1:52), palabras que denuncian con claridad cualquier forma de abuso o injusticia ejercida desde posiciones de autoridad.
La autenticidad de la fe se mide por los actos concretos, por la coherencia entre lo que se predica y lo que se vive. Como señaló Jesús en la Biblia: «Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:16). Mientras estos católicos continúen con su teatro de piedad selectiva, ignorando los verdaderos escándalos que afectan su comunidad, no podrán sino seguir siendo vistos como fariseos contemporáneos, sepulcros blanqueados a quienes les vendría bien una profunda reflexión sobre el significado de ser cristianos (de verdad) en el mundo actual.
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Se ve la tergiversación de los hechos en este artículo.
Las acusaciones contra el Cardenal Cipriani no tienen base alguna. Claro que está contra los abusos sexuales y que no los ha encubierto. Ahí lo dejo
El autor del artículo no hace ninguna acusación. Solo menciona «graves señalamientos». El párrafo completo, textualmente indica: «Tampoco se les ha visto frente a la Nunciatura Apostólica o al Arzobispado de Lima, reclamando respuestas y justicia ante los graves señalamientos contra el cardenal Juan Luis Cipriani por encubrimiento de abusos». Más bien, lo que veo en su respuesta es que solo se limita a esbozar una muy mala defensa del cardenal Cipriani, omitiendo deliberadamente referirse a los hechos y argumentos que de manera muy estructurada y sustentada presenta el artículo.