A una semana de las elecciones, los policías del voto van a conseguir lo contrario
Cada cinco años, como si se tratara de una maldición republicana, los peruanos volvemos a encontrarnos en el mismo lugar: Keiko Fujimori pasa a segunda vuelta con alguien más, y el país se divide en dos bandos que parecen convencidos de estar librando la batalla definitiva entre el bien y el mal. Ha ocurrido tantas veces, que los electores ya nos conocemos el libreto de memoria. Por un lado, los antifujimoristas despliegan una campaña feroz para impedir que alguien siquiera considere votar por Keiko. Recuerdan —y con razón en muchos casos— las atrocidades del gobierno de Alberto Fujimori, anuncian una deriva autoritaria irreversible y convierten cualquier simpatía por la candidata en una falta moral. No importa si alguien tiene razones específicas para votar por ella, si teme a la alternativa, o si simplemente considera que es el mal menor. El juicio está dado de antemano: si votas por Keiko, eres un inmoral.
Del otro lado, los anticomunistas hacen exactamente lo mismo. Acusan a los votantes de Roberto Sánchez, el candidato rival de querer destruir el país, entregarlo al comunismo, de que sean cómplices de que nos vayan a estatizar hasta los zapatos y abrirle las puertas a una combinación confusa de Venezuela, Cuba, Sendero Luminoso y cualquier otro fantasma útil para la ocasión. No importa si el elector tiene dudas, matices o reparos: si no estás con ellos, entonces estás colaborando con la catástrofe. Odias a tu país. Eres un filoterruco.
Y pobre del ingenuo que anuncie que piensa votar en blanco. Sobre él caen ambos ejércitos al mismo tiempo, y le hacen un bullying asfixiante.
Cada cinco años, desde el 2011, el panorama en Perú es el mismo y a los votantes no se les concede el mínimo espacio para dudar. No existe el derecho a estar confundido. Tampoco el derecho a cambiar de opinión. Menos aún, el derecho a reconocer que ninguno de los candidatos te entusiasma.
Lo que resulta más agotador de estas campañas es precisamente eso: la obsesión por vigilar el voto ajeno, y la presión para que pronuncies tus preferencias políticas públicamente. Los antifujimoristas, lo menos que esperan de ti es que tu foto de perfil sea un rotundo mensaje de No a Keiko, y los fujimoristas que pongas banderas en tus historias de Instagram y Facebbok con frases patrióticas y épicas con las que dejes en claro que estás dispuesto a derrotar al monstruo de la izquierda.
De esta manera, terminamos discutiendo sobre identidades y no sobre propuestas. Nadie esgrime un solo argumento técnico para convencerte de nada. Al ritmo de “eres facho, eres terruco, eres fujitroll, eres racista, eres resentido, eres privilegiado, eres rojo, eres naranja”, avanza una campaña que hace rato perdió el elemento que todos dicen defender: la democracia. No hay nada más atentatorio contra la libertad individual, nada más lejano de un Estado democrático que castigar al otro porque piensa distinto que tú. Buscar eliminarlo porque no te hace caso.
Muchos ciudadanos ni siquiera han decidido todavía qué harán con su voto y ya son motivo de señalamiento. Un consejo a ambos bandos: dejen a la gente decidir tranquila, déjenlos votar en paz. No conozco a nadie que se haya decidido por otro candidato después de que lo hayan insultado o perseguido. Lo que normalmente consiguen con esa actitud es que vote harto, molesto y con ganas de castigar a quien más lo ha estado cargoseando.
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