Una reflexión cinéfilo-histórica sobre “El agente secreto”
Por segundo año consecutivo, una película brasileña tiene posibilidades de llevarse una estatuilla en los Oscar. El año pasado, la fantástica Aún estoy aquí de Walter Salles se llevó el premio a Mejor Película Extranjera y también el otorgado a la luminosa Fernanda Torres, quien interpretó magistralmente a una mujer que pierde a su marido durante la dictadura militar, sufre una encarcelación injusta y lucha el resto de la vida por encontrar justicia.
La película de Salles fue, para muchos, una primera aproximación a la terrible violencia vivida en el coloso sudamericano en la década de los 70. A diferencia de Argentina, Chile e incluso Uruguay, donde se ha producido mucho cine sobre las dictaduras, el esfuerzo por conseguir justicia y sus consecuencias a largo plazo, lo que había llegado al resto del mundo sobre la experiencia brasileña era muy reducido.
Hasta cierto punto, esto se debía a que, parafraseando las palabras de cierto fujimorista, “ellos mataron menos” en comparación con Argentina o con Chile, pero eso no la hace menos brutal. La dictadura en Brasil fue muy larga, comenzó en 1964 y no terminó hasta 1985, y los años más intensos fueron los 70. El país vecino fue parte del llamado Plan Condor, la colaboración entre los regímenes autoritarios en la región para torturar y desaparecer personas a través de las fronteras, haciendo que los disidentes no estuviesen seguros en ninguna parte. No olvidemos que, en el caso del Perú, Francisco Morales Bermudez fue condenado en Italia por su participación en este consorcio de abusadores.
Pero volvamos a la película de este año. El Agente Secreto ya fue aplaudida en Cannes y los Globos de Oro y podría darle otras estatuillas doradas a los brasileños, ya sea a su director Kleber Mendonça Filho por Mejor Película Extranjera, o a Wagner Moura por Mejor Actor. Debo de confesar que este es el film que más me ha impactado en esta temporada de premios, por su capacidad de retratar un mundo oscuro y complejo con gran destreza narrativa y sin hacer concesión alguna al público.
A diferencia de Aún estoy aquí, que es medida en su melodrama,, El Agente Secreto es excesiva y exagerada. Si con la primera admiramos la humanidad de Fernanda Torres al retratar a una madre que se rehúsa a darse por vencida y dejar de sonreír junto a sus hijos cuando una revista les pide una foto sombría, y queremos por todos los medios que sea vindicada y alcance la justicia, con el personaje de Wagner Moura no sabemos qué esperar y nos pasamos casi la mitad de la proyección tratando de entender qué es realmente lo que está pasando y cuál es su papel en todo este enredo en el que está viviendo en peligro. Aquí tenemos también a un padre amoroso que ha perdido a su mujer, y cuyo único objetivo es cuidar de su hijo, algo que no puede hacer a cabalidad por el riesgo en que vive, por lo cual debe entregárselo a los padres de su esposa fallecida.
Durante las casi tres horas que dura la cinta nos pasamos tratando de entender las razones del riesgo y la violencia, que durante los meses de carnaval se vuelven aun más desenfrenados. A ratos, incluso la película corre el riesgo de convertirse en lo que inglés se llama un shaggy dog tale, una historia larga, exagerada y sin sentido, ya que vamos conociendo a una serie de personajes, a cual más improbable, desde la veterana comunista o anarquista que organiza la residencia de los refugiados, los compañeros de trabajo del protagonista que en pocos minutos nos presentan una visión del extraño mundo de burocracia menor en el que habitan y, sobre todo, el jefe de la policía local y sus secuaces, que se aprovechan del carnaval para desaparecer gente. Cada uno de sus personajes nos conquista, así aparezca pocos minutos, como ocurre con el alemán interpretado por Udo Krier en su última aparición antes de su muerte.
Por otro lado, la capacidad que tiene la película para reconstruir la ciudad de Recife en los 70 es realmente impresionante, y solo por eso le daría un premio. La sensación es inmersiva por la cantidad de carros, vestuario y artículos de la época, así como por la densidad de las escenas en exteriores con el calor del momento.
Están, además, las escenas en la gran sala de cine, donde el suegro del protagonista trabaja como proyeccionista. A la entrada y la salida vemos los afiches de las películas del momento, y en el ecran se cuela un pequeño clip de Jean Paul Belmondo en una sátira a James Bond, en la que un escritor se imagina siendo un agente secreto, lo que da el título al film. Pero, sobre todo, está la obsesión con Tiburón de Spielbwrg, exacerbada por la aparición de una pierna en las fauces de un escualo local y que, muy probablemente, vino de un cuerpo mal desaparecido por la policía, lo cual logra que la pierna se convierta en una excusa más de conversación fantasiosa en la imaginación local.
En algún momento, la película da un giro metatextual: dos investigadoras, al igual que nosotros en la época contemporánea, están tratando de entender qué es lo que estaba pasando en Recife en 1977 y van transcribiendo grabaciones de audio, además de estudiar recortes de periódico, y la información que sobre esos días aparece en internet.
Es esta parte la que nos trae a la actualidad, la que nos ayuda a entender la relación entre el pasado y el presente y, sobre todo, a tomar conciencia de que en nuestros países el trabajo de la memoria no termina y que nos involucra, de una u otra manera, a todos.
Lo que ambas mujeres hacen, finalmente, es lo que todos los ciudadanos de sociedades conflictivas deberíamos hacer: involucrarnos para tratar de entender a los unos y a los otros.
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