O el peligro de que Gaza se convierta en un complejo turístico
El reciente Foro Económico Mundial de Davos ha hecho las veces de red carpet de los gobernantes más poderosos del mundo. Por ahí han desfilado el primer ministro de Canadá, Mark Carney, con un impecable discurso sobre los tiempos complejos que vivimos; apareció también un Emmanuel Macron muy sexy, con lentes oscuros, tratando de desmarcarse de Donald Trump después de que este lo humillara publicando los mensajes que habían intercambiado, en los que mostraba una actitud servil ante el matón; y también fuimos testigos de una Giorgia Meloni, más gritona y lúcida que nunca, zamaqueando a los líderes de Europa para que reaccionaran y le hicieran ver a Trump que necesita a Europa más de lo que quiere reconocer. A un año de la toma del poder del millonario republicano en la presidencia de Estados Unidos, por fin empiezan a aparecer voces disidentes que se enfrentan a su estilo tan bizarro y peligroso de ejercer el poder.
Pero Donald Trump está lejos de dejarse intimidar. Además de los discursos contradictorios, amenazantes y plagados de mentiras que tuvieron que escuchar sus congéneres, el estadounidense aprovechó la audiencia cautiva para presentar la recién estrenada Junta por la Paz. Para quienes aún no están familiarizados con este despropósito, se trata de un nuevo organismo internacional, impulsado por Estados Unidos, que tiene un fin explícito: ofrecer una alternativa a los mecanismos tradicionales de resolución de conflictos. Es decir, crear una institución que haga el trabajo que le corresponde a la ONU: evitar guerras, promover acuerdos entre países en conflicto, resolver disputas. Dicho así, pareciera que sus fines son altruistas, pero si nos fijamos en los detalles, la cosa cambia. El creador y líder del proyecto es, por supuesto, Donald Trump, quien, además de representar a su país, será el presidente de la Junta. Por otro lado, no se trata de una organización democrática en la que puedan participar todos los países, sino solo aquellos a los que Trump decida invitar. Quienes acepten y quieran tener un lugar fijo y dominante deberán pagar un billón de dólares.
Lejos de estar ante un organismo multilateral clásico, en el que todos los miembros son importantes y las decisiones se toman por consenso, este nuevo juguete de Trump concentra el poder en una sola figura: él valida los planes de acción, él aprueba lo que se debe hacer y él define las prioridades. La pregunta es inevitable: si Estados Unidos decide invadir Groenlandia, ¿acaso sus amigotes de la Junta lo van a detener?
Si bien la ONU es un organismo muchas veces ineficiente para frenar conflictos y guerras, al menos parte de una premisa fundamental: la paz no se decreta ni se impone; se construye. Implica acuerdos sociales, legitimidad institucional y la participación de quienes han vivido el conflicto. Cuando esos elementos faltan, la paz se convierte en un instrumento de control geopolítico, en una excusa para promover abusos, inversiones y obtener recursos para el pacificador de turno. Nunca habíamos escuchado a ningún líder del mundo usar tantas veces la palabra “paz” para justificar la guerra y el maltrato.
Para vender los beneficios de la paz enlatada que Trump nos quiere encajar, su yerno, Jared Kushner, presentó en Davos el plan de reconstrucción de Gaza, ante líderes políticos y empresariales de todo el planeta. Más que explicar cómo levantar una ciudad de las cenizas o cómo colaborar para que los gazatíes recuperen su dignidad y su hogar, Kushner mostró una propuesta —bautizada informalmente como New Gaza— en la que abundaban edificios modernos, jardines modernos, playas paradisiacas, rascacielos y múltiples inversiones para convertir al territorio más castigado del planeta en un complejo turístico de primera categoría. La pregunta, al ver los planes de Trump, no es si Gaza necesita reconstrucción —por supuesto que la necesita, y con urgencia—, sino bajo qué condiciones debe plantearse. ¿Dónde están los palestinos en esta ecuación? ¿Alguien está realmente preocupado por lo que desean o por lo que piensan? Todo indica que no. Como ya está quedando bastante claro, la paz y la vida de quienes han sufrido el asedio de las bombas importan poco.
Este pensamiento que cree que la inversión sustituye a la política, que el dinero lo resuelve todo, es una ilusión que ya ha fracasado en otros contextos, desde Irak hasta Afganistán. Si el Plan Marshall funcionó en Europa después de la Segunda Guerra Mundial, no fue simplemente porque se inyectaron millones de dólares para reconstruir el Viejo Continente —que, por supuesto, fueron fundamentales—, sino porque ese proyecto caminó de la mano de la reconstrucción de instituciones fuertes y de estados independientes capaces de velar por el bienestar de sus ciudadanos. Allí donde la paz se concibe como un producto administrable, desligado de la voluntad de quienes habitan el territorio, lo que se impone no es convivencia, sino interés. Se obliga a los pueblos a pagar el restablecimiento de sus calles, sus casas y sus servicios básicos con su soberanía y su dignidad.
La Junta de la Paz de Trump es algo mucho más peligroso que el capricho de un líder delirante. Es el síntoma de un cambio más profundo en la forma en que los nuevos liderazgos autoritarios entienden la convivencia: están construyendo un nuevo orden donde el consenso es una wokeada que debe ser reemplazada por el control; donde la justicia es una ilusión que debe abolirse en aras de los resultados inmediatos. En este mundo que Trump parece rifarse todos los días, como quien juega una partida de black jack en las Vegas, la paz se vende al mejor postor.
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