Ante la pataleta, rodilleras


María Corina y su insistencia en someterse al ninguneo de Donald Trump


Ser líder de oposición en una dictadura nunca ha sido tarea fácil. La osadía suele pagarse con el exilio, la cárcel, el amedrentamiento o el descrédito sistemático. Sería injusto, por lo tanto, no reconocer el papel que María Corina Machado desempeñó en Venezuela, sobre todo en el último proceso electoral, en el que consiguió lo que durante años pareció imposible: aglutinar a una oposición fragmentada, denunciar con claridad el fraude y, cuando el régimen le impidió postular, endosar su liderazgo al diputado Edmundo González, un candidato que terminó ganando en las urnas. No es poco. Fue, de hecho, el mayor capital político que ha tenido la oposición venezolana en más de una década.

Ese liderazgo, sin embargo, siempre ha sido incómodo. Machado es una figura polémica, incluso dentro de su propio campo. Su estilo frontal le ha ganado adhesiones fervorosas y rechazos persistentes, y esa ambivalencia no desaparece cuando se pasa de la épica electoral a la arena internacional.

La reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela, que logró poner fin al régimen de Nicolás Maduro, atraviesa ahora un momento delicado. Expulsado el dictador, al país le espera un largo camino para recuperar la democracia y reconstruirse de las ruinas que dejan 27 años de gobiernos corruptos e ineficientes. ¿Quién debe liderar ese proceso? Esa es la gran pregunta que hoy se hace el mundo. Y si bien no hay una única respuesta, algunas salidas parecen más lógicas que otras.

Para Donald Trump, todo debe hacerse bajo la tutela de Estados Unidos. Así lo ha decidido unilateralmente, autoproclamándose gestor y líder del proceso. Como si eso no fuera suficiente, ha optado por llevar adelante sus planes sin la oposición venezolana y ha entregado la presidencia interina a Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Nicolás Maduro y una figura central del chavismo. La pregunta es inevitable: ¿qué transición democrática puede construirse ignorando a quienes enfrentaron al régimen desde adentro?

El ninguneo a María Corina Machado ha sido explícito. No contento con mantenerla al margen de cualquier decisión, Trump ha declarado públicamente que se trata de una “nice lady” sin arraigo ni capacidad de gestión en Venezuela. ¿Por qué ha optado Trump por una vía tan cuestionable? ¿No era Estados Unidos, acaso, un aliado de la oposición venezolana?

Las razones están sobre la mesa. En las semanas posteriores a la invasión, Trump no ha ocultado su interés por administrar el petróleo venezolano y se ha atrevido incluso a publicar en X, el sábado 11 de enero, una entrada falsa de Wikipedia en la que se le presenta como presidente interino de Venezuela. Ante semejantes apetitos, la chavista Delcy Rodríguez resulta útil y funcional. Para la administración estadounidense parece más conveniente contar con una líder amenazada con correr la misma suerte que Nicolás Maduro si no obedece, que lidiar con figuras como María Corina Machado, empeñadas en impulsar una agenda de país, defender los intereses de los venezolanos y no aparecer como títeres de un gobierno extranjero.

Y es aquí donde la figura de María Corina Machado se diluye. Porque lo que se esperaba de ella no era complacencia, sino interpelación. Si Donald Trump ya la había descartado y ninguneado, ¿por qué no se convirtió en la voz de quienes podían velar por los intereses del pueblo venezolano? ¿Por qué no asumió el rol de una fuerza vigilante dispuesta a exigirle a Estados Unidos rendición de cuentas por lo que hiciera en Venezuela? ¿Por qué no reclamó la participación de la oposición en el proceso que se abría?

En lugar de eso, la otrora líder firme y bien plantada optó por la sumisión. Aceptó el ninguneo y consumó una de las escenas más vergonzosas que se hayan visto en la política reciente: acudió a la Casa Blanca, donde nadie la recibió oficialmente y fue hecha entrar por la puerta de servicio, para entregarle a Trump su medalla del Nobel de la Paz. El gesto, ya de por sí servil, se vuelve aún más grave cuando se sabe que parte de la animadversión de Trump hacia Machado proviene del resentimiento por ese reconocimiento internacional, que él ha codiciado abiertamente. El mensaje fue claro: ante la pataleta, rodilleras.

Machado cedió a los caprichos de un líder megalómano y perdió la oportunidad de tutelar los intereses de su país. En ese gesto borró de un plumazo buena parte de su capital político. Porque al intentar agradar a quien no la quiere, terminó sacrificando aquello que la hacía fuerte: su autonomía.

Nadie espera que María Corina Machado se enfrente a Trump por deporte ni que rompa puentes internacionales. Lo que se esperaba —y se sigue esperando— es algo mucho más elemental: que recuerde que los pueblos tienen dignidad, y que los liderazgos auténticos existen para defenderla, incluso cuando eso incomoda a los poderosos.

María Corina fue clave para abrir una esperanza electoral en Venezuela. Hoy, en cambio, acaba de dilapidar la posibilidad de exigir respeto a quienes pretenden decidir el futuro del país sin los venezolanos. Una pena.


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