PERDERLO TODO EN AREQUIPA


Un arequipeño comparte sus reflexiones luego del desastre anunciado en su ciudad 


Alain Espinoza Vigil es ingeniero civil, investigador y escritor arequipeño. Realiza un doctorado y enseña en la Universidad de Bristol. Dirige el Centro de Investigación Ascent, desde donde impulsa proyectos con impacto social e industrial. Publica investigación científica y narrativa; es autor de El Colector de Orgasmos y Autopsia de un Descubrimiento.


Primero escuché un sollozo: “Hijito… hemos tenido que evacuar la casa”. Era mi madre, antes de que terminara de romper en llanto: “Llama a tu papá, por favor”.

Mi padre aun no llegaba a casa de mi abuela, que es donde mi madre guardaba refugio. Lo imaginaba contemplando al lodo arrasar con todo. El agua con sedimentos, sólidos y piedras enormes avanzando salvajemente sobre vías, veredas y viviendas. Había sido ese estruendo junto al rebose de la torrentera lo que obligó a que dejaran la casa. Mi padre, seguramente, habría querido quedarse allí protegiendo lo que significaba aquel hogar que construyó junto a mi madre hace veinticinco años. No era el concreto, ni los ladrillos: eran los recuerdos de mi hermana y yo saliendo de allí por primera vez al colegio, nuestras navidades, nuestras tardes de juegos de mesa; también nuestros líos y vicisitudes. Se habrá imaginado eso y también el esfuerzo que implicó lograr brindarnos un lugar para vivir y crecer.

Me temblaban las manos y sentía un vacío profundo en el pecho. Qué hago acá tan lejos, me preguntaba. Alguna vez me tocó estar solo en esa casa cuando llovió torrencialmente, también un día de febrero. Se había cortado la luz, los buzones de desagüe habían reventado, el drenaje se había tapado, los vecinos empapados trataban de dirigir el agua hacia la calle. Durante horas, a punta de baldazos, escobazos y trapos repartidos en todo el interior, logré que el impacto de la lluvia fuera menor. Aun así —y esto es importante—, ese día no colapsó la torrentera Chullo, que se encuentra adyacente a la urbanización. Quiero decir, ya nos sabíamos vulnerables. Cuántas veces habrá ido mi madre a la municipalidad solo para que la dejen sin respuesta o le dijeran que “ya pronto” se haría el proyecto de encauzamiento: “No sea impaciente, señora. Está en manos del Gobierno Regional, nosotros no tenemos recursos, ya hay un expediente. Cálmese”. Hace años que nos pasean, quizás consideran poco pertinente cambiar sacos de tierra por un muro de concreto armado que realmente nos proteja.

“Hijo, no hay nada más que podamos hacer”, me dijo mi padre.

En ese momento solo pensaba en cómo ayudar a mis papás. Estuve colgado de las noticias en Facebook para actualizarme sobre las consecuencias de la lluvia. En Facebook porque, claro, es Arequipa, y sus medios, de menos recursos, apenas pueden cubrir eventos así, y la mayoría lo hace por esa red social. Lo que conocemos como prensa en Perú es limeña, y cada vez que alguna otra ciudad la necesita de verdad, la ayuda no llega o llega demasiado tarde. Al igual que con la prensa, ocurre con la educación, la salud, las oportunidades. El país será cuando deje de ser solamente Lima.

“Mami, pa, tranquilos, hicieron bien en ir donde mami Carmela, quédense ahí esta noche. Lo importante es que ustedes están a salvo”, les dije, tratando de transmitirles calma, cuando obviamente no la tenía. Los videos de la ciudad eran surreales, desoladores. Se vivía verdaderamente una pesadilla.

A la vergüenza de constatar la pésima cobertura de los hechos se sumó la de enterarnos de que el presidente se enteró del colapso de la ciudad por las noticias. Eso quiere decir que absolutamente nadie, ni un congresista por Arequipa, ni el alcalde, ni el gobernador, a nadie le pareció importante coordinar una respuesta rápida a través de la presidencia. Pero, claro, qué podía esperarse, si los alcaldes en Arequipa estaban peleándose, si somos el país de un presidente por año y de un Congreso vomitivo.

¿Realmente merecemos eso? 

¿Debemos recibir tal castigo por elegir mal a nuestros gobernantes? 

No tengo ninguna duda de que, mientras alguien escucha o lee estas líneas, pensará: “Ahí está pues, ¿por qué votaron por el lápiz?”, atribuyéndole la culpa de la inestabilidad política al sur del país. ¿Saben por qué me arriesgo a decirlo? Porque leí un montón de comentarios así en redes cuando se transmitía la desgracia. Y no sé si sea una cuestión de indolencia solo peruana, pero me pregunto, ¿a ese nivel de conflicto, enfrentamiento, y falta de empatía hemos llegado? ¿Tan rotos estamos como nación?

También me pregunto: ¿se pudieron evitar fatalidades con una mejor articulación si el presidente no se enteraba por las noticias? Se dice que no hay recursos, ¿pero no se encuentra el oro que Arequipa le exporta al mundo en su precio más alto? ¿No es que el sistema no debe tocarse? ¿No perciben los gobiernos locales canon minero? ¿Qué nos asegura que esto no suceda otra vez?

Seis fallecidos, más de cuatro mil afectados, más de cincuenta casas inhabitables y, entre otros efectos, también el desabastecimiento de agua, de lo cual me encargaré en otro momento, ya que la vulnerabilidad del sistema de represamiento en Arequipa es crítica. Lamentablemente están ocurriendo eventos extremos y lluvias intensas en otras ciudades del país también. Recordemos que El Niño de 2017 dejó 169 fallecidos, alrededor de 16.000 km de vías afectadas, casi 500 puentes destruidos, 456 escuelas y 70 centros de salud colapsados; además, los efectos en cascada afectan tierras agrícolas, telecomunicaciones, electricidad, incluso exposición a dengue y problemas de salud mental. 

No hace mucho me encargué de escribir un artículo científico sobre cómo construir resiliencia nacional ante desastres, evaluando eventos pasados de El Niño en Perú; ojalá en el país conversaran la academia y el sector científico con el público y el privado. Y es justamente para continuar estudiando que no me encuentro en mi ciudad. Estaré lejos, pero igual duele. Y, más que nunca, hubiese querido estar cerca para darle una mano a mi papá, que estuvo sin parar limpiando y gestionando apoyo; para abrazar a mi madre, que, aun cuando continúa conmovida por los hechos, igualmente sigue a mil por hora para proteger nuestra casita que improbablemente se mantuvo en pie. La historia de mis padres, de cierta forma, también es mi historia, y son ellos a quienes les debo todo lo que soy. Me repito que estos días hice lo que pude para asistirlos, pero sé que no fue suficiente.

Me he permitido hablar en primera persona sobre lo ocurrido en Arequipa. Espero se lea en estas líneas, no un caso aislado, sino más bien un llamado en nombre de aquellos que, en condiciones mucho más vulnerables, lo han perdido todo. He querido transmitir, si acaso se puede, la psicología del terror, el enojo, la frustración, la tensión y preocupación que aún persiste en la población. No solo en distritos como Yanahuara, Cayma, Sachaca o Cerro Colorado, sino también en distritos de las provincias de Castilla, Caravelí, Caylloma y Condesuyos.

Rescato, por supuesto, las muestras de solidaridad de diversos sectores; desde personas que fueron a lampear el barro, hasta maquinaria privada, pero hay un límite de acción que difícilmente se supera trabajando aislada o individualmente. Necesitamos un liderazgo claro, unidad, planificación, toma de decisiones basada en ciencia, tecnología y modelos integradores. Estamos hartos del divisionismo, del interés en nuestros problemas solo en época de elecciones, de la indolencia, la incapacidad, incompetencia, negligencia, y toda omisión —diría criminal— que se traduce en pérdidas de vidas humanas.

Necesitamos también despertar. A este país le sucede de todo, pero continúa amansado, agachado y rehén (usted sabe de quién); espero que no esté lejos el día en que nos demos, por fin, la posibilidad de perderle el miedo al statu quo.

Pero qué sé yo de la vida. A veces pienso que soy un egoísta más, alguien que solo quiere que sus papás estén a salvo, que no les vuelva a suceder algo así, y que pueda volver a verlos pronto para abrazarlos todo lo que no pudo en estos días.


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