HABLAR EN CRISTIANO


La necesidad de simplificar los mensajes científicos para el buen entendimiento de las mayorías


“Ahora en cristiano” es una frase que hemos escuchado muchas veces después de una charla académica. A muchos expertos se les olvida la primera regla de la comunicación de la ciencia: dejar de lado las jergas especializadas. Los términos técnicos ayudan a los científicos a comunicarse con sus pares y describir los mundos que están estudiando. Pero fuera de sus disciplinas, los tecnicismos pueden producir el efecto contrario. Estos suelen dificultar la comunicación y construir barreras entre el mundo académico y el no académico. 

En algunas ocasiones los términos científicos son las únicas herramientas que tenemos para describir nuestra realidad. Algunos tecnicismos encuentran su camino fuera de los congresos y publicaciones académicas, y pasan a formar parte de nuestro lenguaje cotidiano. Cuando esto sucede su significado ya no está resguardado por la academia; por el contrario, este se transforma, obteniendo nuevos matices. Un ejemplo es cuando anunciamos que estamos deshidratados, en lugar de solo decir que tenemos sed. O cuando afirmamos que un alimento es químico para referirnos a que es “perjudicial para la salud” (cuando realmente todos los alimentos están compuestos por componentes químicos). Incluso dentro de la propia academia las palabras no significan lo mismo. No es lo mismo tener cálculos que hacer cálculos en clase.

Estas diferencias no son solo curiosidades o confusiones que aparecen cuando uno navega entre disciplinas. Los distintos significados de las palabras nos pueden llevar a malentendidos o errores al usar una palabra que tiene un significado diferente en el lenguaje común. Las comunidades científicas y médicas deben ser conscientes de estas diferencias para evitar ampliar la brecha con la sociedad. 

La pandemia nos ha brindado más ejemplos de los que nos gustaría para recordar cómo el lenguaje terminó añadiendo una barrera más a los intentos de mitigar la crisis. 

Un debate, ahora zanjado, fue sobre si el coronavirus se transmitía por el aire o no. Parte de la discusión se dio en inglés, donde el significado de airbone era diferente entre disciplinas y entre expertos. Para algunos científicos que el virus se mantenga suspendido en el aire no era suficiente evidencia para indicar que esta era una enfermedad que se podía desarrollar a partir de un contagio por ese aire. Otros expertos se centraban en el tamaño de las partículas y hablaban de gotículas, aerosoles y demás conceptos invisibles para el ojo humano. En mi comunidad online me di cuenta de que este debate se estaba interpretando de una manera completamente diferente, y de cierta forma, errónea. Cuando muchos escuchaban que el coronavirus se podía contagiar por el aire, se imaginaban ráfagas de viento cargadas de virus. Ante esta imagen, la protección lógica parecía ser cerrar las ventanas para evitar que el virus entre. Pero esto era todo lo contrario de lo que se debía hacer: lo necesario es abrir las ventanas para ventilar el espacio y desestabilizar estas partículas. Siendo prácticos, más que aprendernos los tamaños de las partículas, los mensajes de la comunidad científica debieron enfocarse en la indicación principal de airear los ambientes. 

Los diferentes significados de las palabras no solo nos pueden llevar a confusión; también nos pueden distorsionar la realidad o reforzar nuestras propias creencias. Una de las últimas excusas del movimiento antivacunas es “no llamar a las vacunas contra el coronavirus vacunas, ya que estas no confieren inmunidad”. Este argumento se basa en que nuestro concepto de inmunidad está asociado a inmortalidad en lugar de a la activación del sistema inmune, que es el objetivo de estas. Además, ignora que ninguna vacuna ni ningún medicamento es 100% efectivo. Entonces, decir que una vacuna no es una vacuna porque la inmunidad que ofrece no es completa, es un capricho de quienes preferirían llamarlas “armas de destrucción mundial”. Al fin y al cabo, sabemos que el nombre es lo de menos. 

En otros casos, el peso del lenguaje juega entre territorios menos delimitados. Por ejemplo, muchos aducen que no se vacunarán o que no usan mascarilla porque la mayoría de los casos de coronavirus son “leves o suaves”, viniendo de la traducción de mild en inglés. Pero suave no significa lo mismo para todos. Por ejemplo, citando a Luis Miguel, suave es la brisa del verano; pero suave para el coronavirus es la presencia de síntomas que no requieren hospitalización. Estos síntomas leves de coronavirus incluyen dificultad para respirar, diarreas, dolor de cuerpo intenso, pérdida del olfato, fiebre y otros malestares que pueden durar entre dos y siete días. Además, suave o leve tampoco significan pasajeros: como sabemos, incluso en pacientes que desarrollaron un coronavirus leve se han visto enfermedades largas o afectaciones posteriores. 

Para cerrar en el lado positivo, es importante rescatar todo lo que hemos aprendido y cómo hemos incorporado de forma adecuada terminología científica que nos ayuda a ser más precisos para describir nuestra nueva realidad. Un ejemplo es el uso y la comprensión del grupo placebo en estudios clínicos. Hace algunos meses, cuando falleció un voluntario de los estudios de la vacuna de Sinopharm, la principal pregunta fue si este paciente había recibido el placebo o la vacuna. Para muchos conocer esta información era necesaria para entender el contexto de la noticia. De la misma manera, en nuestro país no se llegó a instaurar la idea de que las personas vacunadas ya no necesitaban usar mascarilla. El vax or mask de Joe Biden produjo más escepticismo que optimismo, y, hasta el momento, en nuestro país se mantiene la indicación de seguir cuidándose a pesar de estar vacunados. 

Hoy es usual hablar de protocolos de bioseguridad, saber diferenciar entre N95 y mascarillas quirúrgicas, anticuerpos neutralizantes, etc. En esta nueva realidad donde los tecnicismos empiezan a formar parte de nuestras conversaciones, también es necesario que la comunidad científica reflexione sobre sus propios usos del lenguaje. Para muchos, simplificar el lenguaje es traicionar la academia; sin embargo, vemos que cuando la comunicación no es parte de la creación del conocimiento podemos estar agregando capas de complejidad a los problemas que buscamos solucionar. 

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