Tres actos de recurrente tortura en la era de WhatsApp
1.
Me saludas con entusiasmo, pero decides no explicarme lo que quieres. Prefieres que primero diga «hola» de vuelta, que te confirme que estoy ahí. Solo después darás información acerca de lo que deseas pedir u ofrecer, aunque ambas alternativas, en la práctica, exijan exactamente lo mismo: decir «sí» o «no» a lo que me escribas. En contra del sentido común actual —que dicta aprovechar las ventajas asincrónicas de la mensajería instantánea, dejar por escrito lo que uno desea y luego esperar a que el otro, tras leer con calma y sopesar lo solicitado, responda—, tú quieres cogerme desprevenido: apenas te devuelva el saludo, soltarás lo que no quisiste informar por adelantado y por medio de la sorpresa impedirás que me escape, y es que si entonces no respondo de inmediato seré yo quien quede mal, pues hace un segundo estaba presente y ahora he desaparecido. Debí decir «sí» o «no», pero no desaparecer. Aquello fue muy poco profesional. Quizás mejor sería pedir u ofrecerle el favor o la chamba a otra persona, alguien que sí se deje pescar. A riesgo de perder una buena oportunidad, decido demorar y responderte durante la madrugada, asegurarme de que la conversación sea imposible. A la mañana siguiente, despierto con un nuevo mensaje tuyo: «cómo va todo?», me preguntas, resistiéndote a comportarte como un ser humano normal. No vas a decirme lo que quieres a menos que sea en tus términos.
2.
Tu conducta es lo suficientemente aberrante como para que llegue el día en que vas directo a llamarme por teléfono. No tienes la cortesía de primero preguntarme por escrito si yo estaba libre, si me podías llamar, si tenía tiempo para hablar unos minutos. Tu llamada entra en el instante laboral más jodido de mi jornada, o, peor aun, por la noche, justo cuando acabo de terminar los pendientes y le he puesto play a una película, ritual de cuidado y afecto junto a mi novia que no tiene mayor importancia para tu falta de escrúpulos. Dejo que los timbrazos acaben porque sé perfectamente que no se trata de ninguna emergencia. Tu cabeza retorcida te ha convencido de que llamar es más rápido y práctico que escribir. Cuando tu intento se agota, escribes un mensaje: «Te llamé. Avísame cuando puedas hablar». Quisiera escribirte «Nunca. Jamás voy a poder ni querer hablar por teléfono contigo». Me controlo. Mucho rato después, te escribo: «Cuéntame». Desde el otro lado, tú vives tu propio cortocircuito y respondes: «Te llamo».
3.
A pesar de que consigo neutralizar todos tus esfuerzos para tenerme al teléfono, permaneces incapaz de explicar por escrito en qué consiste aquello de lo que me quieres hablar. Ahora, propones una videollamada. Yo acepto y te ofrezco un día y una hora. Entonces eres tú quien deja de responder. Cuando el día de mi propuesta llega, me escribes para preguntarme si yo te pasaré el enlace para nuestra reunión. Te comunico que yo ya no estoy disponible. Estás confundido: ¿acaso no dije que estaba libre ese día a esa hora? Sí, lo estaba, te explico, pero como no respondiste llené mi agenda con otros asuntos. Dices que comprendes y pides reprogramar. Lo más rápido y práctico sería que me propongas una alternativa o dos, pero tú pareces acostumbrado a que cada interacción dure más de lo necesario, así que me preguntas cuándo estoy libre yo. Te doy dos alternativas pero ninguna te funciona y luego no respondes cuando te pregunto qué día puedes tú. Cerca de una semana después, me escribes: «podrías hoy a las 3?». Te digo que no y tú te enfadas —«Bien difícil es coordinar contigo, no?»—, a casi dos semanas de tu primer mensaje, sin que yo todavía sepa qué carajo quieres.
¡No desenchufes la licuadora! Suscríbete y ayúdanos a seguir haciendo Jugo.pe
<div id="buzzsprout-player-19221210"></div><script src="https://www.buzzsprout.com/1589902/episodes/19221210-giacomo-roncagliolo-no-soy-yo-eres-tu.js?container_id=buzzsprout-player-19221210&player=small" type="text/javascript" charset="utf-8"></script>