Escribir a mano


Apuntes, con lapicero, sobre la dimensión más inmediata de la escritura


Escribo a mano porque ya no me queda de otra. Los paseos a perros en Madrid me sacan de mi casa temprano y no me devuelven por completo hasta la medianoche. Un hueco en el medio para regresar y almorzar en treinta minutos. Otro para sacar a caminar a Milo, mi perro. Los paseos rinden bien y pocas cosas se comparan a que te paguen por compartir tu tiempo con animales, pero la oportunidad de prender la computadora y dedicar un par de horas a escribir tecleando prácticamente ha desaparecido. La pienso como una situación temporal e incierta —cuánto durará, no lo tengo claro—, pero no por eso quiero dejar de escribir. Así que he vuelto al lapicero y, entre un paseo y el siguiente, a veces en una biblioteca de barrio, a veces en una estación de metro, saco mi cuadernito y avanzo.

Esta no es la primera vez que escribo a mano. No hablo de la época del colegio, ni de las tarjetas de cumpleaños que uno rellena, ni de las anotaciones que tomamos al llevar algún curso. Me da pudor —asco, mejor dicho— expresarlo así, pero creo que el sintagma que más sencillamente explica a qué me refiero es escribir en serio.

Se tiene el consenso de que aquella escritura se realiza desde un procesador de texto (Microsoft Word, Google Docs, etc.). Quienes resisten con el lapicero y la hoja son ridículos. Quienes usan todavía una máquina de escribir son necios y pesados (o, peor, unos poseros). Quienes lo hacen con el celular, se pasaron cuatro paraderos. El consenso dicta que el procesador de textos es la herramienta óptima para quien escribe.

Esta no es la primera vez que escribo a mano (y en serio). Y aunque hoy sea una circunstancia estrictamente práctica la que me distancia del Word, antes han sido sus propias ventajas las que me llevaron, por temporadas, a alejarme.

Los procesadores de texto me parecen cada vez más las herramientas perfectas para quien sabe lo que quiere decir y está en búsqueda de la mejor forma de hacerlo, pero no para quien busca lo inesperado. La facilidad de borrar, reescribir, corregir y mover las palabras, la pulcritud que invita a continuamente releer, las barritas de buen wifi que llaman a investigar cualquier cosa que no se sepa, son convenientes para quien busca el acabado final —o alguna versión de texto que se le parezca—, pero se sienten como obstáculos si estamos interesados en el movimiento interno que sucede apenas uno comienza a aterrizar, por escrito, ideas, historias y personajes. Casi todo en Word es la interrupción de ese movimiento (tal es así que existe, dentro del mismo programa, el Modo Enfoque, que desaparece de la vista la mayoría de botones).

Word y la computadora son tecnologías que sirven perfectamente a muchos procesos, pero su utilidad —la simplificación (o desaparición) de una serie de pasos que hoy queremos pensar innecesarios— se orienta hacia un horizonte de productividad que contradice lo que algunos todavía buscamos en el proceso creativo. ¿Qué tipo de escritura se configura a través de esa tecnología? ¿Cuáles implicaciones tiene para el lugar y el espacio que reservamos para escribir? ¿Qué bloqueos y dificultades dispara?

Al decir que fueron las propias ventajas del programa las que me llevaron a alejarme, hablo justamente de eso. Escribir a mano siempre me ha servido como método para liberarme del mandato de eficiencia que Word extiende por debajo de ti cuando lo usas. Escribir sin releer, por ejemplo (porque mi letra es terrible). Escribir sin saber cuál es la siguiente palabra que voy a hacer aparecer y más bien concentrarme en que lo haga de la manera más legible posible, con las letras redondeadas. Reaccionar después de varias líneas de escritura veloz en las que perseguí —y, con suerte, capturé— una idea que amenazaba con ser más rápida que mi mano. Contemplar la hoja escrita, apreciar su desorden, sus tachones, los márgenes oscilantes, el deterioro progresivo de mi caligrafía, la nueva textura del papel, que a ratos casi se rompió por la fuerza con la que apreté el lapicero.

Si uno busca conseguir cuanto antes una pieza que se pueda mostrar o publicar, un procesador de texto es lo que necesita. Pero si el objetivo es la acción misma de escribir, ¿hay acaso algo más natural que un proceso que complica y complejiza esa acción?

Hay un conjunto de inconvenientes si uno quiere trasladar esos garabatos a un formato publicable [los experimento en este instante, mientras transcribo, reescribo y corrijo este artículo], pero todos pertenecen a una dimensión futura —distinta a la de la más inmediata escritura— por la que nadie tendría que sentir demasiada urgencia.

Escribir a mano, a máquina, en celular o con cualquier otra tecnología poco conveniente puede ser también una forma de escribir en serio. Quizás incluso la mejor.

Llegué a esto antes, por una especie de intuición, desesperado por desatorarme. Pero los mandatos extraescriturales me devolvieron a la pantalla, al tecleo rápido, a la precisión del mouse, a los atajos: cmd + z, cmd + c, cmd + x, cmd + v.

Ahora escribo a mano porque ya no me queda de otra.


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