La vida en común que está desapareciendo de nuestras viviendas

Fabiola Arce es politóloga, especializada en gobernanza multinivel, participación ciudadana y resolución de conflictos, con trayectoria en desarrollo urbano y social. Fue oficial de enlace en Perú de ONU-Hábitat y Directora de la Junta Directiva Internacional de Amnistía Internacional (2017–2023), con experiencia en sector público, privado y sociedad civil. Actualmente es Gerenta General de Ruta Colectiva.
¿Cuántas veces en los últimos días hemos visto la famosa “casita” de Bad Bunny como parte de la escenografía de sus multitudinarios conciertos? ¿Cuántas veces, al notarla, hemos reconocido una casita que también podría ser la nuestra o la de algún vecino del barrio?
Esa casita se encuentra marcada con el sabor latino y también resuena en el Perú: la puerta abierta hacia la calle, el niño durmiendo en la silla, la vida ocurriendo sin pedir permiso. Y, sin embargo, hay algo preocupante en todo esto: nos la están quitando.
Ese espacio, tan nuestro que lo compartimos sin pensarlo, tan nuestro que allí caben nuestras más bonitas formas de encuentro, parece cada vez más difícil de encontrar en las ciudades que habitamos hoy. ¿Se diseña aún esa casita? ¿Se piensa en ella cuando se proyectan nuevas viviendas o se pretende mejorar las que ya existen?
Nuestras ciudades crecen, y nuestras casitas se van tornando a veces en depitas en edificios, y solo a veces nos cabe allí la vida. En las salas que hoy nos ofrecen las inmobiliarias ya no cabe el baile, ni el árbol de Navidad. Ya no caben nuestras formas más bonitas de encuentro, porque ahora por ellas debemos pagar extra. Pagamos para usar una azotea donde quepan nuestros amigos. Pagamos para usar una mesa donde quepa nuestro trabajo. Pagamos para entrar a un jardín donde quepan nuestras sillas y nuestras historias.
Nos están quitando la casita, sus espacios, y con ella nos están quitando la comunidad que hacía posible. No termino de explicarme si este resultado es el objetivo explícito de las inmobiliarias o de los programas del Estado. Como consultora en temas urbanos, estoy convencida de que el potencial inmobiliario puede —si así lo decide— impulsar una mejor ciudad. Pero no puedo dejar de preguntarme por qué veo cada vez más anuncios de viviendas que parecen pensadas para el alquiler temporal antes que para la vida familiar: más anuncios pensados para Airbnb que para comedores donde quepan mesas que sostengan nuestras conversaciones.
Las vidas familiares, las de sangre y las elegidas, no caben en un departamento de turisteo; el perol de la abuela no puede usarse en un kitchenette; los sobrinos no pueden tomar sol en un balcón de 45 centímetros.
Nos están intentando vender casitas sin baile, casitas sin amigos, casitas sin amor. Y, en el proceso, nos quitan la posibilidad de tejer desde casa nuestra red cotidiana de afectos; nos quitan la posibilidad de pertenecer a una comunidad a la que podamos invitar a tomar un café o un ron sin tener que reservar, con una semana de anticipación y dejando una garantía, uno de los espacios comunes del propio edificio.
Miles de nuestras familias construyeron y construyen nuestras casitas y nuestros barrios a pulso. Durante décadas, nuestras viviendas se levantaron progresivamente, guiadas por el conocimiento práctico de los maestros de obra, por las decisiones de nuestras madres sobre dónde abrir una ventana o levantar una pared, por la posibilidad concreta de imaginar un futuro que se construye junto con la casa.
Muchas de las llamadas “familias jóvenes”, como nos nombran los programas inmobiliarios, buscamos hoy otros tipos de vivienda: viviendas que quizás sean más seguras, que estén más cerca a nuestros trabajos, que podamos pagar sin caer en la quiebra. Y ese es nuestro derecho.
Pero ni la oferta ni el financiamiento están haciendo justicia a ese derecho. No están haciendo justicia a nuestra historia. No están haciendo justicia a nuestra cultura ni a nuestras formas de habitar.
¿Cómo va a caber el baile, si no podemos ni sostener una guitarra sin chocar con el estante? Las constructoras, ¿para quién están construyendo? ¿Para cenas en familia o, en cambio, para que la abuelita se vaya?
Nuestro país tiene un importante déficit habitacional y una crisis de falta de asistencia técnica en los procesos de construcción progresiva que constituyen la inmensa mayoría de nuestras historias. De acuerdo con Álvaro Espinoza(Estudio de GRADE y ADI, 2025), 7 de cada 10 viviendas en el área urbana nacional son autoconstruidas y, de acuerdo con el INEI, en el año 2024, en el área de residencia urbana, 2,6 % de los hogares presentaban déficit cuantitativo de vivienda, y el 6,8 % de hogares de esta misma área presentaban déficit habitacional cualitativo (INEI, 2025: 123-125). Permítanme asumir que, con evaluaciones en profundidad a nivel de suelo, infraestructura, seguridad y hacinamiento —tanto humano como funcional— esos últimos porcentajes se dispararían hacia arriba.
Estas cifras revelan no solo una carencia material, sino una desconexión entre la forma en que se construye ciudad y la forma en que vivimos.
Necesitamos casas seguras en las que no solo podamos vivir, sino en las que queramos vivir con calidad. Mientras las inmobiliarias diseñan espacios “multifuncionales” que, en la práctica, reducen las posibilidades reales de uso, y los venden a precios difíciles de financiar para millones de familias —sin que las entidades financieras atiendan aún la magnitud de lo que esto implica—, los traficantes de terrenos negocian con nuestros sueños y los maestros de obra siguen sosteniendo, en soledad, la responsabilidad estructural de nuestras viviendas.
¿Cuándo las inmobiliarias y quienes lideran la política pública de vivienda en el país van a interesarse genuinamente por conocer a las familias que constituyen su demanda real? ¿Cuándo van a legislar y construir pensando en el niño que duerme en la silla y en la abuelita que quiere amar lo más que pueda?
Porque la casita no es solo un objeto. Es una infraestructura social.
Es el lugar donde aprendemos a vivir con otros. Donde construimos comunidad. Donde hacemos posible la vida compartida.
Que no nos quiten la casita.
Que no nos quiten la posibilidad de sentarnos a conversar, de invitar a alguien a pasar, de dejar el café listo para quien llegue.
Que no nos quiten la posibilidad de vivir juntos.
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