Kamala Harris y los mapas agotados de la literatura peruana
Quien haya pasado tiempo viendo reels en los últimos meses seguramente se habrá topado con el programa Subway Takes, en el que el comediante Kareem Rahma realiza entrevistas a celebridades, iniciándolas siempre con la misma pregunta: «¿Cuál es tu take?». En otras palabras, cuál es esa opinión o postura controversial y muy firme que tienes acerca de algún tema; el que sea.
El programa, que se filma en vagones de trenes subterráneos de Nueva York, Berlín, Londres y otras grandes ciudades, genera la sensación de que muchas estrellas de Hollywood —y otros personajes de notoriedad— conservan la humanidad y la humildad suficientes para viajar en transporte público, mezclarse con el ciudadano promedio y conversar acaloradamente sobre temas absurdos, tontos, ligeros, chistosos.
Aunque la gran mayoría lo consigue sin problema, no a todos se les hace tan fácil encajar.
En una entrevista reciente, Kareem cuenta lo que sucedió con el capítulo —nunca emitido— que grabó junto a la entonces candidata presidencial Kamala Harris. Días antes de la filmación, Harris le propuso a Kareem su take: «No me gusta quitarme los zapatos cuando viajo en avión». A Kareem le pareció una idea divertida que él refutaría y alrededor de la cual podrían discutir y pasarlo bien. Pero a última hora el equipo de Harris le informó a Kareem que habían cambiado aquel take por el siguiente: «el tocino es una especia». El comediante trató de convencer a Harris de que aquello era confuso, extraño, poco divertido, y que el take original era muchísimo mejor. Harris y su equipo no cedieron. El capítulo se grabó. El equipo de Harris entendió que la conversación no había funcionado. Pidió que la entrevista no se emitiera. Fin de la aventura.
De acuerdo a Kareem, el error de Harris fue intentar prediseñar lo que debió haber sido espontáneo, honesto, estúpido: parchó la idea propia de una persona acostumbrada a trasladarse en aviones —es decir: la idea de una persona de dinero— con una idea fabricada por grupos de investigación cuyo trabajo es anticipar cuál es el take que apelará a la clase trabajadora gringa.
Pareciera ser un signo de nuestra época. El ajuste, el acomodo, la corrección que nos ayude a generar un discurso adecuado, limpio, curado.
La anécdota con Kamala Harris me hizo recordar el comentario hecho por Marco Avilés al momento de presentar en Facebook su valioso artículo ¡Lima, El Alto, Wallmapu! Una nueva ruta cultural para el continente:
«El ensayo cae a pelo —dice Avilés— justo cuando varias personas comentan que el programa de Iván Thays y Luis Hernán Castañeda “parece un club de Toby”. Y se refieren a cómo ambos críticos abordan la literatura en su pódcast. Otras personas incluso afirman que una posible solución a ese enfoque (extremamente sesgado en la novela publicada por varones, y en especial dentro de una sensibilidad criolla, capitalina, nacional, “cosmopolita”) sería la inclusión.
No creo que la solución pase por allí porque la inclusión solita no cambia nada profundo; solo da color, y muchas veces termina usándose como marketing y un signo de paternalismo: “mira, estoy incluyendo, soy una buena persona”. Tampoco creo que haya que solucionar nada porque el programa de Iván y Luis Hernán expresa una forma conocida de ver la literatura, una sensibilidad honesta en tanto es una sensibilidad criolla y centralista. Quizá de allí deriva esa resistencia militante a leer con avidez las “otras” literaturas que se producen en el Perú y el continente. Ese no-querer-leer tiene raíces profundas, y no es algo de solución fácil o inmediata».
Podríamos pensar en esos mismos términos aquello que el equipo de Kamala Harris intentó hacer: arreglar el problema de raíces profundas con un parche discursivo, diseñado desde la mercadotecnia y no a partir de una toma real de conciencia.
El ajuste, lejos de reflejar lo que ella y su equipo querían, fue síntoma del desajuste inicial (frecuente más allá de la figura de Harris): ¿qué tipo de vínculo o identificación puede establecer una persona que pasa tanto tiempo en aviones con ese ciudadano estadounidense que depende del transporte público, el tráfico y las complejidades de movilizarse como una persona común y corriente?
Ahora, regreso a lo que señala Marco Avilés.
Más allá del programa de Luis Hernán Castañeda e Iván Thays, la discusión sobre literatura peruana que en estas últimas semanas se mantiene activa en redes sociales pareciera estar organizándose a partir de esos parches, ajustes y correcciones, muy al estilo de las voces que en tiempos electorales intentan lucir una sensibilidad social cuando, en el fondo, ellas mismas encarnan la propia imposibilidad de cambio.
Si faltaron mujeres, aquí tienes algunas.
Si faltaron autores que no sean de Lima, por aquí tengo otros.
No digas que no hago el esfuerzo, porque aquí me ves.
Mientras tanto, las preguntas de fondo —los desajustes iniciales— en realidad son otros:
¿Dónde está el cuestionamiento propio acerca del espacio que estas voces ocupan? ¿La reflexión acerca del lugar en el que se sitúan y desde el cual miran lo que ocurre? ¿La apertura honesta y humilde a que otros puedan mostrarles aquello que no ven? ¿El trabajo que uno esperaría que hagan sobre sí mismas, a fin de afilar sus miradas?
¿De qué sirve que estas voces suelten balances y diagnósticos sobre el estado actual de la literatura peruana si son incapaces de poner en duda el relato que se contaron entre ellas, una y otra vez, acerca de qué cosa era tal mapa literario nacional?
No hace falta parchar, ni incluir, ni ajustar. Mejor sería admitir que una nueva marea les —nos— viene pasando por el costado, que no estamos sabiendo reaccionar a tiempo, que aquello será lamentable para todos.
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