Las elecciones peruanas nos recuerdan que la desconfianza siempre estuvo ahí
Se han necesitado dos intensas semanas para comenzar a tener certeza sobre el resultado de la primera vuelta y saber quiénes se disputarán el 7 de junio la presidencia peruana. La tremenda fragmentación con más de treinta candidatos y la dificultad de los electores para decidir entre opciones que no los convencían del todo llevó a que la distancia entre el primer puesto de Keiko Fujimori el y segundo lugar fuese muy corta. Solo unos 23.000 votos separan hoy a Roberto Sánchez de Rafael López Aliaga, con el recuento en un 95.5 % y poco más de cuatro mil actas que se siguen revisando en el Jurado Electoral Especial.
Los problemas con la elección comenzaron el mismo domingo 12 de abril, con la lenta instalación de mesas de votación en Lima por la demora en la entrega del material electoral. Desde un inicio, López Aliaga y toda la maquinaria de su partido acusaron a la ONPE de perpetrar un fraude al impedir que sus votantes pudiesen sufragar. El plazo para la apertura de las mesas se amplió y, de manera extraordinaria, el Jurado Nacional de Elecciones hizo posible que se votara el lunes 13 en las mesas que faltaban.
El mismo domingo 12 en la noche la encuestadora DATUM hizo pública su predicción de boca de urna, a pesar de que aún se iba a votar al día siguiente, a diferencia del conteo rápido que hizo IPSOS para la Asociación Civil Transparencia, que no se difundió hasta el lunes cuando todas las mesas estuvieron cerradas. Ambas encuestadoras tuvieron resultados muy diferentes y, si bien en ambos casos el segundo lugar estaba muy reñido, en la noche del domingo DATUM presentó a López Aliaga como el candidato que pasaría a segunda vuelta, mientras que el lunes IPSOS puso en ese lugar a Roberto Sánchez.
La situación se puso cada vez más tensa, con los seguidores del exalcalde asumiendo que se estaba cometiendo un fraude y que se había impedido sufragar de manera deliberada a sus votantes. Al pasar de los días y del lento avance del conteo de actas, el panorama que inicialmente había favorecido a López Aliaga —porque las primeras actas que se ingresan son las de Lima— fue dándole la ventaja a Sánchez. Ya para el fin de semana, los seguidores de López Aliaga pedían la cabeza del jefe de la ONPE, Piero Corvetto.
Entonces, se llegó a la estridencia. López Aliaga lo amenazó con sodomía y muerte, llamó a la insurgencia y planteó a la posibilidad de hacer elecciones complementarias en Lima. Ante el amedrentamiento sostenido el martes 21 de abril, el jefe de la ONPE presentó su renuncia ante la Junta Nacional de Justicia, a pesar de que según la ley electoral no podía hacerlo en medio del proceso. A pesar de ello, su renuncia fue aceptada en menos de hora y media. Finalmente, la ultraderecha tenía lo que pedía, pero esto no le fue suficiente y el los ataques contra Corvetto se han extendido a un allanamiento y si no ha terminado preso es porque el juez del caso consideró que eso era un exceso.
Mientras esto sucedía, los pedidos para que se volviera a votar en Lima no cejaron hasta que el miércoles 22 de abril el Jurado Nacional de Elecciones se reunió a discutir la posibilidad. Al no llegar al consenso, se desestimó la propuesta y el viernes 24 se zanjó definitivamente el tema: a pesar de que los resultados no le gustan a algunos, el proceso seguirá su curso. Los pocos votos que quedan por contabilizar no cambiarán la tendencia y, si bien no se han proclamado los resultados finales, ya pronto comenzará la campaña para la segunda vuelta, que promete ser tan incendiaria como la de la primera.
¿Pero es nuevo esto de rechazar resultados que no son favorables y de desconfiar en las instituciones? Lo sucedido en este par de semanas me ha recordado una práctica electoral que se desarrolló en el Perú del siglo XIX. En aquella época, las mesas de votación se instalaban en las plazas y lo que hacían los candidatos para asegurarse la elección era poner a hombres armados a cuidarlas y asegurarse de que solo votaran quienes los favorecían. Quienes se oponían sabían que no podían competir, así que montaban mesas paralelas de sufragio en otra plaza, a veces se armaban dos, o tres, o incluso cuatro. Luego era el Congreso quien tenía que decidir cuál de esas mesas se iba a considerar la legitima. A esto se le llamó el sistema de dualidades y fue una extraña manera de que las elecciones siguieran siendo medianamente competitivas.
Las elecciones tienen varios componentes, y uno de ellos es el de emitir el voto. Tan importante como votar es cómo se cuenta ese sufragio y, sobre todo, la confianza que se tiene en el proceso mismo y, por ende, en los resultados. La campaña por desprestigiar a las autoridades electorales es una manera de desvirtuar el proceso mismo. La idea de que si no se ha ganado solo puede ser por manipulación o trampa es muy peligrosa, tanto como pensar que si se repiten las elecciones en solo una parte del país, se podrá ganar.
Las elecciones peruanas han mostrado muy claramente que el 75 % de los peruanos no queremos una segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, pero los votos que ellos han obtenido han sido suficientes para que esa sea la opción y, no importa cuán difícil de entender le sea esto a López Aliaga, esa es la realidad.
El daño a la credibilidad de las instituciones electorales ya se ha hecho y nos encaminamos a una segunda vuelta particularmente disputada.
Veremos cómo llegamos a junio en este siglo.
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