Ya que el Congreso cambió la Constitución, debemos cambiar nuestro objetivo electoral
El reciente cambio de presidente en Perú nos lleva a preguntarnos si realmente sigue importando quién ocupa el sillón presidencial en nuestro país, o si las cosas ya han llegado a tal punto que lo que alguna vez fue un sistema híbrido se ha convertido de facto en un extraño sistema parlamentario. El actual presidente, José María Balcázar, fue elegido por sus compañeros del Congreso con 64 votos, venciendo a una rival que solo obtuvo 46. Dado que el voto fue secreto, no se sabe exactamente quiénes apoyaron al representante de Perú Libre, el partido, supuestamente de izquierda que llevó a Pedro Castillo a la presidencia en el 2021. Pero debió tener votos de la derecha, pues sin ellos los números no calzan.
Este abogado de 84 años fue elegido con un poco más de 6.000 votos preferenciales por la región de Lambayeque y llegó a su curul gracias a la extraña lógica de la cifra repartidora. Hasta el martes 17 de febrero solo se le conocía por tener varios procesos judiciales abiertos, incluyendo una posible apropiación de fondos del colegio de abogados de su región, pero, sobre todo, por sus declaraciones absolutamente inaceptables que normalizan las relaciones sexuales entre alumnos y maestros, asegurando que era normal que los niños de catorce años las tuvieran entre ellos y con sus mayores, y que tener sexo hacía que las niñas se desarrollaran mejor. Y, como si esto fuese poco, normalizaba el matrimonio infantil. Aunque hoy asegura que sus declaraciones fueron sacadas de contexto, hace dos días las volvió a hacer.
Una de las cosas que Balcázar ha prometido hacer es darle un indulto al expresidente Pedro Castillo, y algunos creen que podría liberarlo, y también otorgarle una gracia presidencial al prófugo Vladimir Cerrón con la intención de favorecer a su partido político. Hoy por hoy, eso parece ser parte de alguna fantasía, porque queda claro que el señor Balcázar funge de presidente porque así lo quiere el Congreso, ya que con convocar a un pleno y votar por quitarle la confianza sería suficiente para sacarlo del cargo. En el Perú de hoy tal es lo único que se necesita para cambiar de presidente.
Pero los sistemas parlamentarios son distintos. En el británico, llamado el de Westminster y exportado alrededor del globo, todos los ministros deben ser parlamentarios, y el premier es un primus inter pares, “primero entre iguales” en latín. El monarca invita al líder del partido con la mayor bancada a formar un gobierno. Los electores deciden entonces qué partido debe dominar el gobierno votando por sus representantes, y quien logre más escaños es quien gobierna. Pero luego es dentro del partido mismo, por medio de elecciones internas, que se decide quién será el líder y, por ende, el premier.
Es por ello que cuando hay crisis de gobierno en el Reino Unido, el golpe se puede dar de manera interna cuando los miembros de un partido dejan de tener confianza en su líder y en ese momento eligen a alguien que lo reemplace. Esto fue lo que le pasó a Margaret Thatcher en 1990, que fue derrocada por una revuelta dentro del Partido Conservador. O puede venir de una censura de todo el parlamento, que puede decidir deshacerse del jefe de gobierno en votaciones parlamentarias. Este fue el caso de Teresa May, que si bien pudo sobrevivir a dos mociones de censura y logró ser elegida con un mínimo de votos, en 2019 renunció al cargo tras perder una importante elección con respecto al Brexit.
Esto es muy diferente a lo que vemos en el Congreso peruano, que, a diferencia del británico, tiene una representación muy pequeña. Aquí tenemos solo 130 congresistas, mientras que en el Reino Unido son 650. Las elecciones allá no se ganan con poco más de 60 votos y usualmente se gobierna con mayorías importantes. De momento, por ejemplo, hay 404 miembros del parlamento pertenecientes al Partido Laborista, 116 conservadores y 72 liberales demócratas. El sistema requiere de un balance que no existe en el actual Congreso peruano y es por ello que si pensamos en un sistema parlamentario debemos tener en cuenta que los legislativos pueden variar mucho en su composición.
Pero sin haberlo buscado de manera consciente, sin tener un apoyo por parte de la población con un referéndum o alguna forma de consulta popular, este parlamento ha reinterpretado la Constitución y la ha cambiado de tal manera que, de facto, los legisladores tienen todo el poder. El sistema de freno y contrapesos diseñado a fines del siglo XVIII y reformulado a lo largo del último par de siglos ha ido evolucionando de maneras diversas alrededor del mundo y lo que ha ocurrido en el Perú es un tremendo debilitamiento de estas estructuras democráticas.
El constitucionalista argentino Roberto Gargarella ha descrito este proceso como el de un traje que con el tiempo nos ha ido quedando chico. Gargarella hace la analogía con el traje de un niño: la Constitución se confeccionó para una sociedad más pequeña, con grupos más homogéneos, con una porción importante de personas excluidas de la representación, y ahora que somos millones, organizados en sociedades multiculturales y heterogéneas, el traje nos queda chico y por eso debe cambiar, a su juicio, para hacerlo más democrático.
Lo que vemos en el Perú en este momento es que los legisladores han hecho y siguen haciendo toda clase de modificaciones a ese traje constitucional, pero no para lograr una sociedad más democrática o para que exitista mejor representación, sino todo lo contrario. Así, por ejemplo, el Tribunal Constitucional que ellos eligieron ha logrado desdibujar de tal forma la figura del presidente que este ya prácticamente no existe, o, lo que es peor, no importa.
En solo siete semanas elegiremos al próximo parlamento, que gobernará por cinco años. Dado el contexto, parece mucho más importante pensar a quién llevaremos al Senado y a la cámara de diputados que a quién elegiremos como próximo presidente descartable.
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