Dostoievski, la manada y la culpa


Cuando una novela rusa sirve para asimilar un crimen peruano 


Fue un golpe ciego a la boca del estómago. De esos que no se ven venir porque uno ya está demasiado ocupado protegiéndose la cara en el ring cotidiano de este país. Mientras sobrevivimos a todo, como las cucarachas, nos embistió la noticia: una manada de colegiales sometió y abusó de otro chico con un palo de escoba al volver de un partido de fútbol. He visto en estos días la cartografía entera de la rabia: gente que se quiebra de pura impotencia, otros que apartan los ojos para no pudrirse el alma, y quienes aprietan los puños buscando con desesperación a quién devolverle el impacto. “La rabia es un desarreglo del mundo”, escribió Vargas Llosa, que estudió en un colegio militar. 

El golpe ha tenido mil formas, pero la herida es una sola y es de todos.

Entonces, maldita sea, pensaba en un sinfín de castigos posibles para los agresores. Me asusté de mí mismo al descubrir que en la imaginación engendraba niveles de crueldad inconfesables, pero enseguida caía en la frustración de saber que, en mis versiones más contenidas, ningún castigo real era posible con la ley en la mano: los autores de la atrocidad son menores de edad. Lo siento, no me alcanza la bondad en estos días para pensar también en el dolor de sus familias. Como no creo en la Biblia como palabra divina, sino como un compendio de relatos humanos, jamás seré de quienes reciben el golpe y ponen la otra mejilla. Mi instinto exige venganza, no resignación. Hoy escribo desde un pozo negro, con el estómago revuelto y el pulso animal.

Hay delitos para los que no existe una jaula lo bastante oscura ni aterradora. Le he dado vueltas al tema durante días hasta quedar exhausto. Necesito ponerlo por escrito para quitármelo de encima, para poder pasar la página y voltear la cara hacia otro lado —hacia un parque repleto de niños correteando, una ventana con el cartel de se alquila, este cielo sin color—, con una dosis de cinismo que me permita seguir con mi vida normal. Y es justamente en esa normalidad donde radica mi libertad. Puedo vivir conmigo mismo, aguantarme hasta donde me plazca, ser bueno con su poquillo de malo, como diría Vallejo. Ellos no. Esa manada, nunca más.

He pensado mucho en esto, les confesaba. Luego de acusar el golpe, en esa cueva oscura que puede llegar a ser mi imaginación, creí ver una luz. La respuesta estaba, pensé, en Crimen y castigo, esa novela que Fiódor Dostoievski escribió hace ciento sesenta años. Al segundo me pareció un desenfoque ridículo: el mundo se cae a pedazos y yo pretendiendo encontrar respuestas en la literatura. Mala mía, me dije, y me sumé en silencio a la turba con palos de antorchas. Pero han pasado los días y Dostoievski vuelve a imponerse, terco, no como consuelo, sino como espejo de esta podredumbre. Qué poco hemos cambiado los seres humanos desde entonces: la culpa y la redención, el resentimiento y la piedad siguen conviviendo en nosotros con la misma brutalidad.

En la novela, Raskólnikov es un jovenzuelo de veintipocos que abandonó el Derecho asfixiado por la miseria. Un tipo brillante, aunque soberbio, que decidió dividir a la humanidad entre seres ordinarios, ese rebaño que agacha la cabeza y obedece la ley, y extraordinarios, aquellos que se creen con el derecho de pasar por encima de cualquier norma si el fin lo justifica. Convencido de su propia excepción, un día sube unas escaleras, toca la puerta de una vieja usurera y, a los pocos minutos, le revienta la cabeza de un hachazo. Era una anciana despreciable que, según su teoría, merecía morir. No contaba, sin embargo, con que la hermana inocente estaba en la habitación de al lado. Raskólnikov no dudó en liquidarla con el mismo filo.

Les cuento todo esto no porque crea que todos los crímenes son iguales —un personaje de ficción jamás alcanzará la bajeza cobarde de una manada real—, y menos porque me sume a la teoría de Rodya —como lo llaman sus amigos en San Petersburgo— y pretenda ejecutar como ganado a los agresores, sino porque Dostoievski dio en el blanco con la verdadera naturaleza del castigo. Porque luego de ese crimen, la novela se vuelve un thriller psicológico en el que el protagonista no es capaz de cargar con la culpa y nos lleva arrastrados del cuello hacia el verdadero patíbulo: el infierno de la conciencia. Cuando la sangre se enfría, el criminal descubre que se ha quedado solito con su propia inmundicia.

¿Serán capaces estos chicos de retorcerse ante su conciencia? ¿Llegarán algún día a despreciarse a sí mismos? ¿O es una ingenuidad esperar que la culpa muerda con más ferocidad que los muros de un centro juvenil?

Raskólnikov se pudre por dentro porque descubre que no era un hombre extraordinario, por encima del bien y del mal, sino apenas un despojo que ya no puede sostenerle la mirada ni a su propia sombra. La culpa dostoievskiana no es un remordimiento blando ni una piedad de catecismo: es fiebre, es delirio, es una náusea física que lo amputa del resto de la especie humana. ¿Habrá en estos colegiales la suficiente humanidad como para no tolerar su propio reflejo? ¿Estarán arrepentidos de ser quienes son? El castigo de Raskólnikov, en todo caso, nunca estuvo en los grilletes ni en el destierro helado a Siberia. Es posible que la verdad esté en los libros: el castigo real revienta en el segundo en que el culpable comprende que ya no cabe, jamás, en el mundo de la gente.


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