Cuando se es minoría, los derechos no se heredan: se conquistan
Cada junio, miles de personas en todo el mundo salen a las calles para celebrar el orgullo LGBTIQ+. Se pintan los rostros, ondean banderas multicolores, corean consignas y marchan por la libertad de amar y de vivir sin miedo. Pero cada año también es una oportunidad para recordar el origen de esta celebración. ¿Por qué junio? ¿Qué historia sostiene este ritual colectivo que, para muchos, se ha vuelto indispensable?
La respuesta nos transporta hasta la madrugada del 28 de junio de 1969, cuando la policía de Nueva York irrumpió violentamente en el Stonewall Inn, un bar del barrio de Greenwich Village frecuentado por personas queer,drag queens y mujeres trans. En aquella época, ser homosexual no solo era mal visto: era ilegal. Las redadas eran rutinarias, humillantes, brutales. Pero esa noche fue distinta. Esa vez, quienes estaban en el bar dijeron basta.
La resistencia se desató espontáneamente y, durante varios días, las calles se convirtieron en escenario de una rebelión sin precedentes. Por primera vez, la comunidad LGBTIQ+ se alzó públicamente para exigir sus derechos sin disculparse, sin esconderse. Un año después, en junio de 1970, se realizó la primera Marcha del Orgullo en Nueva York conmemorando aquella lucha que fue ardua y valiente, y luego la misma celebración se fue extendiendo a otros países.
Lima no es la excepción. Mientras ustedes leen estas líneas, cientos de personas se preparan para la Marcha del Orgullo 2025, que se realiza hoy sábado 28 de junio. Asistirán, como siempre, jóvenes, no tan jóvenes, familias completas y niños. Acudirán con entusiasmo, con pancartas, ataviados de colores y brillo. Pero hay algo que ya no es como antes. Algo se ha enfriado. Basta caminar por la ciudad para notarlo: ya no hay logos corporativos con los colores del arcoíris, ni vitrinas con mensajes de inclusión. Las empresas, que hace apenas unos años aprovechaban junio para “alinearse” con la causa, hoy parecen haber optado por el silencio. Lo que antes era una oportunidad para mostrarse comprometidas con los derechos humanos, ahora es percibido como un riesgo de imagen. ¿En qué momento la comunidad LGBTIQ+ dejó de ser “rentable” para las grandes marcas? ¿En qué momento dejó de ser útil su inclusión?
Este retroceso no es casual. Responde a una ola conservadora global que asume nombres y apellidos como los de Donald Trump y de otros líderes que lo imitan. Desde esa narrativa, ser gay no es una expresión legítima de identidad, sino una aberración importada, una supuesta “moda” impuesta por una ideología “woke” que debe ser erradicada. Y ese discurso ha calado. Tanto, que hoy muchas empresas prefieren evitar el tema para no convertirse en blanco de ataques en redes sociales, alentados por figuras como Elon Musk y sus seguidores.
El panorama es desolador. Nos recuerda una verdad incómoda: los derechos no se heredan, se conquistan y deben defenderse constantemente. Basta que el poder político y económico deje de mirar a una minoría, para que en poco tiempo se pierdan años de avances. Porque la inclusión no es una tendencia, es un compromiso. Y hoy, ese compromiso está fallando.
¿Qué nos queda? Seguir marchando. Más fuerte, más visiblemente, de modo más ruidoso. A quienes simpatizan con la causa, aunque no pertenezcan a la comunidad, les toca salir también. No es momento de mirar desde la comodidad del hogar. Y a las marcas que alguna vez pintaron sus logos de colores: aún están a tiempo de rectificar su silencio y demostrar que su apoyo no fue solo una jugada de marketing, sino una verdadera apuesta por los derechos humanos.
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