Las tijeras bailan con la Luna 


El cine celebra una cultura quechua acorde con estos tiempos


Qamhina tusuyta munani” (“quiero bailar como tú”), dice la joven Killary (Carolina Luján Najarro) en uno de los momentos decisivos de la película. Ella vive con su madre Agucha (Magaly Solier) y su abuelo (Andrés “Chimango” Lares) en una sencilla casa a los pies de la montaña Rasuwillka, el apu tutelar de la provincia de Huanta, en Ayacucho. Su cotidianidad transcurre entre el pastoreo, el cuidado de su abuelo y la vida comunitaria en los Andes. Sin embargo, un secreto familiar —y una tradición ancestral que corre por su sangre— irrumpe para transformar su destino.

Ese secreto permanece inicialmente oculto para el espectador. Lo que sí se revela es la tradición: la danza de tijeras, un arte ritual perseguido durante la colonia por considerarse herético y que, pese a todo, ha sobrevivido hasta nuestros días mediante distintas formas de resistencia cultural andina, entre ellas el movimiento Taki Onqoy. Killapa Wawan (Hija de la Luna), película dirigida por César Galindo y filmada íntegramente en quechua, es un homenaje sensible a esta práctica en la que el cuerpo se vuelve territorio ceremonial, guiado por la música andina y el metálico pulso de las enormes tijeras que empuñan los danzantes.

Históricamente, esta danza ha sido territorio masculino. La película, sin embargo, imagina —y reivindica— a una Killary que desafía esa frontera sin romper con el legado que la precede. Su camino no es sencillo: necesitará la guía de sus mayores, la complicidad de su comunidad y una profunda conexión con su propia memoria cultural.

A Killary le insisten “Yuyariy maymanta hamunki” (“recuerda de dónde vienes”). Y en esa frase se condensa el corazón del film.

La película logra un delicado equilibrio entre el respeto a las cosmogonías andinas, el uso del quechua y la belleza de la danza, y una narrativa de formación que dialoga con imaginarios globales: un viaje iniciático al estilo de Karate Kid o Star Wars, donde la aprendiz debe enfrentarse a una gran prueba que pone en riesgo no solo su lugar en la comunidad, sino su propia vida. Más allá de su riqueza cultural, Killapa Wawan también es una película ágil y emocionante, capaz de sostener el suspenso, de conmover y mantener al espectador plenamente involucrado en la historia.

Sin recurrir a explicaciones didácticas, Killapa Wawan aborda la relación andina con la naturaleza, el poder de lo femenino y la complejidad espiritual del mundo quechua. Todo ello acompañado por una banda sonora conmovedora, encabezada por el maestro violinista Andrés “Chimango” Lares, cuya presencia en pantalla es tan poética como necesaria. Y con una participación especial del actor Reynaldo Arenas.

Atinqa puni!” (“¡ella podrá!”), le dicen también, como un eco de confianza colectiva.

Además, la película dialoga con procesos que ya están ocurriendo en la vida real. En los últimos años han surgido agrupaciones de mujeres danzantes de tijeras, conocidas como Warmi Danzaq, que desafían y amplían los límites de lo tradicional. Asimismo, la artista de música pop Renata Flores grabó hace ya unos años un videoclip vestida como danzante de tijeras, señal de que esta tradición circula hoy entre registros estéticos y generaciones diversas. En ese sentido, el film funciona como un puente: invita a pensar el futuro de las tradiciones andinas desde una perspectiva más inclusiva, dinámica y acorde con los tiempos actuales, sin perder su profundidad espiritual.

Resulta especialmente emocionante ver a la galardonada actriz quechua Magaly Solier de regreso en la pantalla grande. Su interpretación de Agucha es contenida, poderosa y profundamente humana: una madre que sostiene, protege y transmite memoria. Del mismo modo, la presencia de Chimango no es solo artística, sino que confiere a la película un necesario peso cultural, fruto de sus más de cincuenta años de trayectoria musical.

En el Perú, a veces estas tradiciones suelen ser reducidas a “folclor”, percibidas desde Lima como espectáculos de segunda categoría y despojadas de su densidad histórica y espiritual. Killapa Wawan, aun tomando licencias creativas, desmonta esa mirada superficial. Nos recuerda que la danza de tijeras no es un adorno cultural: es memoria viva, resistencia y pensamiento en movimiento.

Vamos al cine, acompañemos esta historia y apoyemos un cine peruano que dialoga con el presente sin perder sus raíces y que celebra nuestra riqueza multicultural y multilingüe. Hakuchis!


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