A veces los libros nos transportan, literalmente, a un oasis
Mi infancia estuvo marcada por un castigo recurrente: “No te paras de la mesa hasta que termines tu plato”. Para una niña poco entusiasta con la comida —y mucho menos si el menú incluía coliflor o zapallito relleno— aquello podía parecer una tortura. Pero no lo era. Porque esa mesa estaba rodeada de libros. Enciclopedias, novelas, cuentos y colecciones de historia y geografía llenaban los estantes del comedor familiar. Así que, mientras mis hermanos salían a jugar al jardín, yo me sumergía en lecturas interminables que a veces solo interrumpía cuando era hora de volver a cenar.
Mi segundo “castigo” memorable llegó en el colegio. Si llegabas tarde o cometías alguna travesura, te enviaban a la biblioteca. Confieso que más de una vez fingí haber olvidado la tarea solo para que me mandaran allí. La señora Cecilia, la bibliotecaria, me recibía con una sonrisa, y mientras el resto de la clase resolvía ejercicios matemáticos, yo elegía el libro que me acompañaría por un par de horas.
Sé que no todos los niños disfrutan de la lectura. Es un hábito que no se puede imponer. Pero hay algo elemental: si no hay libros, no hay lectores. Si no hay bibliotecas, no hay posibilidades. No todos tienen un comedor forrado de enciclopedias. No todos los colegios tienen bibliotecas. Y eso es un drama que pocas veces discutimos en serio.
Según el Censo Educativo 2024, apenas el 8 % de los colegios públicos en el Perú cuenta con una biblioteca. En los privados, la situación es aún peor: menos del 1 % tiene ese espacio. La alternativa natural deberían ser las bibliotecas municipales, pero la realidad es deprimente: según el Registro Nacional de Municipalidades, en 2022 solo el 23 % de los municipios tenía una biblioteca. Y en 2024, el panorama era desolador: el 95 % de las municipalidades del país reconocía no tener ninguna.
¿Dónde se refugia entonces un niño que no quiere comerse la coliflor? ¿De dónde saca sus historias? ¿Con qué herramientas aprende a imaginar otros mundos, a cuestionar el suyo? No lo hace. Y en esa omisión silenciosa, miles de futuros lectores —y ciudadanos— se pierden.
Por eso, cuando este fin de semana viajé a Ica para participar en su Feria del Libro, me llevé una grata sorpresa. En pleno corazón turístico de la Huacachina, entre hoteles y agencias que prometen aventuras sobre las dunas, descubrí la Biblioteca Abraham Valdelomar. Un oasis dentro del oasis.
Con más de diez mil títulos, una programación cultural activa y una vista privilegiada a la laguna, este espacio dirigido por el profesor César Panduro Astorga se ha convertido en un verdadero refugio para lectores de todas las edades. Ahí conversé con más de cuarenta jóvenes sobre literatura, sobre mi novela Jauría, y sobre ese impulso vital que es la curiosidad por leer.
Desde 2002, la biblioteca —nacida en la casa de su fundador, Alberto Benavides Ganoza— ha apostado por algo simple y poderoso: acercar los libros a la gente. En silencio, sin aspavientos, ha logrado convertirse en el centro cultural más activo y original de la región.
Mientras muchos se quejan de que los jóvenes no leen, esta biblioteca los invita a hacerlo. Mientras el Estado cierra espacios, este los abre. Y mientras algunos piensan que leer es un lujo, ellos demuestran que es una necesidad urgente.
A veces, contra todo pronóstico, los castigos de la infancia dejan huellas luminosas. En mi caso, me enseñaron que quedarse en la mesa o ser enviada a la biblioteca podía ser la mejor de las suertes. Ojalá más niños y niñas en el Perú tuvieran la oportunidad de descubrirlo.
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