Cambio en el tablero mundial


La crisis en Ucrania: del fin de la Guerra Fría al posible surgimiento de un nuevo orden 


Oscar Vidarte Arévalo es profesor de la especialidad de Relaciones Internacionales, y coordinador del Grupo de Investigación sobre Política Exterior Peruana (GIPEP) de la Escuela de Gobierno y Políticas Públicas de la PUCP. Es autor/editor de los libros “El Perú, las Américas y el mundo 2014-2015. Opinión Pública y Política Exterior”, “Cambios en el régimen político y su impacto sobre la política exterior peruana”, “La Alianza del Pacífico y su impacto bilateral” y “Perú y Chile, del antagonismo a la cooperación: el camino hacia la transformación del vínculo bilateral”. También se ha desempeñado como columnista de los diarios El Comercio, Perú 21 y La República.


El actual conflicto armado en Ucrania es el desenlace de una crisis entre Rusia y Occidente que data de inicios de la década del noventa, en el contexto del fin de la Guerra Fría. 

Desde una perspectiva rusa, Occidente aprovechó la derrota de Moscú para ampliar su presencia en todo el continente, ya sea a través de la Unión Europea como de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Es más, ya en el siglo XXI, Occidente, liderado por Estados Unidos, ha intervenido, en muchos casos al margen del derecho internacional, en países que históricamente habían sido de influencia soviética como Afganistán, Irak y Siria; además de haber apoyado levantamientos sociales contra regímenes autoritarios aliados de Rusia, como fueron los casos de Ucrania (con gran éxito) y, más recientemente, Bielorrusia y Kazajistán. 

La intervención rusa en Siria en 2015 ya había sido una alerta de que el gigante euroasiático no iba a permitir que Occidente siguiera cuestionando su zona inmediata de influencia. Es claro que Putin busca que Rusia, a pesar de sus limitaciones económicas, cumpla un papel de potencia mundial. En ese sentido, toda potencia tiene una zona adyacente, fundamental en términos de seguridad, donde ejerce control. Así como históricamente Estados Unidos le ha brindado especial atención al Caribe, y China tiene interés en controlar el Mar del Este y Sur de China, Rusia busca evitar que países como Ucrania, de gran importancia geoestratégica en su relación con Occidente, pueda ser parte de la OTAN.    

El reconocido académico estadounidense Kenneth Waltz decía hace más de 20 años que Occidente no debía empujar a Rusia a los brazos de China. Y aunque Waltz recomendó que la OTAN no debería expandirse hacia el este —al “trazar nuevas líneas divisorias en Europa”—, finalmente fue lo que sucedió. Más allá de las consideraciones que permiten entender la ampliación de la OTAN, Rusia interpretó esto como parte de una historia de permanentes amenazas occidentales que parecen repetirse desde los tiempos de Napoleón y Hitler. 

Esto, por supuesto, no justifica el accionar bélico de Rusia en Ucrania. La violación de la soberanía de este país y el derramamiento de sangre debe ser duramente criticado. Pero también vale señalar que la OTAN y Ucrania pudieron evitar este desenlace. Si bien en los últimos días —demasiado tarde—, autoridades ucranianas habrían ofrecido declarar neutral a su país como primer paso para detener la ofensiva militar, sus continuos coqueteos con la OTAN fueron determinantes para Rusia. Desde Moscú no estaban dispuestos a permitir este acercamiento, ya sea por lo que significa Ucrania para su seguridad, como para dar una señal de todo lo que se encuentran dispuestos a hacer si otros países pretenden darle la espalda.

Como resultado, no solo debemos considerar las terribles consecuencias que esta invasión militar va a causar en Ucrania, sino principalmente en Europa. Es muy probable que el viejo continente sufra una fractura social, económica, política y militar, no vista desde los peores años de la Guerra Fría. Por lo pronto, entre las sanciones económicas que se vienen implementando y la militarización de las fronteras, parece que el mundo no va a ser el de antes.

Si a esto le sumamos la competencia entre China y Estados Unidos —que parece ser cada vez más compleja, mientras China se fortalece como potencia mundial y Estados Unidos se debilita— y la trascendencia que comienza a tener el eje Moscú-Beijing, podemos estar ante una división no solo de Europa, sino del mundo en dos bloques Este-Oeste. Por lo pronto, no sabemos exactamente el papel que China va a tener en la crisis ucraniana, pues hasta el momento intenta no asumir una posición. Se muestra condescendiente con Rusia, pero al mismo tiempo pide respeto a la soberanía de Ucrania. En todo caso, China tiene su propio juego, y su principal interés pasa por aprovechar el cambio en las prioridades políticas y militares de Estados Unidos hacia Europa, las cuales pueden llevar a que Washington deje de prestar atención a las problemáticas existentes en el Mar del Este y del Sur de China, donde el gigante asiático quiere consolidar su presencia.

En conclusión, tras el fin de la Guerra Fría se han desarrollado ciertas dinámicas que pueden ayudarnos a entender la actual crisis en Ucrania, desde el papel de Occidente frente a la derrotada Moscú, hasta el regreso como potencia de Rusia luego de una terrible década de los noventa. Pero, irónicamente, esta misma crisis podría ser el punto de quiebre para la reconfiguración de un nuevo orden mundial, que tenga como protagonistas a un Occidente en declive —incluido el orden liberal que tanto tiempo impulsó— y un Oriente liderado no por Moscú, como fue en gran parte del siglo XX, sino con Beijing como socio principal. Es posible que la post Guerra Fría, estos últimos caóticos 30 años, esté llegando a su fin.

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