Las bibliotecas en la sombra


Reflexiones tras veinte años de conseguir libros en internet


Rafael Franciosi Tovar es escritor y docente universitario. Es magíster en Escritura Creativa por la Pontificia Universidad Católica del Perú y cursa el Doctorado en Literatura Hispanoamericana en la misma universidad. Ha enseñado escritura, narrativa, literatura y argumentación académica.


En enero de 2006 mi padre me escribió desde Lima. Tenía diecinueve años y estudiaba en Francia. Me preguntó qué estaba leyendo y qué tan fácil era conseguir libros en mi nueva ciudad.

Yo tenía acceso a bibliotecas universitarias francesas, pero poco dinero para comprar libros. Conseguirlos en castellano, sobre todo ciertos títulos peruanos o latinoamericanos, podía ser complicado. Cuando viajé a Francia solo había podido llevar un libro en la maleta, Rayuela, de Julio Cortázar. Mi biblioteca se había quedado en Lima y, cuando mis padres me compraban algún libro, tenía que esperar a que alguien cruzara el Atlántico con él en la maleta.

Pero para entonces ya había encontrado otra forma de conseguir libros: el FTP de Michel.

Ingresaba mediante un programa cuyo nombre he olvidado. En la pantalla aparecían carpetas y subcarpetas ordenadas por categorías. Para encontrar un libro había que recorrer directorios, abrir carpetas, retroceder, seguir buscando. Muchos de los archivos eran, creo, textos copiados en Word. Allí encontré Entre paréntesis y empecé a leer a Roberto Bolaño.

También descargaba compulsivamente. Muchos de esos libros nunca los leí.

Con el FTP, conseguir un libro era como guardar un archivo en la computadora. Como ese gesto no me costaba prácticamente nada, podía acumular muchos más libros de los que llegaría a leer.

No recuerdo haber pensado que estaba pirateando. Se sentía, simplemente, como encontrar libros en internet.

El FTP de Michel formaba parte de una cultura de intercambio mucho más dispersa. Los libros circulaban por FTP, canales de IRC, redes P2P, foros y páginas de enlaces. Si un servidor desaparecía, su contenido reaparecía en otros lugares. Ese modo de circulación se volvería característico de las shadow libraries, grandes bibliotecas digitales no autorizadas de libros y artículos. 

El nombre de biblioteca no es solo una metáfora. Estos proyectos reúnen grandes colecciones de libros y construyen formas de organizarlas y encontrarlas. En sus versiones más desarrolladas, describen los materiales mediante metadatos y cumplen así algunas de las funciones de una biblioteca, como conservar, catalogar y facilitar el acceso. La diferencia está en que distribuyen esos materiales fuera de los sistemas de autorización y licencias que regulan a las bibliotecas convencionales.

En paralelo a esa circulación dispersa, algunas colecciones empezaron a organizarse de otra manera. Library Genesis fue decisiva en esa transformación. En lugar de una acumulación de archivos dispersos, ofrecía un catálogo consultable. El investigador Balázs Bodó ha reconstruido el papel que tuvo esa labor de catalogación en el origen de LibGen. Para el lector, la diferencia era concreta. Ya no hacía falta recorrer una jerarquía de carpetas. Bastaba con escribir el nombre de un autor o el título de un libro para encontrarlo.

Z-Library añadió una interfaz cada vez más parecida a la de una librería digital. Portadas, fichas, categorías, recomendaciones. Después aparecieron bots como Biblioteca Secreta en Telegram. La búsqueda podía hacerse ya desde un chat. Bastaba con escribir el nombre de un autor o el título de un libro para buscarlo.

Anna’s Archive, lanzada en noviembre de 2022 después de la incautación de los dominios de Z-Library, simplificó todavía más la búsqueda. Funciona como un índice que permite consultar distintas colecciones desde un mismo lugar. Ya no hace falta saber cuál de ellas contiene el libro. Uno escribe el título una vez y recibe resultados de varias colecciones.

El atractivo de esas bibliotecas nunca dependió solo de la gratuidad. También respondían a problemas reales de acceso. Un libro podía estar agotado, no distribuirse en determinado país o costar demasiado para quien lo buscaba. En el caso de los artículos académicos se sumaba el acceso desigual a revistas y bases de datos según la universidad a la que uno perteneciera. Para ciertos lectores, encontrar una copia clandestina podía ser la única manera práctica de llegar al texto.

Para el usuario, mientras tanto, la búsqueda se fue acortando. Cada vez había menos pasos entre buscar un libro y tenerlo guardado en la computadora. Esa facilidad vuelve menos visibles las diferencias entre unas descargas y otras. Una obra difícil de conseguir y una novela publicada la semana pasada pueden requerir exactamente el mismo esfuerzo.

En mi caso, descargar y comprar no fueron prácticas excluyentes. A veces descargaba un libro que podía comprar. Otras, lo descargaba y terminaba comprándolo después, o guardaba una copia digital de uno que ya tenía en papel. Una descarga, por eso, no equivalía necesariamente a una compra que dejaba de hacer.

Tampoco todas mis descargas respondían a las mismas razones. A los diecinueve años tenía poco dinero y conseguir ciertos libros en castellano desde Francia era difícil. Pero ya entonces descargaba títulos que no pensaba leer y seguí haciéndolo años después.

Algunas veces la descarga resolvía una dificultad real de acceso. Otras, el libro estaba disponible y yo podía pagarlo. Entre otras cosas, estaba evitando pagar.

En la pantalla, esas situaciones se vuelven indistinguibles. Buscar. Hacer clic. Descargar.

Al mirar mi biblioteca digital veo algo más. Siempre ha sido posible comprar libros y dejarlos sin leer. Yo mismo tengo libros físicos pendientes desde hace años. Pero comprarlos suponía gastar dinero, hacerles espacio y decidir que valía la pena tenerlos. Durante una época, en cambio, descargaba archivos por si acaso. Bastaba con que un título me interesara, que alguien lo mencionara, que encontrara una referencia en otro libro o que descubriera a un autor y quisiera guardar varios de sus títulos. Tener el archivo parecía una manera de conservar la posibilidad de leerlo después.

Eso produjo una biblioteca extraña. Junto a los libros que efectivamente quería leer, había otros que respondían apenas a una curiosidad momentánea. Los guardaba para un futuro lector que también era yo, pero que quizá nunca llegaría. Muchos se quedaron ahí.

Veinte años después, la pregunta de mi padre tiene una respuesta evidente. Conseguir libros es muy fácil. Menos evidente es qué le hace esa facilidad a nuestra relación con ellos.


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