En salud, la desigualdad también es lingüística y cultural

Lynn A. Quintana García (Andahuaylas, Apurímac) es médica cirujana. A lo largo de su formación ha desarrollado investigación y ha presentado pósteres en congresos como el Congress of Neurological Surgeons (CNS) y el de la American Heart Association (AHA). Ha recibido diversos reconocimientos, entre ellos el Paul Dudley White Award. Actualmente colabora con el Instituto de Ciencias Biomédicas de la Universidad Ricardo Palma, Lima.
Desde pequeña aprendí que enfermar en los Andes no es solo una cuestión de cuerpo, sino también de lugar y de idioma. Recuerdo el centro de salud más cercano a mi casa, a más de 3.500 metros sobre el nivel del mar, en la provincia de Andahuaylas, Apurímac. Aunque mi familia tenía seguro médico por el trabajo de mis padres, no había especialistas, escaseaban las medicinas y, con frecuencia, también la empatía. Frases como “no vayas, el trato es malo”, o “vas a salir peor de lo que entras” formaban parte del habla cotidiana y revelaban una desconfianza profundamente arraigada hacia el sistema de salud.
Mi madre fue durante muchos años profesora rural en Champaccocha, un pequeño pueblo donde el quechua sigue vivo. En casa, cuando quería reprenderme, solía hacerlo en esa lengua. Mis abuelos, que no sabían leer, me pedían que les leyera textos en quechua. Así, casi sin darme cuenta, fui afinando mi oído y mi pronunciación. No me considero experta en mi lengua familiar, pero puedo defenderme. Con los años comprendí que ese aprendizaje familiar no era solo cultural: era también una forma de cuidado.
Tras vivir experiencias difíciles como paciente, decidí estudiar Medicina. Quería ofrecer un trato digno, explicar con claridad lo que ocurre en el cuerpo y humanizar la atención sanitaria. La medicina es una profesión hermosa que me ha regalado encuentros y aprendizajes inolvidables y me ha permitido conocer profesionales brillantes y profundamente comprometidos. Pero, precisamente por amor a esta carrera, siento la responsabilidad de señalar sus grietas: un sistema que, por barreras lingüísticas y culturales, sigue fallando a quienes más lo necesitan.
Migré a Lima para formarme como médica, con la esperanza de acceder a mejores hospitales y oportunidades. Durante mi formación fortalecí mis habilidades clínicas y de investigación, y realicé intercambios en México y Argentina, experiencias que ampliaron mi mirada. Participé en un proyecto sobre el dengue, una enfermedad presente tanto en México como en el Perú, y entendí algo clave: la investigación en salud solo transforma vidas cuando se hace con y desde las comunidades, no sobre ellas.
Esa convicción choca con una realidad persistente. La centralización del sistema de salud en Perú no es solo un problema administrativo: es una expresión de desigualdad estructural. Mientras Lima concentra hospitales especializados, presupuesto e infraestructura, en las zonas rurales y amazónicas predominan establecimientos desabastecidos, largas esperas y viajes extenuantes para recibir atención digna. Esta lógica transmite un mensaje implícito: la salud de algunos vale más que la de otros. A ello se suman el trato deshumanizado, los prejuicios y la desconfianza que erosionan la relación médico-paciente y retrasan la búsqueda de atención.
Las consecuencias son dolorosamente visibles: madres dando a luz en pasillos, pacientes esperando horas sin ser atendidos, trámites interminables y citas postergadas una y otra vez. Frente a esta realidad existe el SERUMS (Servicio Rural y Urbano Marginal de Salud), un programa obligatorio destinado a garantizar atención en zonas rurales y urbano-marginales. Sin embargo, muchos profesionales llegan a estas comunidades sin formación en enfoque intercultural, sin conocimientos de lenguas originarias y sin comprensión de las cosmovisiones locales.
Un amigo cercano realizó su SERUMS en una comunidad amazónica donde se habla ashaninka y, a pesar de su ascendencia indígena, se sentía frustrado al no poder comunicarse plenamente con sus pacientes. Los medicamentos escaseaban y, en ocasiones, debía comprarlos con su propio dinero para atender emergencias. Le tomó cinco meses empezar a comprender a la comunidad, y se preguntaba por qué nadie lo había preparado para ello. En la facultad no nos forman en diálogo intercultural ni en medicina tradicional, y esa ausencia se traduce en una atención que, muchas veces, resulta insuficiente y distante. ¿No debería esto formar parte del currículo médico?
Lo confirmé también durante mi internado en un hospital público de Lima. Allí conocí a Justina, una mujer de Áncash que ingresó por convulsiones recurrentes. En su evaluación inicial se consignó que “no estaba orientada”. Pero algo no encajaba. Al acercarme, descubrí que Justina solo hablaba quechua: el problema no era clínico, sino lingüístico. Nadie había podido hacerle una historia clínica adecuada porque, simplemente, no compartían su idioma.
En el Perú, casi cuatro millones de personas hablan quechua. No se trata de una minoría marginal, sino de una parte fundamental del país. Por eso considero urgente un cambio en la formación médica: al menos, una preparación básica en quechua y en un enfoque intercultural para el personal de salud, no solo para quienes trabajarán en zonas rurales, sino también en las ciudades, donde cada vez más pacientes quechuahablantes buscan atención.
Cuando un niño se enferma, también se enferman sus padres. Llegar a Lima dejando atrás el hogar, el trabajo y la vida cotidiana para buscar atención médica es un acto de amor inmenso y, al mismo tiempo, un desafío brutal. Estas familias enfrentan precariedad económica, hacinamiento e indiferencia institucional mientras luchan por una cama hospitalaria o una cita especializada. Muchos duermen en albergues improvisados o sobre cartones frente a los hospitales, esperando noticias. Además, cargan con una distancia cultural que pesa: hablar quechua es frecuentemente estigmatizado y se impone el castellano, exponiéndolos a la incomprensión, la burla y la discriminación.
Apostar por una salud pública digna significa reconocer que curar no es solo recetar medicamentos: implica construir confianza, escuchar con respeto y acompañar a las comunidades en la prevención y el cuidado. También supone denunciar las fallas del sistema y exigir recursos más equitativos.
Como recuerda el juramento hipocrático, nuestro deber es “no hacer daño” y velar por el bienestar de todos los pacientes, sin distinción. Tras siete años de formación médica, he aprendido que cada paciente es más que una enfermedad: es una historia, una familia y una vida. La enfermedad ya es una carga suficiente; no debería agravarse por una barrera lingüística, ni por un sistema que aún no ha aprendido a escuchar.
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Un excelente testimonio que muestra que la colonización avanza lenta e indiferentemente.