Artemis II y el cambio en nuestras vidas


Algunas consecuencias terrenales de una nueva era espacial


En medio de la turbulencia mundial y de nuestra siempre burbujeante cotidianeidad nacional, ha corrido el riesgo de pasar desapercibido uno de los mayores acontecimientos geopolíticos, tecnológicos y científicos del siglo XXI: el retorno de la humanidad a la Luna.

Mientras la atención pública se fragmenta entre elecciones nacionales, precios de los combustibles y los huaycos, cuatro astronautas orbitan nuestro satélite natural, reabriendo una puerta que creíamos parte del pasado. No se trata solo de una misión más: es el inicio de una nueva carrera por el control, el conocimiento y los recursos del espacio. Y, sin embargo, nos encuentra distraídos.

Hoy, lunes 6 de abril, los cuatro astronautas —tres estadounidenses y un canadiense, tres blancos y un afroamericano, tres hombres y una mujer— ya estarán en camino de regreso tras su histórico periplo de 10 días, cuando dibujaron “un ocho” alrededor de la Tierra y la Luna, recorriendo casi un millón de kilómetros (equivalente a unos 100 vuelos Lima-Madrid). Regresarán en una trayectoria de “retorno libre”: la gravedad los traerá de vuelta a las costas californianas incluso si fallan los motores de la nave espacial. (Chequea el Instagram de la NASA si quieres ver impresionantes imágenes de la misión y seguirla de cerca).  

Es un acontecimiento histórico. La exploración espacial hacía rato había dejado de ser prioridad. Hoy regresa por razones geopolíticas. En plena rivalidad con China, Estados Unidos ha reactivado su programa lunar con una urgencia que recuerda a los años de la Guerra Fría. Como admite el propio administrador de la NASA, Jared Isaacman, el calendario lo dicta la competencia estratégica y, añado, la propaganda y el gigantesco narcisismo del presidente Trump, quien quiere tomarse las fotos con las próximas misiones. 

Como ciudadana común y silvestre, confieso que me parece absurdo disputar el espacio cuando la humanidad aún no resuelve problemas mucho más terrenales como, por ejemplo, más de 2.000 millones de personas que aún no tienen acceso seguro al agua potable, o más de 250 millones de niños y jóvenes que siguen fuera de la escuela. Además, arrastramos déficits inmensos en la gestión de los abundantes recursos de este paraíso que habitamos, la Tierra. 

Sin embargo, veamos el lado positivo del asunto. Con cada misión espacial, la ciencia gana. Preparar un viaje lunar en pleno siglo XXI no es poca cosa: 1969, cuando Neil Armstrong pisó la Luna durante la misión Apolo 11, pertenece ya a otro tiempo. Hoy, estas misiones permiten probar tecnologías avanzadas en condiciones extremas, desde sistemas de navegación y control, hasta el soporte vital de los astronautas, las comunicaciones en el espacio profundo y la interacción humano–máquina.

Con Artemis II hay muchas “primeras veces”. Es la primera vez que un programa lunar de gran escala lleva un nombre femenino —inspirado en Artemisa, la hermana de Apolo— y la primera vez que una mujer forma parte de la tripulación: Christina Koch. Victor Glover es la primera persona afroamericana en una misión lunar, y Jeremy Hansen es el primer astronauta no estadounidense. También es la primera vez que una tripulación se adentrará más allá de la cara oculta de la Luna y que realizará un vuelo humano tan lejano, superando el récord de la misión Apolo 13 de 1970.

La misión permitirá probar en condiciones reales la nave Orión, diseñada para viajar varias semanas en el espacio profundo. Además de sus sistemas de soporte vital —oxígeno, control térmico y eliminación de CO₂—, incorpora soluciones adaptadas a la vida en microgravedad, como un inodoro compacto empotrado en la capsula espacial, ¡toda una novedad!. Los trajes de lanzamiento y reentrada funcionan como auténticas “mini cápsulas” personales: en caso de emergencia proporcionan oxígeno, regulan la temperatura y protegen frente a la despresurización, garantizando seguridad y movilidad dentro de la nave.

Lo que prueban los astronautas de Artemis II en el espacio profundo no queda solo allá arriba: cada avance tiene potencial para mejorar nuestra vida cotidiana. Sistemas de soporte vital y control térmico podrían inspirar sistemas de mejora de la calidad de aire y temperatura en hospitales o edificios. El inodoro compacto para microgravedad abre la puerta a soluciones de saneamiento eficientes en lugares remotos o sin agua. Los trajes “mini cápsula” podrían mejorar la ropa de seguridad para bomberos, submarinistas y trabajadores extremos. Y el monitoreo continuo de signos vitales permite desarrollar dispositivos de salud más precisos. Incluso las comunicaciones y el control de Orión podrían aplicarse a usos terrestres en robots, drones y vehículos autónomos: de hecho, ya se anunció una mejora del sistema “wi-fi” en el espacio, usando comunicación laser en lugar de ondas de radio. 

En otras palabras, la aventura espacial se convierte en un laboratorio lleno de pruebas que, eventualmente, tendrán un impacto en nuestra vida cotidiana.

Además, así como la misión Apolo 8 abrió el camino al histórico alunizaje, Artemis II no es un destino en sí mismo, sino el ensayo general de un nuevo regreso humano a la superficie lunar, fuera de la órbita terrestre. Y, quizás, un paso hacia Marte. 

Celebremos, pues, a Artemis, la diosa griega de la Luna.


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