¿Quién nos salvará de este bochorno?


El mejor aire acondicionado: los árboles urbanos


“En Lima nunca ha existido una política seria de arboricultura urbana”, se quejaba un amigo la semana pasada, mientras nos abanicábamos. La temperatura rozaba los 33 °C y el bochorno nos derretía.

El Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del Perú (SENAMHI) había anunciado olas de calor en diversas zonas del país. La costa sur se achicharraba, como de costumbre, pero Lima también empezaba a rozar cifras históricas: en La Molina el termómetro bordeaba los 32 °C durante varios días consecutivos, San Borja alcanzaba los 33 °C y Jesús María superaba los 30 °C.

Acelerando mi muñeca para incrementar la turbulencia del aire, lo contradije. A ojo de buen cubero, le expliqué, en la última década la Municipalidad de Lima ha plantado más de un millón y medio de árboles. Solo en los últimos años, el programa Lima Verde del Servicio de Parques de Lima (SERPAR) ha plantado más de 600 mil ejemplares en 40 distritos.

La iniciativa no es nueva. Desde 2010, cuando se lanzó el programa “Adopta un Árbol”, la arborización urbana se volvió una de las pocas políticas municipales con cierta continuidad institucional. Pasaron alcaldes de todas las corrientes —Villarán, Castañeda, Muñoz, López Aliaga— y todos mantuvieron la campaña. ¿Quién no quiere tomarse una foto plantando un árbol? Es la forma más barata de parecer verde en política. Aunque después, ese mismo árbol termine talado para la siguiente vía expresa.

“¿Y dónde están todas esas copas arboladas?”, reclamaba mi amigo, sudoroso. 

La pregunta era legítima. Porque en un desierto como el limeño, plantar un árbol es casi un acto de fe. El suelo es pobre; el agua, escasa, y el mantenimiento es caro. Cada árbol necesita años de paciencia para que su copa empiece a proyectar sombra. Y, además, está la escala: Lima Metropolitana ocupa más de 100.000 hectáreas de cementos, asfalto y techos calientes, una extensión comparable a más de tres veces todo el valle de Cañete. Si quisiéramos alcanzar el estándar de 3:30:300 —3 árboles desde cada ventana, 30 % de cobertura arbórea del barrio y un parque a 300 metros de la vivienda— deberíamos aspirar a que al menos el 30 % de la  ciudad tenga árboles. 

La realidad está muy lejos de esa cifra. Estudios recientes basados en análisis satelital muestran que Lima apenas tiene alrededor de 4 % de espacios verdes y apenas 1 % de cobertura arbórea, una de las más bajas entre las capitales sudamericanas. Una capital de 10 millones de habitantes con sombra de pueblito.

Otra forma de verlo es aún más brutal: según estimaciones técnicas utilizadas en la planificación urbana, una ciudad debería tener aproximadamente un árbol por habitante. Para Lima, eso implicaría más de 10 millones de árboles y estamos muy lejos de ello.

Los árboles no decoran la ciudad: son infraestructura climática que la hacen habitable. Un árbol adulto puede liberar cientos de litros de agua al día, enfriando el aire como un pequeño aire acondicionado natural. En calles con buena cobertura arbórea, la temperatura del aire puede ser entre 2° C y 4° C más baja que en calles sin árboles, y la temperatura del suelo puede disminuir hasta 10° C o incluso más en ciertos microclimas urbanos

Ese efecto es crucial en ciudades áridas como Lima, pero también en Ica, Piura o Jaén, donde el concreto, el asfalto y los techos absorben calor durante el día y lo liberan lentamente durante la noche, creando lo que los climatólogos llaman una isla de calor urbana. En algunos distritos periféricos de Lima, más de la mitad del territorio urbano presenta este fenómeno precisamente por la escasez de árboles y áreas verdes. 

Plantar un árbol en la ciudad no es, entonces, jardinería urbana. Es infraestructura climática plantada a mano, un acto minúsculo por un hábitat mejor. En barrios vulnerables donde las viviendas son precarias y los espacios públicos un bien escaso, un árbol frente a la vivienda o un microbosque urbano en el vecindario pueden ser el único refugio contra el calor extremo. 

En un mundo cada vez más caliente, los árboles empiezan a valorarse también como infraestructura económica. Usando la herramienta i-Tree, la ingeniera forestal Yamile Sánchez estimó que los 1.036 árboles de la avenida Separadora Industrial, hoy bajo amenaza de tala, remueven 139,2 kilos de contaminantes al año. Diversos estudios calculan que un árbol urbano adulto puede generar entre 100 y 250 dólares anuales en beneficios, al reducir el calor, ahorrar energía, capturar contaminantes y retener agua de lluvia.

El árbol no solo es poesía: también es salud y economía urbana. Y, si lo piensas bien, es también la única infraestructura pública que mejora con el tiempo.

Considerando todos estos beneficios, y el adicional de que la arboricultura urbana sea probablemente una de las pocas políticas públicas que nos encontraría a todos de acuerdo, ¿por qué no la ubicamos más alto en la agenda electoral? Después de todo, la sombra que necesitaremos dentro de cinco o diez años depende de los árboles que decidamos plantar hoy.


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