Algunas medidas sencillas para recuperarnos mejor de El Niño
Soy lo bastante vieja para haber sido testigo de los fenómenos de El Niño de los últimos cuarenta años. A veces los padecí como una ciudadana más y otras tuve que cubrirlos como periodista. Recuerdo con especial pena y angustia el de 2017. En ese entonces, trabajaba en RPP y me tocó ir a varias zonas afectadas. Estuve en Carapongo, donde el Rímac arrasó con las viviendas y los negocios de decenas de vecinos y microempresarios, y visité también la zona de Punta Hermosa, donde los peruanos vimos, estupefactos, renacer del barro a la valiente Evangelina Chamorro Díaz, quien luchó con todas sus fuerzas para que las aguas cargadas de piedra y escombros no la arrastraran. En Casma llegué a zonas a las que solo se accedía en helicóptero y vi a campesinos a quienes las lluvias les habían arrebatado sus paltas, sus mangos, sus cultivos enteros y sus animales. En Huarmey me encontré con personas que vivían con el agua hasta el cuello y habían tenido que mudarse a los techos de sus viviendas, sin una sombra con la que protegerse del sol, sin comida, sin nada.
El llamado Niño Costero había golpeado con furia la costa de nuestro país y el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski se desvivía, junto con la empresa privada y los gobiernos locales, para paliar los efectos de la tragedia. Había cierta preparación y recursos, porque el gobierno anterior de Ollanta Humala había avanzado con algunas obras y había destinado recursos, preparándose para un Niño que debió llegar en 2015 y se terminó desinflando en el camino. A pesar de eso, según cifras oficiales de Indeci, hubo 169 muertos y más de 1,6 millones de afectados.
Hoy, mientras veo los estragos que están causando las primeras lluvias, los ecos de esos peruanos rogando por ayuda me regresan una y otra vez. Es verdad que muchos vivían en zonas muy vulnerables, en quebradas de ríos secos que se activaron con las lluvias; pero muchos otros, que estaban en zonas donde no debió haber pasado nada, fueron víctimas de la destrucción simplemente porque sus casas y sus ciudades no estaban preparadas para soportar esos niveles de lluvia. Recuerdo a Julián, un microempresario que desesperado pedía ayuda para salvar su maquinaria con la que hacía zapatillas; a otra señora a la que el río le había arrebatado sus ochenta cerdos con los que abastecía a las chicharronerías de la zona; y a una mujer que deambulaba con la mirada perdida, llevando a un niño desnudo. Según las vecinas, estaba en tratamiento psiquiátrico y, junto con su casa, el agua se había llevado sus medicinas. En todas partes donde la población había enfrentado esa suerte de diluvio que duró varios meses, los restos de refrigeradoras, cocinas, bicicletas, muñecas y llantas de autos se mezclaban con el fango y el agua empozada.
Ya resulta ocioso señalar que este Niño será peor; basta ver cómo arrancamos noviembre para comprobarlo. Lo que me resulta inaudito es que sigamos enfrentando el peligro con una resignación absurda, como si no hubiera nada que hacer al respecto. Ya no es tiempo de descolmatar ríos o habilitar drenajes, pero si el gobierno estuviera pensando en las personas, se daría cuenta de que aún se pueden hacer muchas cosas que no son complicadas y que, según mi escasa experiencia en zonas de emergencia, ayudarían mucho a paliar la tragedia. No soy experta en desastres naturales, ni mucho menos, pero por lo que he visto, me atrevo a sugerir algunas medidas que solo requieren voluntad y organización.
- En aquellos lugares donde las inundaciones son inminentes, la población debe poner a buen recaudo, desde ya, las cosas de valor que se consideren más importantes y que puedan moverse. Refrigeradoras, cocinas, televisores, computadoras, electrodomésticos o maquinaria (en el caso de pequeñas empresas) se pueden subir a los segundos o terceros pisos de las viviendas que lo permitan. Lo que es muy pesado puede colocarse sobre muebles altos para evitar que se mojen. Nos gusta decir que las cosas no importan, que debemos preocuparnos por las vidas, pero lo que las familias logran reunir con mucho esfuerzo puede ponerse a buen recaudo con un poco de previsión y advertencia.
- Cuando el río suena, no solo trae piedras, sino también mucho barro. Eso impide potabilizar el agua y hace que la escasez sea inminente. Es momento de comprar agua embotellada y empezar a almacenarla, sin entrar en pánico ni acaparar. También se deben comprar pastillas de cloro para purificar el agua durante la emergencia.
- Los distintos barrios deben organizarse juntando palas, costales, escobas, picos y rastrillos. Los baldes, carretillas y bolsas de basura gruesas se pueden almacenar en lugares altos para cuando sean necesarios.
- Es indispensable educar a la población para que evite caminar sobre charcos o agua estancada. Si no se puede evitar, se debe hacer con la mayor protección posible, para no entrar en contacto con agua contaminada por bacterias como la leptospira. Ayudaría mucho que cada familia tuviera botas de jebe para ese fin. No son caras y van a resultar indispensables.
- Si hay síntomas como fiebre alta o dolor muscular, hay que consultar de inmediato a un médico. En estos días se van a incrementar los casos de leptospirosis, que aparece tras contacto con agua contaminada, y de dengue por la proliferación de mosquitos. No hay que tomar nada sin consultar, porque algunos medicamentos para bajar la fiebre, como la aspirina o el ibuprofeno, pueden agravar los cuadros de dengue.
- Si en casa hay un espacio por el que pueda colarse la lluvia, como un patio interior o un tragaluz, es momento de techarlo. No tiene que ser una obra de ingeniería cara ni lujosa. Una calamina puesta correctamente con una canaleta que facilite el drenaje puede ayudar muchísimo.
- Por último, he visto a policías y miembros de las fuerzas armadas atravesar ríos con ancianos y niños sobre la espalda. Entiendo que no es fácil evacuar una vivienda e irse de buenas a primeras a vivir a otro lado; pero cuando empiecen las lluvias fuertes es importante que las personas que no pueden valerse por sí mismas estén en lugares seguros hasta que pase el peligro.
Las lluvias ya comenzaron, pero aún estamos a tiempo. Conversemos en casa sobre todo lo que podemos hacer para evitar que la tragedia sea mayúscula. No esperemos a que el gobierno nos auxilie, a que los alcaldes nos den una mano. A Keiko Fujimori le interesa más hacerse fotos para el Instagram con Bukele; los nuevos alcaldes llegarán cuando estemos con el agua hasta el cuello. El Niño de 2027 va a ser duro, nos va a golpear fuerte, pero aún hay mucho que podemos hacer para que la recuperación sea menos costosa.
¡No desenchufes la licuadora! Suscríbete y ayúdanos a seguir haciendo Jugo.pe