En defensa del huaco erótico


Un pudor digno del siglo XVI busca negar nuestra historia prehispánica


Era el año 1564 en Europa. Tras el Concilio de Trento, alguien tuvo la «creativa» idea de mandar a modificar El juicio final, el monumental fresco de la Capilla Sixtina pintado por Miguel Ángel. Como en el relato de Adán y Eva después de probar la famosa manzana, las autoridades eclesiásticas parecieron descubrir de pronto que los cuerpos representados en aquella obra estaban desnudos y que ya no era correcto mostrarlos así. Por lo tanto, mandaron a cubrirlos. El encargado de esta labor fue Daniele da Volterra, quien pasó a la historia con el poco glamoroso apodo de Il Braghettone (El Ponebragas). Recién durante una restauración concluida en 1994 se retiraron algunas de esas coberturas.

Es el año 2026 en el Perú. Y una senadora del partido Renovación Popular, también conocido como Renovación Medieval, haciendo honor a ese apodo, nos ha hecho viajar casi 500 años atrás con una situación bastante parecida. Se trata de Milagros Jáuregui, quien acaba de solicitar que se retiren de los espacios públicos las esculturas inspiradas en los llamados huacos eróticos de la cultura mochica, instaladas en el distrito de Moche, cerca de la ciudad de Trujillo. ¿Su argumento? Que estas representaciones pueden confundir a los niños y despertar en ellos una “sexualidad no sana”. Según ella, semejantes imágenes deberían quedarse encerradas en museos, donde no perturben la inocencia de los transeúntes. Inocente, la señora. Porque ¿qué cree que consumen los niños en las redes sociales todos los días? Me pregunto si a eso le dedica la misma preocupación.

Pero no es esta la primera vez que Jáuregui aparece en una controversia relacionada con la sexualidad y los derechos de la infancia. En febrero de este año, durante la campaña electoral 2026, su entorno difundió imágenes de niñas víctimas de violación que habían dado a luz y se encontraban en un albergue fundado por ella. El caso motivó una indagación preliminar de la Comisión de Ética del Congreso por la presunta exposición pública de las menores. Es llamativo, entonces, que alguien que ha estado en el centro de semejante polémica invoque ahora la protección infantil para retirar de las plazas públicas unas representaciones inspiradas en la cerámica ancestral. Al parecer, un huaco resulta más perturbador que niñas reales. Ni qué decir de los feminicidios o las crecientes noticias de abusos sexuales en entornos escolares.

Pero volvamos a los huacos. Porque aquí hay algo más importante que la indignación de una senadora frente a unos genitales de tamaño monumental. Para empezar, eso que hoy conocemos como huacos eróticos no eran simplemente una colección de objetos destinados a representar prácticas sexuales. En las sociedades del antiguo Perú, la sexualidad también podía estar vinculada con la fertilidad de la tierra, los ciclos agrícolas, la relación con los ancestros y las conexiones entre la vida y la muerte.

Una buena manera de aproximarnos a estos significados es a través del Museo Larco de Lima, que cuenta con una amplia colección de estas piezas en su Galería Erótica. Según explica el propio museo, estas representaciones formaban parte de objetos artísticos y rituales utilizados en festividades y ceremonias, presentes tanto en espacios privados como públicos, incluidos templos y mausoleos. En algunas escenas mochicas, por ejemplo, las interacciones sexuales con los ancestros simbolizaban la regeneración de la vida y la fertilidad de la tierra. Es decir que, donde hoy algunos solo ven morbo, también había ritualidad y maneras complejas de comprender el mundo.

Ahora bien, cada sociedad prehispánica entendía la sexualidad de manera distinta. Tiempo atrás escribí aquí un artículo sobre expresiones de género no binarias presentes en el período incaico y registradas incluso por los cronistas españoles. Justamente por eso necesitamos conocer estas sociedades en sus propios contextos, en lugar de juzgarlas exclusivamente desde las categorías morales del presente. En esa línea, viene bien la reciente publicación de Historia de la sexualidad en el Perú (2026), del intelectual y escritor cusqueño Luis Nieto Degregori. Quizá a la señora Jáuregui le vendría bien acercarse a sus páginas antes de decidir qué partes de nuestra historia deben permanecer ocultas. Se puede discutir, desde luego, cómo presentar este patrimonio en espacios públicos y cómo acompañar su interpretación entre los más jóvenes: de hecho, el origen de las esculturas instaladas en Moche se dio durante la gestión de un alcalde interesado en ganar cierto rédito político. Pero, aún así, no merecen ser minimizadas. 

Y aquí regresamos a la Capilla Sixtina. Hace casi cinco siglos, algunas autoridades religiosas encontraron más sencillo pintar ropa sobre los cuerpos de Miguel Ángel. Hoy, en el Perú, ciertas voces parecen empeñadas en repetir la receta cucufata. Y sí estimados, esas esculturas también son arte. Lo preocupante es que estas voces, parafraseando al pensador Michael Foucalt, van demasiado pendientes de vigilar y castigar lo que otros hacen con sus cuerpos y su sexualidad. Pero, además, sus propuestas también pueden terminar minimizando procesos culturales de nuestra historia que en realidad bien deberíamos conocer más.

Dicho esto: ¡Larga vida al huaco erótico!


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