El quebradizo Escudo de las Américas 


¿Está bien celebrar un acuerdo que no apunta a la raíz de nuestros verdaderos problemas?


La semana pasada se llevó a cabo Aula Magna, el evento bandera de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Cada año, las autoridades eligen un tema y convocan a especialistas internacionales quienes, junto con expertos locales y profesores, analizan lo planteado. Este año, el evento se tituló “Tejiendo diversidades” y partió de la discusión sobre el crecimiento económico, el desarrollo humano y las instituciones.

En el primer bloque escuchamos a Mauricio Cárdenas, profesor de Columbia University y anteriormente alto funcionario del gobierno de Colombia y candidato presidencial, quien presentó un diagnóstico generoso sobre América Latina: un mundo más incierto y polarizado, una región con cerca del 38 % de las reservas mundiales de litio y de la producción de cobre, abundante agua dulce, petróleo en expansión y titulares de Citi, CNBC y Morgan Stanley que nos anuncian el despegue. Cárdenas cerró con cuatro condiciones necesarias para que el milagro del despegue ocurra: mejor seguridad, menor desigualdad, mayor productividad y uso efectivo de la diplomacia económica. Coincido con la lista. Sin embargo, discrepo con dos de los caminos que se proponen para resolverla. 

Mi primera discrepancia es con el Escudo de las Américas, el acuerdo que quince países latinoamericanos firmaron en septiembre con Estados Unidos. Sus pilares suenan razonables —cooperación económica, seguridad y coordinación multilateral—, pero su primera acción conjunta revela el enfoque: sanciones contra 24 organizaciones calificadas como narcoterroristas, con congelamiento de activos, restricciones de visas y responsabilidad penal por el apoyo logístico. En el caso del Perú, la lista menciona a Sendero Luminoso, pero quien vive en Lima, en Trujillo o en Pataz sabe que la violencia que hoy cierra negocios y mata choferes proviene de redes de extorsión, sicariato y minería ilegal, ausentes de ese mapa.

Los datos que presentó el propio expositor confirman que el crimen se paga en lo local: según el FMI, un aumento del 1 % en los homicidios reduce la actividad económica de la zona en alrededor de 0,4 %. Ese daño se combate con policías que investigan, fiscalías y juzgados que resuelven y con cárceles que no se administran desde adentro; congelar cuentas en Miami no reemplaza una comisaría que funcione. Además, rotular toda economía criminal como narcoterrorismo abre la puerta a respuestas militarizadas y al acceso a capacidades de seguridad «cuando corresponda», decisión tomada en otra capital. Y hay un costo comercial: en la última década, Sudamérica exporta cada vez más a China, a donde va buena parte de nuestro cobre. Cárdenas recordó que el poder de negociación depende de las alternativas disponibles; alinearse en bloque en una rivalidad entre potencias las reduce.

El segundo camino son los centros de datos como forma de aprovechar la inteligencia artificial. El argumento parte de que la IA nos desafía menos: en el Perú, solo 32 % del empleo está altamente expuesto, el más bajo de la región, frente a un 59 % en Estados Unidos. Leído como economista, ese dato describe un síntoma antes que un escudo, ya que estamos menos expuestos debido a la informalidad y a la baja productividad de nuestros empleos. Los centros de datos, por su parte, son intensivos en capital, generan empleo durante la construcción y muy poco después, y demandan electricidad y agua sin pausa. En una costa desértica, donde hace unos meses advertí que quizá no haya agua para sembrar arroz en Arequipa, ofrecer agua y energía baratas para enfriar servidores ajenos es la versión digital de exportar materias primas: ponemos el recurso, pero el valor agregado se queda en otra parte, más aún si no regulamos el uso del agua y las tarifas eléctricas, y no protegemos los datos personales con una autoridad autónoma.

La oportunidad está en otro lugar. Según el FMI, entre 2005 y 2019 las empresas existentes en América Latina restaron 1,5 puntos porcentuales al crecimiento de la productividad total de factores, que cayó 0,7 % al año. La IA que nos conviene es la que adoptan la mype, el hospital y el juzgado, donde complementa el trabajo de médicos, abogados y jueces, y eso exige conectividad, capacidades y un servicio civil capaz de acompañarla. 

Cárdenas acierta al pedir una estrategia afirmativa y no defensiva. Justamente por eso, ¿vamos a firmar escudos y alquilar nuestra agua a cambio de buenos titulares? ¿O vamos a exigir que el milagro empiece por una comisaría, un juzgado y una empresa que funcionen?


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