¿Y si aprovechamos lo bueno de El Niño?


La historia nos da ideas para que la abundancia de lluvia no sea solo desgracia


Luis Felipe Bérninzon Barrón es investigador y docente en diversidad biológica nativa, procesos de restauración ecológica y ciclos naturales. Su formación académica se inició con la carrera de Turismo Ecológico en la Universidad de Costa Rica, prosiguió con Ciencias Básicas y Matemáticas con mención en Biología en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y continuó con la maestría en Bosques y Gestión de Recursos Forestales en la Universidad Nacional Agraria La Molina.


Hubo un tiempo en el Perú preinca en que las lluvias de los ciclos largos de El Niño se anticipaban y se esperaban con optimismo. Se construía lejos de las quebradas, de los ríos y del mar, y se practicaba la agricultura de avenida aprovechando la abundancia de agua. Uno de los primeros indicios de las lluvias venideras era la aparición de la concha mullu (Spondylus princeps) más al sur de su límite geográfico habitual.

El aumento de la temperatura del mar coincidía con su captura en redes y recolecciones submarinas, y se interpretaba como una señal de las precipitaciones venideras en el norte de su territorio. Los páramos de Cajamarca y Piura solían ser los primeros testigos de ello.

En la agricultura de avenida, los avisos sobre el comportamiento de la flora, la fauna y el clima previos a un episodio de El Niño permitían retirar animales, herramientas, insumos y cercos del cauce y de las zonas próximas a la bajada de aguas o, en quechua, «lloqllas». Esto favorecía la renovación de los suelos y podía multiplicar las oportunidades para la agricultura y la recolección, lo que significaba dos o tres años de bonanza, con cosechas y alimento abundantes para los animales domesticados y la fauna silvestre.

Una vez pasado ese período, se priorizaban las labores de pesca, caza y recolección. Así se sobrevivía a la aridez usual de la costa norte, sabiendo que el Anticiclón del Pacífico Sur (APS) se activaba luego del período lluvioso. Hasta que el ciclo se renovaba otra vez.

Hoy ya no deberíamos considerar El Niño únicamente como una calamidad o un desastre. El Niño es un ciclo irregular en frecuencia, duración e intensidad, pero recurrente. Y lo podemos aprovechar. 

Contamos con registros fósiles, arqueológicos y antropológicos, además de datos científicos de nuestra época republicana, que nos ayudan a construir un conocimiento colectivo que debería traducirse en prevención, mitigación y aprovechamiento positivo en nuestra civilización milenaria.

Desde la semana pasada, por ejemplo, se han reportado precipitaciones intensas en la cordillera de Amotape, con registros extraordinarios para la época en la estación Cañaveral (Casitas), en el sureste de la región Tumbes. Con 78,5 mm de lluvia acumulada el 26 de septiembre de 2026, tenemos condiciones extraordinarias para esta época.

Otro récord que probablemente podríamos superar es el registrado en el distrito de Las Lomas, Piura: en marzo de 2017 cayeron 258,5 mm de lluvia en 24 horas, equivalente a ¡unos 260 litros de agua por cada metro cuadrado!

La ciudad de Piura, con promedios de apenas 8,1 mm en los meses de febrero, registró en febrero de 1983, 557,1 mm de lluvia. ¿Superaremos esos récords? Por otro lado, la temperatura superficial del mar frente a Paita también está superando valores históricos, en torno a los 27 °C, mientras la región Niño 3.4 habría alcanzado casi 30 °C en setiembre. 

Estas condiciones poco frecuentes podrían estar relacionadas con la floración anticipada —hasta 90 días antes de lo habitual, según los reportes— de los bellísimos guayacanes amarillos en los cerros de los bosques estacionalmente secos ecuatoriales de Tumbes y Piura.

Las especies nativas del desierto costero y de los bosques estacionalmente secos ecuatoriales están adaptadas a este ciclo irregular de lluvias. De hecho, sobreviven muchos años áridos hasta el siguiente episodio de lluvias abundantes. Sus semillas pueden permanecer latentes en el suelo durante años y germinar cuando las condiciones sean favorables. El algarrobo o huarango, los faiques, charanes y palo verde, los sapotes, vichayos, overales y perlillos son ejemplos de resiliencia y forman los pilares de la alimentación y el refugio de la fauna silvestre nativa.

También pueden ser herramientas naturales formidables para la restauración de hábitats degradados.

Pero la adaptación, la resiliencia y la extraordinaria capacidad de regeneración de estas ecorregiones no son suficientes para asegurar la continuidad de sus hábitats y servicios ambientales.

¿Y si aprovechamos esta ventana de lluvias para algo más que resistir? ¿Y si, antes del pico de las precipitaciones, identificáramos las fuentes semilleras de nuestros ecosistemas nativos, recolectáramos sus semillas y las preparáramos para la restauración que vendrá después?

La visión podría ser ambiciosa: cada uno de los 1.893 distritos del Perú podría identificar sus especies nativas prioritarias, proteger sus fuentes semilleras y habilitar pequeños viveros locales para restaurarlas.

Esto puede generar un efecto multiplicador de la regeneración natural propiciada por la abundancia de agua, contribuyendo a recuperar la continuidad de hábitats fragmentados y a consolidar corredores biológicos. Durante esta fase lluviosa del episodio de El Niño, las condiciones podrían favorecer la expansión y conexión de hábitats, siempre que las intervenciones se planifiquen con criterios ecológicos y se garantice la supervivencia de las especies restauradas después de las lluvias.

Nuestros antepasados supieron leer las señales de El Niño. Hoy contamos con satélites, estaciones meteorológicas, modelos climáticos y décadas de registros científicos. Aprovechemos estas herramientas en este ciclo de renovada abundancia, apliquemos el conocimiento ancestral y el método científico para potenciar sus posibles efectos positivos.

La Iniciativa para la Restauración de Ecosistemas Nativos Ancestrales (IRENA) está en marcha. Puedes sumarte para compartir propuestas, colaboraciones, voluntariados y actividades sobre cómo aprovechar El Niño para restaurar ecosistemas, promover la diversidad biológica nativa y fomentar un paisajismo responsable.


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