Un repaso a algunas películas y series venidas de la literatura (y una gran recomendación)
Hace muchos años, una conversación con una amiga me llevó a reflexionar sobre las adaptaciones de las obras literarias al cine, y hoy me ha provocado continuar esa charla con ustedes.
Siempre me ha resultado molesta esa idea de que los libros son mejores que las películas, aunque en algunas ocasiones también me causa frustración escuchar a quienes deciden que no van a leer un libro porque ya vieron la película, como ocurrió con mis hijos y El señor de los anillos y con la saga de Harry Potter (aunque esta última decisión no me apenó tanto).
Desde sus inicios, el cine ha buscado inspiración en la literatura y algunos de sus clásicos más importantes, como Lo que el viento se llevó, son adaptaciones a la pantalla. Recuerdo haber disfrutado enormemente del libro cuando lo leí después de ver la película, aunque ahora me queda claro lo problemática que es la visión de Margaret Mitchell, quien buscaba justificar el esclavismo presentándonos el hermoso mundo de antes de la guerra a través de la seductora historia de su protagonista, Scarlett O’Hara.
Crecí viendo El Mago de Oz y leyendo los libros de L. Frank Baum, y creo que ya desde entonces intuía que la pantalla solo podía reflejar una porción muy pequeña de ellos. La razón más evidente está en que se trata de medios distintos, y que lo visual puede ser muy estimulante para la vista, pero se requiere de mucha creatividad para lograr reflejar los mundos interiores que la palabra sí logra plasmar con destreza en el papel.
Una de mis adaptaciones favoritas al cine es la que hizo Alfonso Cuarón de Grandes esperanzas, el clásico de Charles Dickens. Además de trasladar la historia a la Florida y al Nueva York de mediados de los 90, y de tener un reparto con Gwyneth Partlow, Ethan Hawke y Robert De Niro, el color verde reina en la paleta y con él logramos sentir mejor el mundo particular de la señorita Havisham y su sobrina Estella. A pesar de las grandes diferencias entre la obra de Dickens y la de Cuarón, siempre he sentido que la esencia de la novela se mantiene.
Algo completamente inverso me sucedió con Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh. Primero vi la maravillosa serie de los 80 con un joven Jeremy Irons y luego, cuando leí la novela, sentí que no había nada nuevo, que la televisión había capturado maravillosamente todo, incluyendo muchos de los diálogos que se repetían meticulosamente. Años más tarde disfruté mucho de la adaptación al cine y sentí que en ese formato más corto la necesidad de adaptar el material había llevado a decisiones más interesantes.
El debate sobre las adaptaciones tiene un gran campo abonado en la obra de Jane Austen, pues esta se ha llevado a la pantalla hasta el cansancio. La imagen de Colin Firth, con la camisa blanca empapada pegada al cuerpo, ha acompañado durante toda su carrera al actor británico, y ello no desmereció el gran resultado de la adaptación de Orgullo y prejuicio a la pantalla gigante en 2005. Veinte años más tarde estamos a punto de ver una nueva versión de este clásico, así como veremos otra versión para la televisión de Sensatez y sentimiento luego de que Emma Thompson protagonizara para los cines aquella tan conocida de los años 90.
Quizás una de las novelas británicas más llevadas a la pantalla gigante sea Cumbres Borrascosas. Confieso que después de haber leído el libro, y de rehusarme durante un buen tiempo a ver la reciente versión de Emerald Fenell, no me pareció terrible cuando finalmente la vi. Es, claramente, una versión de fantasía que tiene poco que ver con la historia original, pero ese no tendría que ser el problema. Para mí, la pregunta pasa mucho más por indagar si la adaptación es capaz de llevarnos al mundo que imaginó quien la escribió. Y hasta cierto punto, con toda su exageración, esta versión logra poner el foco en la locura que puede causar el amor y la desesperación dentro de sus circunstancias.
En la literatura, Latinoamérica está comenzando a llevar cada vez más obras a la pantalla chica gracias a las posibilidades del streaming. No he visto todavía la versión de Netflix de Cien Años de Soledad, ni la de Pedro Paramo; tampoco lo he hecho con la versión de Como Agua para Chocolate, aunque me dicen que funciona mejor que la película, que en su momento me gustó mucho. Con La Casa de los Espíritus, que leí de chica, me ocurrió que su versión gringa con Meryl Streep, Jeremy Irons, Glenn Close y Winnona Ryder me resultó tan solo aceptable, y muchísimo mejor me pareció la serie chilena que sacó hace poco Amazon Prime.
Sobre adaptaciones, el columnista Aldo Mariategui ha opinado repetidas veces que la película que hizo mi amiga Rossana Díaz Costa de Un mundo para Julius le pareció bastante mala porque se centraba en lo que le sucede a Vilma, la empleada de la casa, a pesar de que al autor de la novela, Alfredo Bryce Echenique, consideró que capturaba la esencia de su obra. A mí me cayó de refilón su crítica porque fui una de las productoras asociadas y entiendo que parte de su frustración se haya debido a la decisión de condensar un universo que podría proyectarse mejor en una serie y, más que probablemente, a su reticencia a aceptar la crítica social que la novela contiene.
Sin embargo, ha llegado el momento de confesar que todo lo escrito hasta aquí ha sido una trampa. Un artilugio para, finalmente, recomendarles que no se pierdan la reciente adaptación de Netflix de Al este del paraíso. Una semana antes de verla, había escuchado durante un largo viaje las veinticinco horas que dura el audiolibro de la novela. Pues, los siete capítulos de la actual miniserie no son más que una fracción de la magnum opus de Steinbeck y, aun así, valen la pena.
Es lo que ocurre cuando se da la maravillosa paradoja de que una obra sea distinta de la novela que la inspiró y, aun así, le sea fiel al mismo tiempo.
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