Mientras León XIV pide proteger el arte, aquí lo siguen censurando
El viernes 2 de octubre, León XIV recibió en el Vaticano a un grupo de artistas y curadores, y horas después resumió su discurso en un tuit que ya superó el millón ochocientas mil vistas. En plena era de la inteligencia artificial, escribió que urge distinguir el arte humano de lo que producen las máquinas, porque entre ambos hay una diferencia ontológica, anterior incluso a la estética. «A los algoritmos les falta la chispa de lo humano», remató. Y cerró con una invitación. La Iglesia, dijo, desea renovar su alianza con los artistas y las instituciones culturales, «una alianza para custodiar lo humano».
La imagen de la chispa no es espontánea. Viene de Magnifica Humanitas, la encíclica sobre inteligencia artificial que el papa publicó en mayo y que ya comenté en esta columna. En su numeral 122, el texto sostiene que la cultura y el arte, cuando son auténticos, custodian esa chispa e impiden que el mal se normalice, y menciona como ejemplos la Novena Sinfonía de Beethoven o el Guernica de Picasso. El tuit del viernes es la versión corta de una idea que León XIV viene construyendo desde hace meses.
Celebro la apuesta. Buena parte del entusiasmo tecnológico trata hoy la creación como un insumo más, algo que se raspa de internet, se procesa y se devuelve en segundos. Tiene peso que alguien con la audiencia de un papa diga en voz alta que una imagen fabricada por cálculo estadístico «a partir de millones de imágenes ajenas» pertenece a otra categoría. La palabra «ajenas» está bien elegida. Detrás de cada modelo que pinta o escribe hay ilustradores y autores cuyo trabajo se usó sin pedirles permiso ni pagarles un sol.
En el discurso completo a los artistas hay una frase que me interesó todavía más. León XIV advirtió que en la era de la técnica y del consumo «el gran peligro ya no es solamente la censura, sino el aplanamiento». Me quedo con ese «solamente». El papa da por sentado que la censura sigue ahí, y tiene razón.
En el Perú, además, sabemos que a veces la tijera la empuñan manos eclesiásticas.
Una alianza supone confianza entre las partes. Y en los últimos tres años, varios artistas peruanos han aprendido que cuando su obra roza un símbolo religioso, lo primero que reciben desde la Iglesia es un pedido de retiro.
Junio de 2023. OutfestPerú, el festival de cine LGBT+ que lleva dos décadas en Lima, presentó un afiche con Santa Rosa coronada de flores con los colores del arcoíris y unos lentes de cine 3D. El prior de los dominicos en el Perú, la orden a la que perteneció la santa, expresó un «rechazo radical«, calificó el afiche de «acto perverso» y exigió retirarlo. El alcalde López Aliaga se sumó con su «repudio absoluto«. El director del festival explicó que los lentes aludían al cine y que la imagen se inspiraba en la entrega de la santa a los más necesitados. La explicación no sirvió para calmar los ánimos.
Enero de 2025. La Conferencia Episcopal Peruana emitió un comunicado contra María Maricón, una obra estudiantil programada en un festival de la PUCP que contaba la historia de un joven gay criado en una familia católica y conservadora. Faltaban más de dos semanas para el estreno y nadie la había visto. Los obispos dijeron defender la libertad de expresión, precisaron que no es un derecho absoluto y pidieron a la universidad «medidas correctivas» y disculpas al pueblo peruano. La historia de un muchacho que intentaba conciliar su fe con su orientación sexual casi fue silenciada por la institución religiosa a la que el artista quería hablarle.
Setiembre de 2026. Santidad, comedia del cusqueño Rodolfo Espinoza filmada íntegramente en Cusco y financiada en parte con estímulos del Ministerio de Cultura, tuvo su avant premiere el 16 de setiembre en el Cineplanet del Real Plaza. Ocho días después, cuando debía empezar su temporada comercial, ya no figuraba en esa cartelera. Según sus productores, el arzobispado del Cusco invocó una cláusula de su contrato con el centro comercial que exigiría que lo exhibido no tergiverse la fe ni la moral. La producción ofreció un enlace para que vieran la película antes de decidir y dice no tener constancia de que alguien la haya visto. El productor Beyker Bances sostiene que el asesor legal del arzobispado llegó a decirle que la censura no es mala. Hasta hoy, el arzobispado no ha dado una explicación pública. La película, por cierto, cuenta la llegada a un pueblo andino de un arzobispo cuya rigidez moral desata una serie de conflictos. Es como si la realidad se hubiera encargado de filmar la secuela.
Los tres casos comparten un patrón. El reclamo se hace en nombre de la sensibilidad de «la mayoría de los peruanos», muchas veces sin haber visto la obra, y apunta a que el público tampoco pueda verla. Nadie le discute a la jerarquía católica el derecho a criticar un afiche o una película, a decir que le ofende o que le parece mala. Lo que está en juego es otra cosa: que una institución use su peso, o un contrato, para decidir qué pueden ver los demás.
Magnifica Humanitas ofrece material para pensarlo. En su numeral 25, León XIV escribe que la Iglesia «no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad» y que la verdad del Evangelio no se impone desde lo alto. En el 86, pide que la doctrina social funcione también como examen de conciencia para la propia Iglesia. Y cuando el viernes les dijo a los artistas que la Iglesia los necesita, citaba a Pablo VI, que en 1964 los reunió en la Capilla Sixtina. Esa homilía tiene un pasaje que suele omitirse. Pablo VI les pidió perdón por haberles impuesto la imitación como canon, por haberles cargado «un peso de plomo» a la espalda, y se comprometió a dejar que sus voces cantaran libremente. Esa disposición a revisar los propios excesos es la que se echó de menos en Lima en 2023 y 2025, y la que hoy se echa de menos en Cusco.
A mediados de noviembre, León XIV llegará al Perú. En Lima lo recibirá una conferencia episcopal que exigió disculpas públicas por una obra de teatro que nadie había visto, y en Cusco, un arzobispado señalado por dejar sin pantalla a una película filmada en la propia ciudad. Custodiar lo humano también implica dejar que los artistas lo muestren como lo ven, aunque eso incluya a una santa con lentes 3D o a un arzobispo poco dispuesto a reírse de sí mismo.
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