Sobre dos películas que viajan al pasado para tratar de entender este presente
Desde sus inicios, el cine nos ha expuesto a interesantes oportunidades para acercarnos al pasado. En 1895, por ejemplo, La ejecución de María Estuardo recreó en 18 segundos este evento histórico. En 1900, Georges Méliès filmó la vida y el martirio de Juana de Arco mostrando su importancia como icono de la nación francesa. Mientras que, en 1915, El Nacimiento de una Nación de D.W. Griffin narró la Guerra Civil en los Estados Unidos de una manera tan controversial que el filme se considera como uno de los más racistas de la historia del cine, ya que el héroe principal es un miembro del Ku Klux Klan.
Historiar en la pantalla nunca es neutral y en los mas de 130 años desde que se vio la ejecución de María Estuardo en celuloide el medio ha ayudado a crear mitos, reforzar ideas sobre el pasado y a contribuir a su discusión. Aunque, claro, en todos los casos las películas nos dicen mucho más sobre el tiempo en que se hicieron y en las intenciones de sus creadores, que sobre el pasado que retratan.
The Uprising, traducida como La rebelión en Latinoamérica y como El hombre que desafió al Rey en España, tiene como protagonista a Andrew Garfield como un campesino medieval quien, cansado después de años de peste, se rehúsa a pagar impuestos por su familia muerta. Basándose en los hechos conocidos sobre la rebelión de 1381 contra Ricardo II, esta cinta nos muestra el desolado mundo de la Inglaterra de los tiempos de la Guerra de los Cien Años. Mezclando lo que se sabe históricamente con personajes ficticios de ese tiempo, la película se pregunta ¿quién tiene derecho a gobernar?
Paul Greengras, el director, ha declarado que la hizo para presentar cómo las personas comunes, hartas de los abusos, se rebelaron contra la autoridad, un tema que en estos tiempos de injusticias puede resonar. Cita como inspiración a Braveheart (1995) y a Gladiador (2000), y si se siguen los comentarios en las redes parece haber encontrado un público entre los fanáticos de juegos de video como Assasins Creed. Otros buscan vínculos con el inicio de las historias de Robin Hood y quieren ver en Garfield a ese héroe popular.
La disfruté inmensamente y la recomiendo a quienes tienen curiosidad por entender tiempos tan lejanos. Sin embargo, disfruté mucho más la épica francesa sobre Charles De Gaulle, que ha tenido una recepción inmensa a pesar de tratarse de dos cintas de más de dos horas cada una. Tuve la fortuna de verlas una detrás de otra en un hermoso cine y con solo una hora de intermedio. Fueron más de cinco horas y si por mí hubiese sido, bien podrían haber durado mucho más. Algunos podrían decir que ya eso da casi para una miniserie de televisión, pero considero que gran parte de la magia se debió a haberla visto en la pantalla más grande posible.
Dentro del género de las películas históricas me gustan en particular las de guerra y, sobre todo, las de la Segunda Guerra Mundial, desde que en algún momento de los 80 vi las casi tres horas de Patton (1970) sin pestañear. Con la excepción de algunas alemanas como The Downfall (2004), que trata sobre los últimos días de Hitler —que se hizo viral con los memes basados en su escena en el búnker— , o la francesa Au revoir les enfants (1987) de Lois Malle —que sigue tan viva en mi memoria como cuando la vi hace más de cuarenta años—, la gran mayoría de películas sobre ese tiempo que he consumido son inglesas o americanas y, por lo tanto, presentan esos puntos de vista con sus sesgos correspondientes.
El megabiopic de De Gaulle, cuyo nombre muchos conocen fuera de Francia solo por el nombre del aeropuerto, nos presenta en el lienzo más grande posible la forma en que este hombre logró convencer a las fuerzas aliadas de que Francia seguía siendo una gran nación y de que seguía en guerra contra los nazis, a pesar de que su ejército y armada se habían rendido y establecido un gobierno de colaboración con el mariscal Pétain en Vichy. Desde la primera escena, en la que De Gaulle dirige un ataque a un tanque desde su automóvil, estamos frente a un personaje inmenso y no solamente porque se trató de un hombre excepcionalmente alto.
Entre varias curiosidades, la película nos presenta a Churchill hablando en francés, como debe haber sido en realidad, porque sin duda lo hablaba mejor de lo que De Gaulle hablaba el inglés, y nos permite recordar a otros héroes como De Clerc y sus impresionantes conquistas, varias retratadas en film en el momento mismo en que sucedieron. También se recuerda la hazaña de Koening en las arenas, cuando 3.700 franceses defendieron un puesto en el desierto contra los 37.000 de la división panzer de Rommel. Recordamos también situaciones terribles, como el fallido desembarco en Dakar, o la destrucción de la flota francesa por parte de los aliados.
Antonin Baudry, un exdiplomático y autor de cómics, hace de esta película el viaje de un héroe que, a pesar de las dificultades extremas, está convencido de su lugar en la historia. De Gaulle provenía de una familia de intelectuales y militares y estaba seguro de la grandeza de Francia; estuvo incluso a punto a dedicarse a la Historia. Baudry nos presenta a un hombre petulante, persuadido de su propia importancia, pero que no deja de creer ni por un momento, incluso frente a las dificultades más inmensas, que la suya es una gran nación, no solo compuesta por la Francia continental, sino por todo el imperio. La película nos lo presenta jugando siempre con una mano mucho más débil frente a los líderes de las grandes potencias, pero (casi) sin dudar de su capacidad de poder salir airoso.
En el contexto actual de un mundo donde las grandes potencias de nuevo muestran que solo ellas tienen capacidad de decisión, y con una Francia próxima a unas elecciones que podrían poner en el gobierno a la extrema derecha, esta película apuesta por la idea de la gran nación que sigue luchando, aunque esté aparentemente abatida.
Qué mejor espacio para encender reflexiones y debates sobre esta coyuntura que el cine.
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