La manada que me eligió


La suerte que tuve al dejarme adoptar por mis perros


El primero fue Tarzán. No fue un perrito adoptado, propiamente dicho, sino un perrito heredado. Una amiga me preguntó si podía acogerlo porque en su casa ya tenían muchos perros, y este cachorro le hacía honor a su nombre: saltaba de un sofá a otro y armaba impunemente alborotos como si fuera el rey de la selva. Me lo pensé. Muy seriamente. Siempre me habían gustado los perros, pero desde que salí de casa de mis padres no me había animado a tener mascotas propias. Me daba flojera la responsabilidad, lidiar con el aprendizaje de pilas y cacas, y la posibilidad de que destruyeran mis cosas. Si no hubiera sido porque mi hijo Adriano por ese entonces le tenía pánico a los perros, no me hubiera animado. Una mascota le quitará el miedo, pensé, y debo reconocer que no me equivoqué.

Tarzán fue un West Highland white terrier cabezón, que no tenía idea de sus orígenes aristocráticos y que se movía por la casa con la gracia y la desfachatez de un guapo de barrio. Era un animalito inteligente como pocos, que no solo se robó el corazón de mi hijo —quien descubrió que los perros no eran unos monstruos enviados por el diablo para saltarle encima—, sino que se convirtió en mi compañero más fiel, en mi sombrita blanca, en el único ser vivo capaz de captar mis estados de ánimo con solo escucharme respirar. Recuerdo sus saltos de euforia cuando descubría que había algo que celebrar, algo por lo cual estallar en carcajadas, y también su cabecita pesada, lánguida, apoyada en mi hombro o mi estómago cuando eran épocas de penas, de tristezas profundas. Una vez que tuve que soportar algún apanado de aquellos que te roban el alma en las redes sociales, ese perrito se la pasó a mi lado, sin moverse y sin querer comer. Parecía enviado para asegurarse de que siguiera adelante, de que no me dejara derrotar. Por ello, después de años de estar juntos, el día que lo mató la erliquia —una enfermedad que les da a los perritos por culpa de las garrapatas—, parte de mí se fue con él. Lo lloré días. Semanas. Y aún hoy, cada vez que lo recuerdo, se me llenan los ojos de lágrimas y el espíritu de agradecimiento. Te extraño mucho, mi lord inglés del colegio de Harry Potter.

El 23 de setiembre se celebró el Día del Perro Adoptado y confieso que cuando me enteré de la fecha, de la que no tenía ni idea, me pareció una huachafería más, como el Día del Pollo a la Brasa o el Día del Cactus. Pero Tarzán volvió a mi memoria, y con él, la convicción de que el mundo está lleno de animalitos que están esperando que los recibas para demostrarte todos los días de tu vida que te quieren incondicionalmente. Con los perros adoptados, con esos que recoges de la calle o de algún lugar donde ya no los pueden tener, ocurre algo casi inexplicable: desarrollan por quien los acoge un amor, una incondicionalidad, que te recuerdan que eres valioso, que eres importante, que hay un ser vivo en este mundo que está seguro de que eres lo mejor que les ha pasado. Y discúlpenme, pero esa es una sensación que vale la pena experimentar. Aunque suene narcisista o egoísta.

Hoy me acompaña Blanca, una perrita que llegó con más de tres años. Tenía marcas de cortes y quemaduras que daban cuenta del maltrato que había vivido. Al comienzo, no quería ni mirarme y mi sola voz le daba tanto pánico que, literalmente, se hacía la pila de miedo. A pesar de ser una perrita tranquila, muy pacífica, actualmente es capaz de volverse una fiera si siente que algo o alguien me va a hacer daño. También está Muñeca, una perrita peruana, que puede pasarse un día entero a mis pies sin emitir ni un solo sonido, sin fastidiar ni pedir nada. Se conforma con tenerme cerca y sentir mi respiración. El trío lo completa Lola, una beagle gordísima que se cree la reina del guaguancó y que les quita a las otras dos el agua, la comida y las mantas. Pero cuando me ve llegar, llora y da tales brincos de entusiasmo que soy capaz de perdonarle cualquier cosa. 

Blanca está ciega y se le sale la pila, a Muñeca le falta un ojo y Lola está obesa. Las tres están viejas y llenas de caprichos. Sin embargo, con todos sus achaques, males y manías, las volvería a recoger mil veces.

Feliz Día del Perro Adoptado a todos los animalitos que nos devuelven la vida cada día. Aunque no lean esto, hagamos que lo sepan.


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