Una biblioteca que se derrite 


Quelccaya, el gran archivo climático de los Andes que estamos dejando desaparecer


En Denver, Colorado, existe una de las colecciones más extraordinarias del mundo. No son zanahorias naranjas, amarillas o violetas, ni una muestra de la biodiversidad de ese prodigioso tubérculo. Son zanahorias de hielo, brillantes como el sol y transparentes como el agua.

En inglés se llaman ice cores: núcleos de hielo. Son cilindros extraídos de las profundidades de glaciares y casquetes de hielo. En el National Science Foundation Ice Core Facility (NSF-ICF), en Lakewood, Colorado, se conservan más de 22.000 metros de núcleos de hielo, procedentes principalmente de la Antártida, Groenlandia y Norteamérica, en enormes cámaras mantenidas a unos -36 °C. Es, en cierta forma, una biblioteca. Solo que sus libros no están hechos de papel, sino de nieve.

Cada capa de nieve caída hace cientos o miles de años fue comprimida por las siguientes hasta convertirse en hielo. En ella quedaron atrapadas diminutas burbujas de aire, polvo, cenizas volcánicas, aerosoles e isótopos. Son pequeñas cápsulas del tiempo: contienen muestras de la atmósfera que existió mucho antes de que inventáramos los termómetros. Al analizarlas, los científicos pueden reconstruir cómo era la atmósfera y cómo cambió el clima cuando todavía no existían estaciones meteorológicas ni satélites.

En Europa existe otro gran archivo en Bremerhaven, Alemania, vinculado al Alfred Wegener Institute. Allí se conserva parte de los núcleos obtenidos en grandes expediciones antárticas. Uno de los más extraordinarios proviene de Dome C, donde el proyecto europeo EPICA perforó hasta 3.260 metros de profundidad y recuperó un registro de aproximadamente 800.000 años de historia climática.

Nosotros en Perú también tenemos una colección. Solo que no está en una cámara frigorífica: está todavía en una montaña. Es el glaciar Quelccaya, en la cordillera Vilcanota, entre Cusco y Puno, uno de los grandes archivos naturales del clima de los Andes tropicales.

Las primeras expediciones de Lonnie Thompson y su equipo comenzaron en la década de 1970. En 1983 perforaron el casquete hasta el lecho rocoso y uno de ellos alcanzó 168,68 metros, obteniendo un núcleo de la cumbre que permitió reconstruir unos 1.500 años de variaciones climáticas y ambientales. Medio siglo después, esos datos siguen siendo una referencia mundial para entender el clima de los Andes tropicales.

Pero, como los hielos del Himalaya y los de los Alpes suizos, el Quelccaya se está derritiendo y el archivo que contiene, que nos permite leer el pasado, está desapareciendo mientras aprendemos a leerlo. El Instituto Nacional de Investigación de Glaciares y Ecosistemas de Montaña, INAIGEM, publicó el año pasado Quelccaya: Laboratorio natural para la ciencia y la humanidad, fruto de siete años de investigación y de la revisión de más de 70 publicaciones científicas acumuladas durante cinco décadas. El estudio confirma el enorme valor del Quelccaya como archivo climático, ecosistema de montaña, patrimonio cultural y reserva hídrica.

Pero este archivo peruano se está borrando. En menos de cuatro décadas, el Quelccaya perdió 58 % de su superficie cubierta de nieve y 37 % de su superficie total. Entre 1985 y 2022, el área total pasó de unos 58,7 a 36,7 km². Y los episodios de El Niño aceleran la pérdida. 

Hoy, INAIGEM estima que el casquete almacena unos 2.430 millones de metros cúbicos de agua, equivalentes a unos cien años del consumo hídrico de la ciudad del Cusco.

El Quelccaya parece inmenso, pero no lo es. Es una reserva finita de agua congelada que estamos gastando. Con su deshielo, no estamos perdiendo solamente un paisaje blanco, estamos perdiendo una reserva hídrica, un regulador de los caudales de la estación seca y uno de los archivos climáticos más extraordinarios de los Andes.

Y el agua del glaciar no es solamente agua para beber. También es agua para cultivar. Las aguas que nacen en estas montañas alimentan ríos, bofedales, pastizales y sistemas de riego de los que dependen comunidades altoandinas, agricultura y ganadería. En los valles del Vilcanota sostienen una extraordinaria diversidad agrícola, cultivada durante miles de años: papa, maíz, quinua, habas y muchas otras variedades adaptadas a distintos pisos ecológicos.

Y hay algo que la ciencia moderna tardó mucho en reconocer: para las comunidades quechuas que viven a sus pies, el Quelccaya nunca fue un “recurso”. Es un Apu: una montaña sagrada, viva y protectora. Perderlo significa perder páginas de nuestra historia climática y, al mismo tiempo, poner en riesgo una reserva de agua que sostiene ecosistemas, comunidades y agricultura, incluso la a crianza altoandina de alpacas y llamas.

Mientras algunos lobbies presionan nuestro gobierno a desafectar áreas naturales protegidas para explotar hidrocarburos —un sinsentido histórico en medio de una crisis climática cada vez más acuciante— científicos como Lonnie Thompson están proponiendo exactamente lo contrario: proteger antes de perder. Su propuesta plantea crear un parque nacional para proteger unas 503.000 hectáreas alrededor del Quelccaya. No para congelar el territorio, sino para conservar un archivo climático de enorme interés científico, una reserva de agua, ecosistemas altoandinos y un paisaje cultural vivo. La idea no parte de cero: científicos como Gustavo Valdivia, asociado a CONDESAN, comunidades locales e instituciones peruanas llevan años documentando el valor científico, ecológico y social del territorio. 

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