¿Cómo preservar un ecosistema si los saberes no se intercambian?

Oriana Lucía Heredia tiene una maestría en Antropología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Trabaja como investigadora asistente en el Grupo de Análisis para el Desarrollo, habiendo participado en proyectos sobre conservación de bosques, infraestructura sostenible e industrias extractivas.
El 10 de setiembre se clausuró el IV Curso de Ciencias Sociales para la Conservación, organizado por San Diego Zoo Wildlife Alliance y el Grupo de Análisis para el Desarrollo (GRADE). El curso tuvo como objetivo fortalecer las capacidades técnicas de sus participantes para la gestión efectiva de socioecosistemas, promoviendo una conservación que valore las voces, conocimientos y experiencias de las poblaciones locales y los pueblos indígenas de la Amazonía peruana, con especial énfasis en las áreas naturales protegidas.
Esta edición contó con dos modalidades de participación: una dirigida a jóvenes líderes de comunidades matsigenka ubicadas dentro del Parque Nacional del Manu (PNM) y su zona de amortiguamiento, y otra dirigida a jóvenes con formación en ciencias sociales. Aunque ambas modalidades desarrollaron inicialmente sus actividades de manera paralela, sus participantes se encontraron durante la etapa presencial, que se extendió por un mes en la estación biológica de Cocha Cashu, al interior del PNM, y en un trabajo de campo en dos comunidades de la zona de amortiguamiento del parque. A lo largo de este proceso, los estudiantes de ambas modalidades realizaron dos trabajos distintos. Por un lado, los jóvenes matsigenka diseñaron y realizaron investigaciones en sus comunidades y, por otro, los jóvenes con formación en ciencias sociales perfeccionaron el diseño de proyectos de investigación que realizarán más adelante. Son esos trabajos los que presentaron en el evento de clausura.
En ese sentido, el diseño del curso respondió a dos necesidades complementarias: formar profesionales críticos y comprometidos con los desafíos de la conservación y, al mismo tiempo, fortalecer las capacidades locales de los pueblos indígenas para participar activamente en la gestión de sus propios territorios. Sin embargo, además de sus objetivos iniciales, el curso terminó convirtiéndose también en un espacio de encuentro, diálogo y aprendizaje compartido. Por ello, en este texto no voy a profundizar en el diseño del curso (sobre el cual ya he escrito un artículo previo en este mismo medio), sino que me centraré en recoger algunas de las reflexiones y aprendizajes que fueron resaltados por los participantes e instructores durante el evento de cierre.
Uno de los principales aprendizajes fue reconocer que el curso fue, en sí mismo, un proceso de cocreación de conocimientos. La experiencia no se limitó a la transmisión unidireccional de conceptos y herramientas, desde los instructores hacia los estudiantes, sino que permitió poner en diálogo distintos conocimientos, experiencias y formas de comprender el territorio. Las experiencias de los jóvenes matsigenka aportaron perspectivas construidas desde su relación cotidiana con sus territorios, sus comunidades y el bosque, mientras que los estudiantes de ciencias sociales contribuyeron con herramientas conceptuales y metodológicas provenientes de su formación académica. Asimismo, esta retroalimentación constante entre ambos grupos se hizo más fácil gracias a los vínculos de amistad y confianza generados durante la convivencia. La trascendencia de estos vínculos es, sin duda alguna, uno de los logros más importantes.
Esta experiencia llevó también a una reflexión sobre la interculturalidad y el papel que deben asumir las instituciones. Durante el curso quedó en evidencia que los pueblos indígenas desarrollan cotidianamente capacidades para desenvolverse entre diferentes lenguas y sistemas de conocimiento. En ese sentido, como mencionó la antropóloga Luisa Elvira Belaúnde, son actores que practican la interculturalidad de manera constante. Una experiencia especialmente significativa fue observar cómo los propios estudiantes matsigenka asumían muchas veces el rol de traducir y explicar conceptos complejos a sus compañeros en castellano.
Esto plantea un desafío importante para las instituciones vinculadas a la conservación: la interculturalidad no debería ser una responsabilidad que recaiga únicamente sobre las poblaciones indígenas. Por el contrario, debe ser una responsabilidad compartida, que implique que las propias instituciones revisen sus formas de comunicación, participación y producción de conocimiento, y desarrollen capacidades para relacionarse de manera más horizontal con los actores de los territorios, tomando en cuenta sus conocimientos.
Asimismo, el curso permitió reafirmar la importancia de investigar desde el territorio y con las personas que lo habitan. Los trabajos desarrollados por los estudiantes mostraron que comprender los desafíos de la conservación requiere mirar más allá de los aspectos estrictamente ecológicos e incorporar las dinámicas sociales, económicas, culturales y políticas que atraviesan los territorios.
Los aprendizajes del IV Curso de Ciencias Sociales para la Conservación muestran que construir una conservación más inclusiva requiere fortalecer las capacidades de los jóvenes, generar espacios reales de diálogo intercultural y reconocer la diversidad de conocimientos que existe en los territorios. También evidenció que estos procesos requieren apertura y, sobre todo, disposición de las instituciones para aprender de quienes históricamente han tenido menos espacio en las discusiones sobre conservación. Quizás uno de sus principales resultados haya sido, precisamente, demostrar que conservar también implica aprender a escuchar, reconocer otros saberes y construir colectivamente nuevas formas de relacionarnos con los territorios.
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