Un acierto del SERFOR y nuestra exigencia para tener ciudades arboladas tipo 3:30:300
La buena noticia de la semana, justo cuando empieza la primavera en Perú, es que nuestro Servicio Forestal y de Fauna Silvestre, SERFOR, ha presentado un nuevo programa nacional de bosques urbanos. Todavía no se oficializa y no sabemos si terminará llamándose programa, plan o estrategia, pero eso es lo de menos: después de varios años de espera, finalmente tenemos sobre la mesa una hoja de ruta para que el Estado (ese con E mayúscula al cual muchos aspiramos) empiece a conducir una estrategia nacional para conservar, cuidar, restaurar y valorar la infraestructura verde de nuestras ciudades.
Una funcionaria entusiasta presentó la propuesta hace poco, en el Festival de Ciudades Vivas, realizado en el parque Voces por el Clima de Surco. Y, desde allí, aplaudimos.
La propuesta de SERFOR es de corto plazo y llega hasta fines del 2027. Entre sus metas está construir un modelo institucional de gestión de los bosques urbanos en cinco localidades piloto: los distritos de Surco e Independencia en Lima Metropolitana; Huancayo, Yarinacocha y Mollendo. La costa, selva y sierra están representadas.
La idea es que en cada uno de estos lugares se establezcan bosques urbanos y además se promueva la gestión de árboles patrimoniales y jardines botánicos.
Si todo marcha bien, en los próximos meses también podríamos contar con un visor digital con información interactiva sobre bosques urbanos, árboles patrimoniales, jardines botánicos y fauna silvestre urbana. Tendríamos cinco grandes bosques urbanos con una gestión activa, un protocolo oficial para la gestión de la fauna silvestre urbana y diversas guías técnicas para orientar a alcaldes y promotores urbanos en forestería urbana, jardines botánicos y otros temas. Todo ello, salpicado de acciones de sensibilización pública y capacitación.
Desde la tribuna, entonces, aplaudimos el esfuerzo y el compromiso formal con un asunto que nos concierne a casi todos los peruanos: al fin y al cabo, 8 de cada 10 de nosotros vivimos en áreas urbanas.
Y aquí empieza el problema.
Mientras en el mundo se populariza la regla 3:30:300, que propone que podamos ver al menos tres árboles desde nuestra vivienda, escuela y lugar de trabajo, que nuestros barrios alcancen alrededor del 30 % de cobertura árborea, y que tengamos un espacio verde de calidad a no más de 300 metros de la casa, muchos peruanos ni siquiera tenemos un árbol que nos dé sombra.
Así que aplaudimos a SERFOR, pero queremos más. Más ambición, más presupuesto, más liderazgo, más movilización ciudadana, más articulación con otros sectores que también tienen competencias sobre nuestras maltrechas ciudades. Por ejemplo, el Ministerio de Vivienda, que conduce las políticas de vivienda y urbanismo del país, o el Ministerio del Ambiente, que lidera las políticas ambientales y de gestión del cambio climático. También se requiere un trabajo con los gobiernos regionales y municipales, las empresas de agua, las escuelas, las universidades, las empresas privadas.
Necesitamos más ambición y presupuesto porque las ciudades se están sobrecalentando. Y porque todos los niños y niñas del Perú tienen derecho a jugar en un parque verde y fresco. Necesitamos más liderazgo y articulación, porque la tarea es inmensa y los sectores deben bailar juntos, sin ponerse zancadillas unos a otros. Necesitamos más movilización ciudadana y del sector privado porque una ciudad no se vuelve verde por decreto: se vuelve verde y fresca cuando sus ciudadanos la plantan, la cuidan y la defienden.
Lanzo así algunas ideas que quizás SERFOR pueda pescar para construir una estrategia atrevida y transformadora, de mediano plazo. Pues, además de llevar la ciencia al poder, hay que llevar la imaginación al poder: trastocar la manera usual de hacer las cosas, traspasar los límites de las competencias formales, cuestionar las brechas castradoras del Ministerio de Economía y Finanzas.
Si de mí dependiera, llamaría a todos los nuevos alcaldes de las capitales de departamento y de las 196 provincias del Perú para proponerles un pacto: convertir sus ciudades en ciudades verdes, frescas y biodiversas. Que cada alcalde se comprometa con metas concretas de árboles, cobertura verde, parques y conectividad ecológica.
¿Y si alguna autoridad arma un plan 3-30-300 para su ciudad? ¿O crea parques agrícolas periurbanos para sostener la producción local de alimentos? ¿O copia el modelo de Londres o Breda, y convierte a su urbe en una “ciudad parque nacional”? Aquí toda la ciudad se concebiría como un gran ecosistema, y la trama verde se infiltraría en todo el territorio urbano y periurbano, asegurando no solo bosques y áreas verdes, sino también un sistema alimentario más sostenible.
Con apoyo de los fondos climáticos globales, crearía un fondo climático urbano, que financie proyectos de infraestructura verde y soluciones basadas en la naturaleza en las ciudades. Un fondo que premie la innovación, la equidad territorial, la participación ciudadana. Y que permita que una buena idea nacida en Lima, Huancayo o Yarinacocha pueda convertirse en un modelo replicable en otras ciudades. A través del Fondo, financiaría viveros forestales urbanos que produzcan árboles y plantas nativas, pero que sean más que viveros. Que sean centros de interpretación de la naturaleza urbana: lugares donde los escolares puedan aprender qué árbol tienen delante y qué territorio habitan; donde los vecinos puedan llevarse un árbol y comprometerse con su cuidado.
Promovería acciones más pequeñas, pero no por ello, menos impactantes. Lo pequeño es hermoso, decía E.F. Schumacher en su libro Economics as if people mattered. Que lo hermoso sea poderoso, como dice mi amigo, el ecólogo Ramón Folch.
Crearía microbosques en cada rincón posible. Cada losa deportiva, cada patio escolar, cada esquina, cada terreno residual, cada espacio público subutilizado debería preguntarse: ¿podemos plantar aquí? A veces, 25 metros cuadrados bien diseñados pueden convertirse en un pequeño refugio de biodiversidad, sombra y aprendizaje.
Crearía circuitos de árboles patrimoniales en la ciudad: ¿te imaginas caminar y conocer nuestros árboles como conocemos nuestros monumentos? Que cada árbol patrimonial tenga nombre, historia, ficha y código QR.
Y plantaría tres árboles grandes en cada escuela: uno para dar sombra, otro para biodiversidad y otro para enseñar. Y que tengan un pequeño cartel que diga quiénes son. Porque un niño que aprende el nombre de un árbol difícilmente se atreverá a mocharlo o talarlo cuando será grande.
¿Y tú, qué propondrías para tener ciudades más verdes?
Mientras esperamos tus ideas, ¡celebremos la primavera! Así como lo hicieron dos palomas que, mientras nosotros debatíamos el nuevo programa de bosques urbanos en el auditorio abierto del parque Voces por el Clima, se reproducían tranquilamente en el dosel de un árbol, justo encima de nuestras cabezas.
Un acto auspicioso, pensé.
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