La mediocridad, ese privilegio de pocos


Un académico negro y un actor peruano nos recuerdan las fisuras de la meritocracia 


La mayoría de nosotros somos bastante normales: tenemos días brillantes donde acertamos, y otros mediocres con varias equivocaciones. Sin embargo, esta humana “normalidad” no le cuesta lo mismo a todos. Hay personas que pueden tener una carrera correcta sin ser deslumbrantes, beneficiarse de una recomendación, aprender sobre la marcha, e incluso ocupar posiciones importantes sin que nadie se cuestione qué tan excepcionales son. Para algunos, ser suficientemente buenos, basta. Pero otros deben demostrar, una y otra vez, que son extraordinarios.

Hace algunos meses escribí sobre una cara de este problema: cómo a los pobres se les suele exigir excelencia para ser respetados, admitidos y ganarse siquiera el derecho a una oportunidad. La otra cara es igual de importante: hay quienes pueden cometer errores, aprender sobre la marcha o simplemente no destacar demasiado sin que nadie cuestione su presencia.

El reciente y sonado caso del académico británico Jason Arday permite observar esa tensión. Arday llegó a la Universidad de Cambridge rodeado de una narrativa excepcional: el profesor negro más joven que, además, había superado enormes dificultades personales. Después surgieron acusaciones de plagio, aparentes exageraciones en su biografía y preguntas legítimas sobre sus credenciales. En un principio, exigir explicaciones era algo que sonaba razonable. 

Pero su caída pronto dejó de ser la historia de un académico bajo escrutinio y se convirtió en una guerra cultural: algunos medios le dedicaron una cantidad desproporcionada de titulares. El académico y escritor Tyler Austin Harper, para un texto en The Atlantic , indicó que las personas negras dentro de espacios de élite pueden quedar atrapadas entre estándares demasiado bajos y demasiado altos: primero se las eleva condescendientemente como símbolos pero, cuando fallan, sus errores se usan para generalizar a todo un grupo. Arday, en plena tormenta pública, optó por quitarse la vida. Sus posibles acusaciones no borran el hecho de que detrás de los titulares había una persona y que estamos frente a una dolorosa tragedia.

Durante mis años en Harvard vi una versión menos dramática de este doble estándar. Se hicieron públicos casos de académicos, digamos, no tan talentosos a quienes durante años se les perdonaron traspiés profesionales; y solo asuntos mucho más graves, como denuncias de acoso o de vínculos con el delincuente sexual Jeffrey Epstein, terminaron precipitando su retiro. Su falta de brillantez no se planteó como una amenaza angular del prestigio de Harvard. El contraste resulta mayor si recordamos el ensañamiento contra Claudine Gay, su primera presidenta negra, que no llegó a cumplir un año en el cargo. Y tampoco conviene ignorar quiénes suelen impulsar estas campañas: basta revisar a algunos de los primeros promotores de las ofensivas contra Gay y Arday para encontrar una fijación evidente con la raza (y el racismo) y las políticas de diversidad. Eso no invalida las críticas, pero sí obliga a preguntarnos por qué ciertas faltas reciben una vigilancia feroz y otras una tolerancia sorprendente.

Las instituciones de élite son polos de atracción de talento: hay gente brillante, pero también gente simplemente competente. Todo bien con eso. El problema aparece cuando esa normalidad se acepta en algunos, mientras en otros un desempeño regular se convierte en evidencia de que quizá nunca debieron estar allí. Seguramente conocemos versiones de esta desigualdad fuera de la universidad: el “hijo de” que llega lejos siendo apenas competente, el gerente impulsado tanto por sus conexiones como por sus habilidades o el político que llegó por adulador y no por experto. Por ejemplo, Donald Trump ha utilizado durante décadas su paso por una universidad Ivy League como marca de prestigio, aunque sus calificaciones nunca las quiso hacer públicas. Lo llamativo es que nunca necesitó demostrar excelencia académica para beneficiarse de ese capital simbólico. Por eso, quienes trabajamos en educación deberíamos ser cuidadosos al hablar de mérito. Reclutar, formar y promover talento de sectores históricamente excluidos no significa bajar estándares, sino reconocer algo bastante común entre los privilegiados: muchas personas reciben oportunidades antes de ser excepcionales y aprenden mientras ya están dentro.

De yapa, pienso en las recientes declaraciones del actor peruano Marco Zunino sobre los cambios en la industria televisiva nacional. Zunino reflexionó sobre que antes a las personas de piel más oscura se las contrataba menos o solo se les daba papeles de sirvientes, mientras los fenotipos blancos monopolizaban los protagónicos. Sin embargo, indicó que ahora el país se habría ido “un poco al extremo” y que a algunos actores les cuesta conseguir trabajo por ser “blancos, rubios o de ojos azules”. La televisión peruana sigue lejos de representar la diversidad racial del país, aunque sí ha habido una apertura gradual hacia otros rostros, acentos y experiencias. Quizá sin proponérselo, Zunino revela que cuando una ventaja que se asumía como normal empieza a reducirse, puede sentirse genuinamente como “una injusticia”. Y eso puede ocurrir con la raza, el género, la clase, o la procedencia.

No, esto no es una defensa de la incompetencia, no seamos básicos. El plagio, el acoso y la deshonestidad deben tener consecuencias. Pero si aceptamos que las personas pueden necesitar tiempo para crecer, atravesar etapas poco brillantes, equivocarse y recibir una segunda oportunidad, ese margen también debería estar disponible para quienes históricamente han tenido que demostrar mucho más para entrar. 

Me permito sugerir que una sociedad menos desigual debería aspirar a algo más cotidiano: que personas de distintos orígenes puedan ser brillantes, buenas, regulares; equivocarse y mejorar sin que cada tropiezo se convierta en un juicio sobre si debieron haber llegado hasta allí. Sí, busquemos la excelencia. Pero el derecho a lo “no extraordinario” tampoco debe seguir siendo un privilegio de pocos.


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