Ugarteche en el arcoíris


Recordando al enorme intelectual y activista, a un mes de su partida


La semana pasada se cumplió un mes de la muerte del economista Óscar Ugarteche, uno de los pioneros del activismo por los derechos de las personas homosexuales en Perú y América Latina. En 2017 le pedí que escribiera el prólogo de Más allá del arcoíris, un libro de entrevistas a autoridades LGBTI de la región. Lo que llegó desde Cuernavaca, México, fue bastante más de lo solicitado, un texto largo que empieza en la teoría, termina en la memoria personal y cuenta desde adentro la fundación del Movimiento Homosexual de Lima. Lo he releído en estos días y quisiera compartir con ustedes algunas de sus ideas, a modo de homenaje. 

Arranca con una idea que suena abstracta y aterriza rápido. Ser LGBT, escribe, es antes que nada pararse frente a la sociedad desde un lugar distinto al de la mayoría. El deseo viene después y depende de cuánta libertad haya alrededor. Se puede desear en un país que persigue, pero no vivir ese deseo del todo. Lo que queda es la culpa.

De ahí sale su explicación de por qué el movimiento empezó en donde empezó. Ugarteche había leído a Herbert Marcuse en la universidad y se quedó con una idea suya: cuando una sociedad reprime durante suficiente tiempo, el reprimido termina haciendo suya la voz del que lo reprime y se vigila solo. Si eso es cierto, la primera pelea ocurría dentro de cada uno. Había que conseguir que la gente dejara de creer que estaba enferma, o que estaba haciendo algo malo.

La otra pata de su razonamiento viene de Foucault. La persecución tiene fechas, dice, y por eso tiene causas. Durante siglos, la homosexualidad fue tratada como pecado y recién después pasó a ser delito, cuando hizo falta gente que se reprodujera para repoblar Europa y luego para llenar las fábricas. Lo que se presentaba como una verdad eterna había sido fabricada en un momento concreto y por razones bastante terrenales. De Foucault toma, además, la idea de que el poder circula por toda la sociedad en vez de estar guardado en un solo sitio. El cambio empieza cuando quienes fueron definidos por una verdad ajena dejan de aceptarla, mucho antes de que el Estado lo reconozca.

La segunda mitad del prólogo es un relato en primera persona y es mi parte favorita, porque aporta mucha información para la historia del activismo peruano. Ugarteche conoció a Roberto Miró Quesada en el Instituto de Estudios Peruanos en 1979, en una cita a la que este llegó “con perro y todo”. Uno venía de leer a Marcuse, el otro de escuchar a Foucault en Chicago. De esa mezcla sale el marco de ideas del movimiento peruano. Años más tarde, Ugarteche ubica a Foucault en Nueva York, se reúnen en un café del Village y él manda a Lima los materiales con los que se redactaría el manifiesto fundacional. Con ese texto nace el MHOL el 15 de octubre de 1982, en una casa de Punta Negra, entre doce personas. 

El país de esos años aparece sin maquillaje. La policía entraba a bares y discotecas y se llevaba doscientas personas a la comisaría, con total impunidad. Pero la puerta de salida empezó a abrirse en el teatro. El beso de la mujer araña se montó en La Cabaña en 1984 y en el Segura en 1985, con mil personas adentro y el local cedido por la Lima de Izquierda Unida. Dos representantes del MHOL hablaron al final desde el escenario.

Vinculado a Izquierda Unida, Ugarteche también narra una de las primeras derrotas del activismo. En 1985, el MHOL logra que el plan de gobierno del frente izquierdista incluya la no discriminación por orientación sexual. Se había aprobado en el pleno… pero desapareció en la versión impresa del plan. Ugarteche comenta, con su humor característico: “Nunca supimos si fue mucho catolicismo o mucho comunismo”. 

Su diagnóstico del país no ha envejecido. A los periodistas que aseguraban que los derechos LGBT llegarían solos, con el tiempo, les responde que no. De la prensa peruana escribe que le da más espacio a los dueños de los prejuicios que a sus víctimas. Y advierte contra una costumbre instalada en los noventa, la de tratar los derechos de una minoría como si dependieran de lo que diga la mayoría en una encuesta.

El prólogo termina con un deseo: que esa manera única de entender la familia se acabe de una vez para que pase adelante lo importante, la felicidad y la igualdad. Lo firmó en Cuernavaca el 10 de junio de 2017, cuando llevaba casi cuarenta años en esa lucha.

Se casó con Fidel Aroche en México en 2010, y peleó más de una década para que Perú lo reconozca legalmente. El Tribunal Constitucional finalmente le dijo que no en 2020. Murió soltero para el Estado peruano. Una vergüenza con la que todos tenemos que cargar.

Descansa en paz, Óscar. Hoy somos un poco más libres gracias a ti. Y seguiremos en la lucha. 


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