Te quieren solo


De cómo, poco a poco, se erosiona nuestra vida en comunidad


¿Cómo se clasifica la pobreza? En el Perú lo hacemos todos los años. Trazamos una línea y contamos cuántas personas quedan por debajo. En 2025, el INEI calculó que una persona necesitaba 462 soles (137 dólares) al mes para cubrir una canasta básica de alimentos, bienes y servicios esenciales. Quienes vivían en hogares cuyo gasto por persona no alcanzaba ese monto eran considerados pobres; quienes ni siquiera podían cubrir una canasta básica de alimentos, pobres extremos. Ese año, el 25,7 % de la población peruana se encontraba en situación de pobreza monetaria y el 4,7 % en pobreza extrema.

Necesitamos esas cifras. Nos permiten dimensionar desigualdades, diseñar políticas públicas y recordar que detrás de cada porcentaje hay personas que deben decidir qué comprar, qué postergar y a qué renunciar. Pero cuando hablamos de calidad de vida, la definición se vuelve más difícil.

Imaginemos dos hogares. En el primero no hay automóvil, varias personas comparten una vivienda y cada gasto debe calcularse con cuidado. Cuando alguien enferma, sin embargo, una hermana lleva comida, una tía recoge a los niños y los vecinos probablemente notarían si algo anda mal. En el segundo puede haber refrigeradora, lavadora y un automóvil estacionado afuera, pero pocos familiares cerca, casi ningún vínculo con los vecinos y nadie evidente a quien llamar frente a una crisis. Las estadísticas podrían decirnos cuál de esos hogares se encuentra por debajo de la línea de pobreza. Saber en cuál se vive mejor exige mirar otras cosas.

Pensé en ello al leer el reciente artículo que Brunella Tipismana, una joven peruana graduada de la Universidad de Yale, que se publicó en The New York Times. Tipismana cuenta que creció en un barrio de clase trabajadora de Lima y en vulnerabilidad económica. Cuando su trabajo periodístico la llevó a recorrer algunas de las zonas más pobres de Estados Unidos, creyó que sabría reconocer aquel contexto.

En Arkansas, Kentucky y Oklahoma, sin embargo, halló a estadounidenses considerados pobres que manejaban automóviles, vivían en casas con aire acondicionado y compraban alimentos mediante programas de asistencia pública. Ella misma reconoce que al principio le costó entender y empatizar con esas situaciones. Desde su experiencia peruana, algunas de aquellas vidas podían parecerse más a las de una familia de clase media en Perú.

El viaje fue revelando otros aspectos. Encontró pueblos golpeados por las adicciones, jóvenes con pocas expectativas sobre su futuro, problemas de salud mental y personas que enfrentaban circunstancias difíciles con redes familiares y comunitarias débiles. En muchos de esos lugares había también una profunda soledad.

Tipismana recordó entonces algo de su propia experiencia en el Perú: había crecido rodeada de tías, primos, vecinos y amistades. Sus padres todavía recuerdan a gente del barrio que alguna vez les alcanzaron una bolsa de avena durante semanas en las que no había dinero ni comida en casa. Cuando el Estado no llegaba, había personas alrededor que podían amortiguar parcialmente la caída.

Conviene no romantizar esa precariedad. Una tía que cuida niños no sustituye una política de cuidados; una olla común no debería reemplazar la seguridad alimentaria. Muchas de esas redes, además, han descansado históricamente sobre el trabajo no remunerado de las mujeres. Pero tampoco deberíamos asumir que progresar consiste en necesitar cada vez menos de los demás. Nuestra calidad de vida depende de los ingresos y de los servicios a los que podemos acceder, pero también del tiempo, los vínculos y la posibilidad de atravesar una dificultad sabiendo que alguien estará allí.

Pensando específicamente en Perú: corremos el riesgo de conservar buena parte de nuestra precariedad económica mientras perdemos algunas de las estructuras comunitarias que históricamente ayudaron a sobrellevarla. Nuestros hogares ya están cambiando. La tasa de natalidad ha descendido a 1,7 hijos en Perú, lo que anuncia familias más pequeñas y, con el tiempo, redes familiares distintas. Nuestras ciudades también reducen el tiempo disponible para cuidar esos vínculos: según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo 2024, los peruanos destinan en promedio una hora y 19 minutos al traslado de ida y vuelta al trabajo durante los días laborables.

A eso se suman jornadas extensas, inseguridad, pocos espacios públicos en muchos barrios y una vida cotidiana que puede resolverse cada vez más desde una pantalla. Podemos trabajar, comprar, pedir comida y entretenernos sin salir de casa, mientras mantenemos cientos de contactos digitales con los que no necesariamente podemos contar cuando necesitamos compañía.

Las cifras sobre salud mental ofrecen otra señal. En 2024, especialistas del Hospital Loayza señalaban que aproximadamente uno de cada cuatro peruanos había experimentado algún problema de salud mental, con especial impacto entre los jóvenes. La ansiedad, la depresión y otros trastornos tienen múltiples causas y requieren atención profesional y políticas públicas, pero también vale la pena preguntarnos por las condiciones sociales en las que intentamos estar bien.

La OMS ha advertido que la soledad y el aislamiento social están asociados con peores resultados de salud física y mental. Y entre las respuestas que recomienda no figuran únicamente intervenciones clínicas, sino espacios que faciliten el encuentro. Incluso países latinoamericanos con buenos indicadores sociales, como Uruguay, enfrentan tasas preocupantes de suicidio, recordándonos que el bienestar de una sociedad no puede medirse únicamente por sus ingresos o por la calidad de sus instituciones.

Tenemos que resolver por nuestra cuenta quién cuidará a nuestros padres, quién atenderá a nuestros hijos, cómo pagar una vivienda, cómo sobrevivir al tráfico, cómo sostener nuestra salud mental y cómo encontrar tiempo para tener amigos. Y cuando problemas con dimensiones colectivas se administran principalmente como dificultades personales, también cambia la manera en que los entendemos. La pregunta concierne especialmente a los millennials y a la Generación Z, que ya ocupamos buena parte de la vida adulta. Hemos aprendido a valorar una autonomía que abrió posibilidades importantes para decidir cómo queremos vivir, pero ahora el desafío será conseguir que esa autonomía pueda convivir con vínculos fuertes y estructuras colectivas que nos permitan cuidar y ser cuidados.

Un estudio encontró que las personas con relaciones sociales más sólidas presentaban alrededor de un 50q2w3e4r% más de probabilidades de supervivencia durante los períodos estudiados que aquellas con vínculos más débiles. Nuestra conversación sobre la pobreza tendría entonces que ampliarse. Necesitamos seguir hablando de salarios, alimentación, vivienda, empleo, educación y salud. Pero también deberíamos preguntarnos cuánto tiempo tenemos para estar con quienes queremos, quién cuidará de nosotros cuando lo necesitemos y qué lugares existen en nuestros barrios para encontrarnos.

Mientras intentamos construir un país con menos pobreza, convendría cuidar que no terminemos construyendo uno más solitario. Quizás dentro de algunos años tengamos más cosas y podamos resolver desde casa necesidades que antes exigían salir a la calle, pero ojalá sigamos teniendo también a quién tocarle la puerta. Vivir mejor, así, también significa tener con quién vivir.


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