Pecados e ilusiones a 250 años del sueño americano.
Por esas cosas del destino, me toca estar en los Estados Unidos para la conmemoración de los doscientos cincuenta años de su Declaración de Independencia. Presentada ante el Congreso Continental que reunió a las trece colonias, esta declaración forma la base de la admirada y denostada nación que se ha ido construyendo desde ese momento.
La declaración empieza explicando que cuando un pueblo decide que ha llegado el momento de romper sus vínculos con otro y asumir el control de su destino en sus manos, es necesario dejar en claro los motivos, y aquí la razón era seguir las leyes de la naturaleza y el derecho dado por Dios. El párrafo más conocido, sin embargo, es el segundo, que comienza con la que debe ser la línea más citada de todo el proceso de la Independencia estadounidense:
“Sostenemos estas verdades como evidentes: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.
Mucho se ha señalado la contradicción de que este párrafo fuese escrito por Thomas Jefferson, un esclavista que, además, mantuvo una relación con la media hermana de su esposa, una mujer esclavizada con quien tuvo seis hijos, cuatro de los cuales sobrevivieron hasta la adultez y solo fueron liberados tras la muerte de Jefferson. Más allá de las intenciones de los padres fundadores y de su ilusión de crear una sociedad más justa, el momento en el que lo hicieron llevó a que por más que sostuvieran que todos los hombres habían sido creados iguales, unos lo eran más que otros.
En gran medida, el llamado “pecado original’ de los Estados Unidos fue que la solución que encontró para mantenerse unida fuera continuar con la esclavitud, a pesar de haber declarado la igualdad de los hombres. La división entre los estados esclavistas y los otros limitó la posibilidad de la igualdad por casi un siglo y llevó a una guerra fratricida entre 1861 y 1865, en la que murieron alrededor de 750.000 soldados, lo cual la convirtió en la más destructiva de su tiempo.
La expansión de los Estados Unidos, primero con la compra de tierras a Napoleón en 1804 y a la corona española en 1819, además de la incorporación del estado libre de Texas y la guerra con México, llevó al exterminio y traslado de muchos de los pueblos originarios de esas regiones. A partir de 1851, el Decreto de las Apropiaciones Indígenas llevó a la creación de las reservaciones que hizo posible la expansión hacia el oeste después de la aparición del oro en California.
Los primeros ciento cincuenta años de la república norteamericana fueron intensos y sangrientos en cuanto a su relación con los pueblos que habían habitado sus tierras antes de la llegada de los europeos. No fue hasta 1934 en que se revisaron estos estatutos y se aprobó una nueva legislación que le daba mayor independencia a los indígenas, quienes pasarían a tener mayor control sobre su territorio. Vistas como naciones independientes dentro del territorio, esta legislación les sirvió para amasar recursos con el descubrimiento del petróleo en sus tierras, pero con limitaciones sobre el uso de los recursos generados. Ahora lo hacen con la posibilidad de tener casinos.
A pesar de esta historia compleja y a menudo sangrienta, los Estados Unidos también se convirtieron en un espacio de acogida a los inmigrantes, y parte de su identidad acoge la idea de que para ser estadounidense y perseguir un sueño solo era necesario venir a buscarlo. El poema de Emma Lazarus de 1883 lo dice claramente y está grabado en el pedestal de la Estatua de la Libertad:
«Dadme a vuestros cansados, a vuestros pobres,
A vuestras masas hacinadas que anhelan respirar en libertad,
El desdichado desecho de vuestras costas abarrotadas.
Enviadme a estos, los sin hogar, sacudidos por la tempestad,
¡Yo alzo mi antorcha junto a la puerta dorada!»
El sueño americano que conocemos ahora está construido sobre la base de esta promesa y, a pesar de que no todos han sido bienvenidos de la misma manera, con el tiempo la integración a la gran nación norteamericana se ha ido logrando. Los chinos, por ejemplo, que llegaron en masa para la construcción de ferrocarriles entre 1840 y 1880, fueron excluidos con un decreto de 1882 que no fue revertido hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando fueron aliados de Estados Unidos contra Japón.
Los japoneses, por otro lado, fueron invitados a ir a los Estados Unidos —inicialmente a Hawái— entre 1880 y 1924, y terminaron internados en campos de prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial, para finalmente ser integrados con el resto de las poblaciones inmigrantes. De la misma manera, los migrantes de otras partes de Asia fueron llegando, muchas veces en contextos de guerra, como en el caso de Vietnam o Corea.
En cuanto a los latinos, los primeros fueron incorporados con la compra de la Luisiana francesa en 1804, que antes había pertenecido a España. Algo similar sucedió con Florida a partir de 1820, ya que este territorio había formado parte de Cuba. Las poblaciones de origen latino y mexicano en Texas optaron por su independencia en 1835, pero se incorporaron a los Estados Unidos una década más tarde. Lo mismo sucedió con las poblaciones latinas de Nuevo México, Arizona, Colorado y, sobre todo, California, que de pronto se convirtieron en estadounidenses y algunas aún mantienen esas tradiciones.
En el siglo XX, la conexión con lo latino se hizo cada vez más intensa y, entre 1942 y 1964, el programa de los braceros llevó a que más de cuatro millones de personas migraran desde México hasta los Estados Unidos. En ese mismo periodo los cubanos, que llegaron a partir de la Revolución de 1959, obtuvieron, hasta hace muy poco, la ciudadanía inmediata. Puerto Rico, por otra parte, sigue siendo desde 1898 un estado asociado y esto ha llevado a una migración importante al resto de Estados Unidos.
Todos ellos, y quienes siguen buscando su propio sueño americano —entre ellos mis padres, que vinieron a estas tierras hace más de treinta años— celebran hoy esa Declaración de Independencia con la esperanza de que cada vez se haga más inclusiva.
En estos tiempos de combate gubernamental contra la migración, alzo la copa y brindo porque el pedestal de la Estatua de la Libertad no termine por ver borrado su mensaje.
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