¿Evolución necesaria o pérdida de identidad deportiva?

Juan Vargas (1987) es licenciado en Literatura Hispanoamericana (PUCP) y magíster en Historia y Antropología de América (Universidad Complutense de Madrid). Escribe, es profesor universitario e investigador académico, y prepara una postulación doctoral interdisciplinaria en Ciencias Sociales.
Era todavía chico aquella mañana noventera en que descubrí el desconcierto durante el bloque deportivo del noticiero. Poco más adelante de la mitad de una cancha de fútbol con muchas líneas de más, un jugador se alistaba para correr hacia una portería defendida solo por el arquero. Uno tras otro, cual tanda de penales, distintos futbolistas repetían el proceso ante el delirio del público. Era como ver uno de esos juegos que improvisábamos en el recreo antes de que se completaran los equipos y empezara el partido.
Se trataba de los infames shootouts que solo existían en Estados Unidos para resolver los partidos que terminaban igualados, pues su versión del fútbol no concebía los empates como resultado legítimo. Yo no entendía nada. ¿Por qué estaban prohibidos los empates? ¿Por qué, en todo caso, no los resolvían con penales? ¿Y por qué había más líneas sobre la cancha? ¿No confundía eso a los jugadores, comentaristas y al público? ¿Era eso también fútbol?
Mientras mi desconcierto se mezclaba con indignación ante tan avezado separatismo ―pero también con una culposa curiosidad que detuvo mi proceso de amarrado de zapatillas para ver el resto de estos disparos―, mi mamá apareció a apurar mi preparación para el colegio, miró de reojo la pantalla y me rescató de la trampa con una risita burlona y una frase que aún resuena en mí: «Están agringando el fútbol para que les guste». «¿Agringando el fútbol? ―cuestioné aún con los pasadores sueltos― ¿Qué le falta para que les guste?».
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El fútbol y los deportes como los conocemos son parte de las llamadas industrias del ocio surgidas en la Edad Moderna. Todas ellas innovan para adaptarse al gusto de las épocas o de nuevos consumidores. Esa actualización garantiza su supervivencia, pues son productos culturales que operan bajo las reglas comunes del mercado. Es simple: si lucras con el entretenimiento, debes mantener entretenidos a quienes consumen.
Pero a veces aparecen productos que enganchan con la gente sin requerir mayor retoque, que atraen por su naturalidad y se vuelven inmunes al paso de las modas. Se universalizan no solo en espacio, sino también en tiempo. El fútbol es una de esas rara avis. Y en casos así, con frecuencia, innovar resulta en distorsionar. La línea es delgada y peligrosa. Cruzarla por cruzarla menosprecia la efectividad de su simpleza, violenta la pasión del hincha y, antes que tarde, atenta contra parte de su alegría.
«Soccerizar» viene de agringar y es un término peyorativo ―e inventado― que se asocia a la contaminación banalizante de algo cuya forma previa se modifica para mal. Más allá de la licencia metonímica, es algo abusivo adjudicarle a Estados Unidos la responsabilidad por la distorsión del fútbol, aunque en su afán por popularizarlo dentro de sus fronteras contribuyera a ello.
Desde sus inicios, el fútbol fue siempre mainstream. Como mecanismo educador, pacificador social u ocio organizado, se convirtió rápidamente en entretenimiento masivo. Se profesionalizó y su alta popularidad lo hizo un negocio atractivo. Pero la soccerización a la que me refiero es síntoma de uno de esos nuevos niveles del capitalismo que cada cierto tiempo descubrimos que habitamos sin saberlo. En este caso, se trata de simple y llano horror al vacío.
Más show para vendérselo a gente que, de otra forma, no lo consumiría. Es la cultura McDonalds queriendo agrandar el combo para que todo sea supersize. Como si el fútbol estuviese necesitado y hubiese que ofertarlo. Se prioriza atraer al consumidor circunstancial, al hincha turista que pagará altísimas sumas por un espectáculo cargado de aditivos, al desentendido y desapasionado cuyo mayor deseo pareciera ser el encuadre fugaz en la pantalla del estadio. A aquel que cree que noventa minutos es mucho, que el juego es lento y poco emocionante, que corea la cuenta regresiva inicial o se graba a sí mismo cuando su equipo mete gol. A aquellos a los que el juego más popular del mundo les resulta insuficiente.
La soccerización viene de muy atrás y en ella convergen muchos actores. Como decía, Estados Unidos y este Mundial tienen que ver, pero son solo la piñata más fácil de golpear. El fútbol profesional es monopolio de la FIFA, una institución cuya visión corporativa, ansiosa por captar el mercado estadounidense, no se sonroja si debe presentar a los futbolistas como payasos, convertir el estadio en un shopping mall, las gradas en pasarelas para influencers, o tranzar con la esencia del deporte al incluir nefastas pausas que solo hidratan su sed de lucro y la de los anunciantes.
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La pregunta parece evidente: ¿es necesaria tanta innovación? Pareciera que estuviesen mendigando hinchas nuevos y buscaran deshacerse de los antiguos, por más de que esto último no vaya a ocurrir ―y he ahí el detalle clave y perverso: lo saben y abusan de ello. En Realismo capitalista (2009), Mark Fisher dice que un objeto cultural pierde su poder una vez que no hay ojos nuevos que puedan mirarlo. El ensayo de Fisher es demoledor, pero quizás habría que analizar con mayor profundidad aquella mirada renovadora, sus motivaciones y limitaciones, de dónde viene, qué propone y sobre todo quién o qué la produce.
Es verdad que cuando uno critica lo nuevo debe ser cuidadoso. Se corre el riesgo de sonar anticuado, conservador, de ser acusado de no entender los tiempos, hasta de que te cuelguen la pesada etiqueta de elitista. Pero es natural sentirse descentrado cuando ves renovarse el mundo que conociste, alterarte cuando no te reconoces en los gustos y opiniones de los más jóvenes, angustiarte cuando entiendes que eso significa que estás envejeciendo. Es importante domesticar la idea de que todo tiempo pasado fue siempre mejor a pesar de que nos vencerá en algún momento. Aquí, sin embargo, soy consciente de que ignoro todas estas advertencias.
Sé que lo que comento es un tema propio de la época, que mi error está en situar al fútbol antes del origen de las cosas, protegerlo cual dogma y asumir que quienes se desvían de lo que yo conocí son sacerdotes impíos que lo profanan con malas intenciones. Que mi visión es romántica, poco realista e infantil, que la batalla ha sido perdida y solo queda ser comparsa. Pero quizás en mí todavía hay restos de ese niño de pasadores desamarrados que prefiere ser un orgulloso hincha antes que resignarse a ser un mero consumidor.
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