Recuerdos familiares y maravillas científicas dentro de un balón
Cuando era chica, las peleas domésticas entre mis padres tenían una curiosa puntualidad: llegaban los domingos. Eran los días de completo relax de una intensa semana laboral. Y eran, también, los días del futbol. Mientras los cuatro hermanos poníamos la casa patas arriba, mi madre seguía cocinando, limpiando, poniendo paz entre nuestras peleas. Mi papá, en cambio, prendía el televisor y se pegaba, como un imán, a la pantalla.
Lo recuerdo sentado en el borde extremo del sofá, casi suspendido, con las plantas de los pies como empujando el piso, sus palmas sobre las rodillas y las nalgas sostenidas levemente por la lona azul, en una postura semejante a una incómoda sentadilla. Miraba fijamente el rectángulo luminoso, expectante, listo para saltar con cada ataque.
Mi mamá empezaba el día con cierta serenidad, pero esta se iba disipando mientras cumplía con la rutina doméstica. Con el pasar de las horas, acumulaba rencor: se ponía nerviosa, fastidiada, incómoda, sola en su hacendosa soledad. No era para menos. Si el partido era entre el Milan y la Juventus, mi papá se volvía termoacústico: el mundo dejaba de existir, mi madre dejaba de existir, el ruido de los niños dejaba de existir. Entraba en una especie de trance futbolero.
Si estaba muy cansada, si los cuatro hermanos multiplicábamos el caos o si la comida en el fogón se quemaba, la serenidad materna entraba en crisis. Mi madre explotaba. Los gritos iban dirigidos a nosotros, los niños ruidosos, pero también atravesaban la burbuja futbolera en la que mi padre parecía vivir aislado. Era su manera de reclamar un poco de justicia distributiva en las tareas domésticas. En los momentos de mayor tensión, la recuerdo poniendo la mesa para seis personas, pero dejando el lugar de mi padre cuidadosamente vacío…
Será por ello que, al contrario de un buen partido de tenis o vóley que puedo mirar de un tirón, el fútbol me pone ansiosa. Despierta en mí una memoria emocional muy antigua. La psicología llama a ese fenómeno condicionamiento clásico: sucede cuando un estímulo termina asociado, tras repetidas experiencias, con una emoción determinada. En mi caso, el fútbol quedó asociado a la tensión de los domingos familiares.
Así, no es extraño que sea una analfabeta futbolística. Una desertora del fútbol. Una marginada en las discusiones mundialeras. Nunca sé quién va primero en la tabla. Apenas distingo a Rossi de Pelé, a Messi de Maradona. Y no gozo de la gran fiesta de la FIFA que paraliza al mundo cada cuatro años.
Siempre pensé que pertenecía a una rara especie. Recientemente, descubrí que somos cerca de tres mil millones de personas que, durante el Mundial, seguimos viviendo casi igual que el resto del año. No estoy sola. Entre esos desertores están varios amigos: Ramón, ecólogo catalán, aprovecha los partidos para leer, escribir y salir a caminar. Davide, que ordeña vacas en los Alpes italianos, rara vez sabe quién ganó. Peter, ingeniero en los fiordos noruegos, apenas distingue un fuera de juego. Taicia, arquitecta brasilera, ni siquiera sabía que el Mundial había empezado y prefiere un paseo en bici con su hijo que noventa minutos de tensión frente a una pantalla. Somos minoría, pero existimos.
Lo que sí me fascina del fútbol son las historias que lo rodean. Me intriga saber que la pelota más antigua del mundo, con unos 500 años de historia, apareció en un castillo de Escocia y hoy se exhibe en Miami. O descubrir que un árbitro de élite puede ser tan atleta como los atletas y recorrer más de 10 kilómetros durante un partido, tanto como muchos jugadores profesionales.
También me resulta interesante la ciencia escondida dentro de una pelota. Descubrí, por ejemplo, que no basta con que sea perfectamente redonda, sino debe responder casi exactamente igual en cualquier estadio y, para ello, se somete a exhaustivas pruebas de peso, rebote, resistencia al agua, pérdida de presión y estabilidad antes de su uso. Me maravilla cómo una pelota puede doblar su trayectoria en un tiro libre y dejarnos a todos boquiabiertos, un fenómeno explicado por las fuerzas aerodinámicas (se llama efecto Magnus y es el mismo que hace girar una pelota de tenis o golf). Y me sorprende que aquel viejo balón de cuero, cosido artesanalmente a mano, haya evolucionado hasta convertirse en un pequeño laboratorio de ingeniería, con sensores capaces de registrar cada toque y transmitir datos que, combinados con las cámaras del estadio, ayudan a analizar el juego y resolver las jugadas más polémicas.
Así, mi minúscula vocación de hincha se vuelca hacia esas curiosidades. Y, claro, debo confesar que sí me emocionan las pequeñas selecciones que desafían a las tradicionales potencias: equipos como Cabo Verde, Sudán o Ecuador, que se abren paso hacia la gloria contra todos los pronósticos.
Quizá nunca aprenda a sufrir noventa minutos por un marcador, ni a vivir suspendida en el borde de un sofá esperando una goleada. Pero he descubierto otra manera de mirar el fútbol: no desde la ansiedad del resultado, sino desde la curiosidad por las historias improbables, las hazañas humanas y los pequeños milagros de la ciencia que caben dentro de una pelota.
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