El fútbol y los récords (o la memoria, que es lo mismo)

Alejandro es escritor y diplomático peruano. Ha sido director de la Biblioteca Nacional, ministro de Cultura, y ha desempeñado funciones diplomáticas ante Naciones Unidas en Ginebra y la Embajada del Perú en Chile. Es autor de los libros Peruanos Ilustres, Peruvians do it better, Peruanas Ilustres, Historia (o)culta del Perú, Biblioteca Peruana, Peruanos de ficción, Traiciones Peruanas, entre otros. Ha ganado el Premio Copé de Novela 2019 con Mi monstruo sagrado y es autor de la celebrada y premiada saga de novelas CIA Perú.
Acabo de leer un artículo de Jorge Valdano en el diario El País y me robo el titular. Valdano fue testigo presencial —en cancha, literalmente— de uno de los grandes momentos de la historia argentina, que ocurrió hace cuarenta años. Podría decir de la historia del fútbol argentino, pero no, el exfutbolista explica que lo que estaba en juego en “el partido” —hay libros y se acaba de estrenar un documental sobre aquel día— era mucho más. Ese Inglaterra versus Argentina venía cargado de la tensión latente entre dos países que habían estado en guerra hacía menos de un lustro y que guardaban rencores y heridas abiertas. Y sabemos la historia. En aquel encuentro, Diego Armando Maradona metió dos goles: el primero, la mano de Dios; el segundo, el que es considerado casi de modo unánime como el mejor de la historia de los mundiales. Eso basta, según Valdano, para poner a Maradona en el olimpo de los argentinos, al lado de Carlos Gardel, junto a quien podría cantar no que veinte años no es nada, sino que cuarenta años no lo son.
Vi aquel partido siendo un niño, en un televisor Sony Trinitron hoyantiquísimo, en medio de un país que, entre el terrorismo y la hiperinflación, se sentirá luego campeón moral por “casi” haber eliminado a aquella selección argentina en un partido en el que la albiceleste solo pudo clasificar empatándonos en medio de una cancha barrosa, a los empujones, con un puntazo de Ricardo Gareca —el mismo de la clasificación peruana después de 36 años y hasta sabe Dios cuándo—.
Para mí, entonces, Maradona no era un ídolo, sino un jugador superdotado, aunque extremadamente soberbio, antipático, aunque no sé si era exactamente así, o aquella animadversión al mejor del mundo se mezclaba con la imagen de los argentinos en el Perú de entonces —jugadores y directores técnicos, actores y guionistas de televisión, vedettes, etc.— y al del equipo que nos sacó de México 86.
En cualquier caso, mucho después, entendí la importancia de aquel partido, de aquel gol, de lo que significa Maradona para los argentinos. Y lo hago hoy, cuando —para gloria de los argentinos, a quienes hoy he aprendido a querer, o al menos tolerar— Lionel Messi, casi la antítesis de Maradona en cuanto a sencillez y bonhomía, casi apocamiento, acaba de batir el récord de goleador de los mundiales, haciendo que surja inevitable la pregunta, una vez más, si es el mejor de la historia (ojo, Messi no llega a los cuarenta, recién cumplirá treinta y nueve el 24 de junio). Maradona o Messi, Messi o Maradona. Pelé dirán los entendidos, pero nos suena ya tan lejano… En cualquier caso, hay otro argentino sobre el que no se admite discusión —al menos no para este columnista— y de quien se celebró, también hace pocos días, cuarenta años de desaparecido. Aquel podría parecerse a Messi en personalidad, pero en realidad era también un genio rebelde como Maradona, solo que ocultaba bien su chispa tras su mirada perdida y ciega.
Jorge Luis Borges murió un 14 de junio de 1986, apenas una semana antes de “el partido”, en Ginebra, la ciudad que él encontró como la más propicia para la felicidad —seguramente guiado por sus recuerdos de adolescente, pues no existe lista alguna en que esa ciudad conservadora y calvinista al borde del Leman, sea considerada como una de las más festivas (ni siquiera de Suiza)—.
Borges, uno de mis más admirados escritores, pese a ser argentino, despreciaba el fútbol. Le molestaba que se exacerbara el nacionalismo, la estupidez de las barras, la utilización política del deporte. Amaba el ajedrez y odiaba el fútbol, y decía no entender por qué no se reclamaba por su invención a los ingleses, a quienes más bien defendía —como a su literatura— serenamente. Se dice, entre otras anécdotas variopintas, que el mismo día de la inauguración del Mundial en su país en 1978, convocó a una conferencia sobre la inmortalidad. Ambos espectáculos estuvieron a tribuna llena.
En estos días de efervescencia mundialista, y de rememoración de los cuarenta años sin Borges entre los mortales, es bueno recordar que, en uno de sus relatos, Honorio Bustos Domecq —el personaje creado por Borges y su amigo Adolfo Bioy Casares— explicó la forma en que murió el fútbol. En aquel cuento titulado Esse est percipi (ser es ser percibido), tras darse cuenta de que el Monumental de River Plate (donde nos metió gol Gareca) había sido demolido, Bustos Domecq, curioso, comenzó a indagar sobre aquella extraña desaparición, pues los domingos seguía escuchando los partidos y gritando los goles de su equipo. Encontró entonces la respuesta: la radio y la televisión habían comenzado a inventar los partidos y scores, todo formaba parte de un gran engaño al público, ávido de emociones y carente de inteligencia.
En el cuento, el factótum y Gran Hermano de esas transmisiones falsas confiesa que el último partido de fútbol se había jugado el 24 de junio de 1937 (¡exactamente 50 años antes del nacimiento de Messi!). Quizás habría que analizar cuidadosamente por qué estas fechas futbolísticas y borgianas son tan memorables, o si no existe un Aleph del (anti)fútbol donde un hombre ciego inventa jugadas y jugadores geniales, siempre argentinos. Todo es posible en el mundo del fútbol, las letras y la memoria.
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